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Las empresas proyectan sus necesidades sobre los empleados

Esclavos de los objetivos

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Recordarán ustedes que no hace mucho tiempo podíamos escuchar u oír dos palabras en todos los informativos “Reforma laboral”. La cuestión es que muchos trabajadores no saben a que condiciones estarán expuestos ni qué quedará de su puesto de trabajo a pocos días de retomar la actividad laboral en todo su esplendor.

Hace años que los empleados de las grandes empresas y multinacionales funcionan por objetivos. No es una mala práctica que la empresa haga partícipe al trabajador de aquellos aspectos vitales para la supervivencia de ambos. Lo que resulta delictivo es que incluso en plena crisis económica las empresas de telefonía, bancos, grandes firmas de ropa o empresas dedicadas a la alimentación sigan presentando en sus balances beneficios astronómicos, mientras que por otro lado no dudan en aplicar políticas salariales de recorte y austeridad sobre los trabajadores.

La crisis económica y social que nos azota no sólo ha traído despidos, problemas de liquidez, presión laboral y una excesiva y poco saludable competitividad profesional. Los trabajadores que superan los ERE, reestructuraciones temporales de plantilla y turnos de trabajo, absorciones o fusiones de empresas, quedan nuevamente expuestos a duros y tediosos procesos de selección, recortes saláriales y de derechos laborales que no suponen salir victoriosos de un tiempo de penumbras que parece no tener fin.

La empresa acostumbrada a los beneficios, y ante la imposibilidad de poder renunciar a ellos para su propia subsistencia y la de sus empleados, modifica unas estructuras de trabajo que no hacen más que superponer objetivos sobre los castigados hombros de los asalariados.

El sistema es sencillo: hacer que el empleado asuma las necesidades de la empresa. En primer lugar, los objetivos dejan de ser anuales, semestrales o trimestrales, para ser mensuales bajo un sencillo y breve lema: “hay que ganarse el sueldo mes a mes”, no vale eso de un mes más flojo que se compensa con otro mes más fuerte; las ventas deben seguir.

Así, que no es difícil que ahora algunos dependientes muestren un rostro de apatía, que los empleados de banca te bombardeen con productos que les permita sumar un céntimo en su objetivo mensual o que te vendan un plazo fijo, una olla exprés o la colección “Mundo marino” que jamás leerás.

Lo triste es que asumimos un problema de presión que no cesará jamás, y que sitúa a los empleados en una situación de estrés en la que el cliente deja de ser una persona para ser un producto objetivo: aunque no olvidemos que siempre lo hemos sido, pero antaño más disimulado.

Esclavos de los objetivos

Las empresas proyectan sus necesidades sobre los empleados
Jose Pérez Suria
viernes, 30 de agosto de 2013, 08:57 h (CET)
Recordarán ustedes que no hace mucho tiempo podíamos escuchar u oír dos palabras en todos los informativos “Reforma laboral”. La cuestión es que muchos trabajadores no saben a que condiciones estarán expuestos ni qué quedará de su puesto de trabajo a pocos días de retomar la actividad laboral en todo su esplendor.

Hace años que los empleados de las grandes empresas y multinacionales funcionan por objetivos. No es una mala práctica que la empresa haga partícipe al trabajador de aquellos aspectos vitales para la supervivencia de ambos. Lo que resulta delictivo es que incluso en plena crisis económica las empresas de telefonía, bancos, grandes firmas de ropa o empresas dedicadas a la alimentación sigan presentando en sus balances beneficios astronómicos, mientras que por otro lado no dudan en aplicar políticas salariales de recorte y austeridad sobre los trabajadores.

La crisis económica y social que nos azota no sólo ha traído despidos, problemas de liquidez, presión laboral y una excesiva y poco saludable competitividad profesional. Los trabajadores que superan los ERE, reestructuraciones temporales de plantilla y turnos de trabajo, absorciones o fusiones de empresas, quedan nuevamente expuestos a duros y tediosos procesos de selección, recortes saláriales y de derechos laborales que no suponen salir victoriosos de un tiempo de penumbras que parece no tener fin.

La empresa acostumbrada a los beneficios, y ante la imposibilidad de poder renunciar a ellos para su propia subsistencia y la de sus empleados, modifica unas estructuras de trabajo que no hacen más que superponer objetivos sobre los castigados hombros de los asalariados.

El sistema es sencillo: hacer que el empleado asuma las necesidades de la empresa. En primer lugar, los objetivos dejan de ser anuales, semestrales o trimestrales, para ser mensuales bajo un sencillo y breve lema: “hay que ganarse el sueldo mes a mes”, no vale eso de un mes más flojo que se compensa con otro mes más fuerte; las ventas deben seguir.

Así, que no es difícil que ahora algunos dependientes muestren un rostro de apatía, que los empleados de banca te bombardeen con productos que les permita sumar un céntimo en su objetivo mensual o que te vendan un plazo fijo, una olla exprés o la colección “Mundo marino” que jamás leerás.

Lo triste es que asumimos un problema de presión que no cesará jamás, y que sitúa a los empleados en una situación de estrés en la que el cliente deja de ser una persona para ser un producto objetivo: aunque no olvidemos que siempre lo hemos sido, pero antaño más disimulado.

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