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César Valdeolmillos
César Valdeolmillos
España es todo un símbolo en la historia de los pueblos, un proyecto indestructible con vocación universal

"No hay nada como un sueño para crear el futuro", Víctor Hugo.


Me produce una profunda admiración, ver como los presidentes estadounidenses, al dirigirse a su país en momentos críticos, invariablemente terminan su alocución con la frase:

- “Dios bendiga a los Estados Unidos de América”.


Con independencia de su adscripción política, de su trayectoria, y del juicio ético o moral que merezcan a sus ciudadanos, está claro que dicha expresión es algo, que por encima de todo, sienten los norteamericanos en lo más profundo de su corazón.


El ciudadano estadounidense se siente orgulloso de su país y lo manifiesta en cualquier circunstancia y en cualquier parte del mundo, a modo de escudo contra lo que él considere una amenaza o agresión.

- “Soy ciudadano norteamericano”.


Ya me gustaría que en España sintiésemos el mismo amor por nuestra patria, por nuestros símbolos y nuestra historia. Pero muchos, no solo es que no sienten amor por la tierra que les vio nacer, por la tierra en la que aprendieron sus primeros juegos de pequeños e hicieron sus primeros amigos, por la tierra en la que aprendieron las primeras letras y se educaron, sino que se avergüenzan de su historia, de sus costumbres, de sus símbolos, de todo aquello que nos identifica y que nos dice quiénes somos y de dónde venimos. Se avergüenzan de sus orígenes, e incluso de sus predecesores más inmediatos.


Para estos sujetos, la bandera no es más que un trapo o un símbolo fascista. Puede que quienes así piensan, sean médicos, ingenieros, abogados o arquitectos, pero no dejan de ser unos pobres ignorantes, cautivos voluntarios de las tendencias dominantes.


Mientras traslado al papel estas reflexiones, escucho a quien fuera vicepresidente de España, referirse a los ciudadanos españoles como “la gente de este país”. Para este individuo, no somos ciudadanos. Somos gente. No somos españoles; somos de “este país”. Pero señor ex vicepresidente:

- ¿Cuál es “este país”? Tenga la valentía, el coraje, la gallardía de referirse a él por su propio nombre. O ¿es que no nombrándolo pretende hacerle desaparecer de la historia?


Un tipo que manifiesta que es incapaz de pronunciar el nombre de la tierra que le vio nacer, España, es alguien del que los españoles pueden avergonzarse de que les haya representado.


Sin llegar a estos extremos, no son pocos los que ante estos hechos y otros peores, miran hacia otro lado argumentando que no les interesa la política. No les interesa la política, desconocen la historia de su país —hay que reconocer que tampoco nadie se ha preocupado de enseñársela en profundidad—, y no saben, que de la política de hoy, depende su mañana. Solo les preocupa el hoy y el ahora.

Ya he dicho alguna vez, que no se puede amar aquello que no se conoce. Si ignoramos la grandeza, sí, la grandeza de nuestra propia historia, con sus luces y sus sombras, como las de todas las naciones del mundo, difícilmente podremos amarla, y mucho menos defenderla de la leyenda negra que interesada y falsamente, han propalado nuestros enemigos.


Ante esta indiferencia —cuando no animadversión— por lo nuestro, por lo que nos atañe más directamente a nosotros, a nuestros hijos y nuestros nietos, que es lo que más nos tiene que preocupar y doler, no puedo por menos, aun a riesgo de repetirme, que recordar aquel despacho, que en los tiempos de la transición, tuve en una Moncloa que por entonces aún no era un fortín, con un hombre enamorado de España que tenía una inquebrantable fe en los españoles. Ese hombre, era el más honesto y honrado presidente que hemos tenido en nuestra historia reciente: Adolfo Suárez González, quien mirándome fijamente a los ojos, expresó con esta frase lo que sentía su corazón:

- “Ya va siendo hora de que los españoles empecemos a querernos”.


Había llegado el momento de que superásemos nuestras diferencias, de que diésemos la espalda a los demonios internos que dividían a los españoles y que nos habían sumido en la depresión, la autarquía y la irrelevancia internacional. Desde nuestra propia diversidad, teníamos la ocasión de dar un paso hacia delante, y todos juntos, remar en la misma dirección con el fin de arribar a un puerto en el que encontrásemos un nuevo amanecer más prometedor, más moderno, y en el que llegásemos a ocupar en el concierto mundial, el lugar que por nuestra historia, nos corresponde.


Desde la óptica de la mezquindad política, quizá podríamos calificar al presidente Suárez, como un soñador. Pero ¿Saben una cosa? Hubo 16 millones de españoles que tuvieron el mismo sueño y pusieron un SI en su papeleta, apoyando su propuesta en el Referéndum para la ratificación de la Constitución española, en 1978. Se alcanzó la abrumadora mayoría de un 92% de votos afirmativos, frente a un escuálido 8% de votos en contra. En su inmensa mayoría, los españoles, querían la reconciliación, dejar atrás el pasado y ser protagonistas de su futuro.


No ocurrió así con los partidos políticos y sus patrocinadores, que presos de sus sórdidos intereses, le hicieron imposible al presidente Suárez seguir adelante con su programa de gobierno, hasta el extremo de presentar voluntariamente su dimisión el 26 de febrero de 1981.

