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José Jesús Conde
José Jesús Conde
Creo que ha vuelto a aflojarlas de nuevo, que ya las aflojó, vaya

Está usted aflojando las riendas, amigo. Creo que ha vuelto a aflojarlas de nuevo, que ya las aflojó, vaya. Y esta acción, como comprenderá si es que quiere comprender, no es ni sensata, ni aporta solución alguna a la tragedia que estamos viviendo todos los españoles desde marzo (por poner un mes), y que es de dimensiones incalculables por mucho que los gurús que le rodean se dediquen a blanquearla ante las pantallas un día sí y el otro también.

No haga mutis por el foro ni practique el desplante, amigo. Sea consecuente y honesto con la profesión que le tocó vivir y entréguese a la ciudadanía. Dedíquese en cuerpo y alma a dictar las líneas de actuación en esta pandemia criminal que nos está marcando para siempre. El mando único de este país es lo que le estoy pidiendo, ¿entiende? Que si los distintos presidentes autonómicos quieren gestionar por su cuenta y riesgo, que no puedan hacerlo de ninguna de las maneras.

No es de recibo que de golpe y porrazo se decrete un estado de alarma, confinamientos perimetrales a la carta, instauración de horarios de cierre para el sector hostelero puestos en la pizarra por el mejor postor, toques de queda al gusto de los señoritos y señoritas que gobiernan en cada comunidad autónoma, etc. Y los pobrecitos ciudadanos, vueltos locos ante un crucigrama de despropósitos porque no saben qué es lo correcto o lo incorrecto.

Así que aplíquese al cuento del resto de presidentes europeos, amigo. Conforme un comité de verdaderos expertos en la materia que no tengan nada que ver con la política. Profesionales de prestigio, que los tenemos a manojitos, que le indiquen el camino a seguir. Pues que visto lo visto y leído lo leído, lleva usted dando palos de ciego desde marzo (por poner un mes), y el contagio ya es insoportable y el número de muertos que aumenta por segundos, maldita sea. Por ello, le insto a que deje de mirarse en el espejo y de una puñetera vez coja las riendas.

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No es de recibo que se esté maleando nuestra salud de esta manera tan vergonzosa, por parte de quienes tienen la ineludible obligación de velar por ella. Y no me refiero, precisamente, a los que entre sangre, sudor y lágrimas, se juegan el tipo a diario en los centros de salud, hospitales, residencias de ancianos (pobrecitos), miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, voluntariado en general y la figura de los farmacéuticos a los que nadie nombra.

O en este cromo ya desgastado que está tan vivo que parece entresacado de un intercambio reciente: “Cuando yo era chica valía cualquier cosa para trazar una letra mayúscula. La repasábamos aplicados, inclinados sobre el pupitre de madera, con la dedicación del tallador de diamantes”… “Valía cualquier cosa por una letra mayúscula, para nosotros: pobres, pequeños y monstruos a partes iguales”.

Lo del “no me consta” no deja de ser de una desfachatez monumental. Qué manera de liquidar un asunto cuando no interesa ahondar en el mismo, oiga. Entrevistan al politicastro –un cargo de responsabilidad extrema que afecta a la educación o a la sanidad- y el individuo apoya los codos sobre la mesa y con una frialdad de muerto le contesta al periodista que “no me consta”.

Cuando seamos capaces de quitarnos la losa que se nos ha caído encima, como por mano del demonio, a ver quién es el guapo que levanta la voz. Porque ya han comprobado, ¿verdad?, que “el invisible” no hace distingos entre las distintas clases sociales que pueblan nuestra existencia. Va a muerte, lo mismo contra quienes manejan billetes a manera de estampitas que contra los desheredados de la fortuna. Y puede ser que esto no sea más que el comienzo de una batalla desigual en la que el único enemigo a batir sea el que se considera dueño y señor de todo un planeta al que pusieron por nombre Tierra.

A ver la paleta que escojo, para derramar sobre el lienzo de esta tierra agrietada algo fuerte, encarnado quizá, que intuyera definitivamente la sanación como amor al prójimo. Echarle a este terreno, dividido y que no se perdona, un poco de pulso claro, gualdo pudiera ser, que ilumine la página negra de la segregación educacional, por ejemplo.

Coincido con un prestigioso médico y escritor andaluz, en que sufrimos de una enfermedad comunitaria que se llama aldeanismo. Y que nos viene perjudicando, tanto en la imagen que ofrecemos al exterior como en la que implementamos durante el quehacer diario.

Aunque se dan pasos para la erradicación definitiva del mismo, el problema que presentan hoy los discapacitados, tanto físicos como psíquicos, creo que merece muchísima más atención por parte de la misma Administración y también por parte de quienes conformamos el resto de la colectividad.

La fecha de San Juan marca un hito luctuoso en la historia del tango argentino. Porque un 24 de junio de 1935 calló para siempre la voz insuperable del máximo intérprete del tango-canción. El aeródromo de “Olaya Herrera”, en Medellín (Colombia) fue testigo de la espantosa catástrofe que costó la vida al artista inimitable, al divo de la canción porteña que hizo vibrar de entusiasmo a las multitudes con su Buenos Aires querido.

 
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