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Emilio Amezcua
Emilio Amezcua
Se ha dicho que el 11-S fue el día que cambió el mundo. El paso del tiempo demuestra una vez más que la grandilocuencia es altisonante e innecesaria

El 11 de septiembre de hace dos décadas una desafiante punzada abrió paso al siglo veintiuno. Entre la estupefacción y la incredulidad, los husos horarios se detuvieron en el instante en que la ponzoña de la irracionalidad humana hirió de muerte a una de las dos columnas llenas de vida del Bajo Manhattan, fatídicamente colapsadas. Imposible encarar el nuevo día con alegría cuando los primeros albores acariciaban los viñedos de la región californiana; imposible seguir comentando con satisfacción a la hora de comer el balance de las fiestas recién terminadas en la villa olivarera del oro de Cánava; imposible escuchar el programa radiofónico con los últimos consejos sobre riego de la yuca emitido en mitad de la noche desde Radio Bandung para toda la isla de Java. 


Aquel desgarrador “Dios santo, la otra torre” apagó de sopetón la antorcha de nuestra ilusión esperanzada. Por un momento se hicieron el encogimiento, el mutismo y la desazón, en las calles y en las casas. El Apocalipsis, en estado puro, retransmitido en directo. Y de repente, numerosas imágenes, atroces y espectaculares por igual, dando cuenta del caos, la destrucción, el miedo y la angustia reinantes en Nueva York y Washington, corazón y cerebro de un Occidente de extensión casi planetaria. 


De todas esas imágenes, previas al circunspecto saludo de despedida de los icónicos edificios condenados a la Nada, seguramente la más estremecedora resultó ser la menos reproducida por los medios de comunicación: la de personas saltando al vacío desde las ventanas de los rascacielos gemelos acuciadas por el fuego abrasador, empujadas por el humo aterrador. Un recuerdo lancinante e imborrable para la humanidad fruto de una jornada aciaga para la historia.


En muchas ocasiones se ha dicho que el 11-S fue el día que cambió el mundo. El paso del tiempo demuestra una vez más que la grandilocuencia es altisonante e innecesaria. Con aquel asombroso acontecimiento no nació un nuevo ser humano capaz de evitar guerras, desastres naturales o precariedades laborales. Ahí están la lucha fratricida en Siria, el tsunami del Índico y las reivindicaciones de las kellys. Pese a lo insólito de aquel suceso, nuestro mundo no ha dejado de ser el valle de lágrimas que permanentemente escupe, arroja, vomita sinsabores dolorosos. 


De la mañana de los cristales civiles rotos y escombros militares fracturados surgieron operaciones o, si se prefiere, estrategias made in USA bautizadas con eslóganes rimbombantes (Justicia Infinita, Libertad Duradera…) que, bienintencionadas en algunos de sus principios y objetivos, han acabado -veinte años después- en fracaso estrepitoso. El fiasco en Afganistán es cosa de todos aunque los haya que escurran el bulto (antiyanquis, por ejemplo) o quienes busquen provecho geoestratégico en esa zona de Asia central ahora abandonada a su suerte. Tras los bucólicos campos de amapolas a las afueras de Herat, Kandahar, Jalalabad o Qunduz volverá a haber ultrajes a los más elementales derechos humanos. Será fácil imaginarlos y, sin embargo, será difícil saber de ellos por falta de informadores valientes, libres e independientes. 


El fundamentalismo, cualquiera que sea su signo o naturaleza, ahoga la dignidad humana y ésta no conoce de etnia, religión, nacionalidad, ideología o género superior a otros. ¡Ay de las mujeres encarceladas en la oscura prisión del burka! ¡Ay de las niñas de juguetes rotos en forma de hambre de conocimiento sin saciar y aspiraciones profesionales oníricas! Pero también ¡ay de esos padres, abuelos, hermanos, tíos, primos, etc., que -sin quererlo en lo más hondo de su ser- se estén viendo obligados por el contexto y las circunstancias a someter a sus congéneres femeninas a los dictados de una ley radicalmente interpretada porque cualquier acto de rebeldía frente a ésta supondrá la muerte del “traidor” desobediente y su cohorte familiar!


La salida de Afganistán por parte de la comunidad internacional ha sido tan precipitada que ni siquiera ha dado tiempo a alzar una amapola frente a un fusil Kalashnikov emulando a Jan Rose Kasmir, la chica con la flor que dijo ¡NO! a la guerra de Vietnam. Quizá la flor escarlata, pervertida por el narcotráfico y otros malolientes intereses, no sea libre para prestarse a tan inocente fin. He ahí su miserable podredumbre que contrasta con la flor picassiana del Guernica, valerosa e inmarcesible, entre nosotros desde hace cuarenta años. 


El desesperado afán por abandonar el aeropuerto de Kabul, que sigue sumido en el desconcierto y el espanto pese al apagón informativo, nos ha llevado a la casilla de salida. Hemos vuelto a ver personas cayendo al vacío, como en el año 2001, aunque esta vez desde un avión mientras éste guardaba el tren de aterrizaje y con el apremio del integrismo como telón de fondo. Aviones de la muerte que se incrustan en rascacielos imponentes y, sin embargo, vulnerables. Aviones de la vida que abandonan territorios vencidos por el fanatismo aparentemente centrípeto y, no obstante, desintegrador. Desde allí, desde las alturas, se cae al vacío porque no hay otra opción para escapar de la fatalidad, que se compadece mal con la libertad. Pero, ¿qué libertad? 


Casi sin enterarnos, hemos consumido ya el veinte por ciento del siglo en curso (¡7.300 días gastados libremente!) y, a diferencia de quienes encaramados en los edificios y la aeronave antes referidos cayeron al vacío encontrando su penoso límite en el suelo frío, los vivos -con nuestra singular forma de entender y llevar a efecto la libertad- seguimos despeñándonos sin término desde la superficie trémula sobre la que pisan nuestros pies resbaladizos hacia el averno. ¿Dónde está el límite? Difícil saberlo cuando, a oscuras por el altísimo precio de la energía eléctrica y, también, por nuestra falta de luces para alcanzar el fructuoso entendimiento común, no encontramos asideros a nuestro alcance en el tenebroso camino de descenso. La culpa no es de la guerra mundial contra el terror que desahucia la inteligencia, tampoco del calentamiento global que achicharra el sentido común. Ni siquiera de la penúltima pandemia que parece llevarse por delante los pilones que sostienen la cordura y la mesura. La culpa de este desperdicio es solo nuestra. Razón: Aquí. ¿Por otros veinte años cayendo al vacío?   

Artículos del autor

El COVID-19, un virus localizado inicialmente en China pero no un microbio con pasaporte chino por mucho que algunos insistan en esta idea, ha venido este año para trastocar muchísimas de nuestras rutinas.

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