Hoy, 40 años después, sus palabras cobran mayor sentido que nunca y sería muy necesario conocerlas o rememorarlas, y meditar serenamente sobre ellas.


En la ciénaga nauseabunda de la política parece que no tienen cabida los soñadores. Estorban. Son el espejo que refleja la mentira, el ocultamiento, la corrupción, la circulación de dossiers, los pactos secretos, el reparto de poder a cambio de…, el retorcimiento de la Ley o la compra de voluntades para lograr objetivos, el mirar hacia otro lado cuando otros delinquen o ignoran las leyes vigentes a cambio de determinados apoyos, la amenaza o la extorsión por medios indirectos, el nepotismo, la guerra sucia para obtener o conservar el poder aun a riesgo de destruir el país.


No interesa que se conozcan los oscuros manejos del poder cuando se pacta con quien lleva las manos manchadas de sangre, o quien aspira a dinamitar nuestro sistema de convivencia.

En toda obra humana hay luces y sombras. El muro con que nos envuelve el poder, nos sume en la oscuridad. Una oscuridad que nos parece un final sin esperanza, Pero en todo muro existe una grieta que nos deja ver la luz. La luz de la esperanza sin fin.


Hoy sufrimos la amenaza de los que contemplan una España plurinacional. Pero España no es la suma de sus pueblos. No es la suma de sus 52 provincias, ni sus 17 autonomías. España es mucho más que el deseo de aquellos que quieren destruirla o hacer de ella un puzle irreconocible. España es el resultado de lo que hicieron nuestros padres desde hace 2500 años, de su gloriosa gesta histórica y de la voluntad de los 47 millones de españoles que hacemos de ella una realidad viva. España es todo un símbolo en la historia de los pueblos, un proyecto indestructible con vocación universal que unos facinerosos arribistas de la política, nunca podrán frenar.


La esperanza es una fuerza muy poderosa. Tal vez no haya magia real en ella, pero cuando sabemos lo que deseamos y lo convertimos en la luz que ilumina nuestro espíritu, podemos hacer que las cosas sucedan, casi como si fuera verdadera magia. Es en ña noche más oscura, donde con más fuerza vemos brillar las estrellas.


Por eso hoy, en el día de la hispanidad, es más necesario que nunca alimentar el fuego de la esperanza y exclamar:

- Dios bendiga a España y a nuestros hermanos, todos los pueblos de Hispanoamérica.


Artículos del autor

Si un espectáculo hermoso se ha podido presenciar en estos días, ha sido el de la vuelta al colegio de nuestros niños. Bastaba con aproximarse a la puerta de cualquier colegio y contemplar la llegada de nuestros ángeles —sí, nuestros, no del Estado— con sus mochilas a la espalda. Algunas abultaban casi más que sus diminutas figuras, con sus falditas o pantalones cortos, cogidos de la mano de sus padres o abuelos.

Una de las más graves consecuencias de la democracia, es que permite imponer lo que diga una mayoría bajo el sofisma de que es lo mejor, lo cierto, lo verdadero, lo auténtico. Hacer que la voluntad de los más sustituya a la certidumbre; suplantar la sustancia por la entelequia, la evidencia por la irrealidad, la cantidad por la calidad.

Más de 150.000 personas se manifestaron recientemente en la madrileña plaza de Colón contra los indultos que el Gobierno de Pedro Sánchez proyecta conceder a los golpistas del 1-O. Unos delincuentes que no sólo no se han arrepentido de los graves delitos cometidos, sino que han reiterado su intención de volverlo a hacer.

El calendario dice que hoy tengo que acordarme de ti, madre: decirte que te quiero, y hacerte un pequeño presente como prueba de mi cariño.

Harto de la mierda en que se ha convertido la política española, y de la jauría sedienta de dinero, poder y revancha que últimamente se ha apoderado de la misma, me había prometido a mí mismo, el no ocuparme más de ella, pues la sola mención de cualquiera de los hechos y/u omisiones de esta manada de depredadores, elegida por nosotros mismos, me produce náuseas.

Recuerdo aquel memorable discurso pronunciado en el Congreso de los diputados por el entonces

Presidente, Adolfo Suárez, en el que dirigiéndose a todos los españoles, asemejaba la transformación total del país, a la reforma general de una casa. “Sin que dejara de funcionar la luz, ni faltara agua en las cañerías”.

Pero que nadie caiga en la candidez de creer que con esto se ha cerrado un capítulo perturbador de nuestro acontecer político actual. Por el contrario, esto no ha hecho más que empezar, porque eliminada la histórica figura del Rey Juan Carlos, ahora el punto de mira señala la figura de su hijo, el Rey Felipe VI

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el vídeo que los fontaneros de la Moncloa prepararon para recibir a quien les había colocado allí, me parece estar contemplando al emperador Augusto entrar triunfalmente en el Olimpo, aplaudiéndose así mismo al tiempo que su figura protectora se alza sobre los beneficiados que servilmente le rodean, seviros augustales, encargados del culto al emperador, que a menudo había sido divinizado.

 
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