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Antonio Moya Somolinos
Antonio Moya Somolinos
El consejero de sanidad de la Junta de Andalucía podrá hacer alarde de tener mucho coraje poniéndose la vacuna de AstraZeneca delante de las cámaras de televisión

La reciente controversia acerca de las vacunas de AstraZeneca y Janssen, debida a algunos casos en los que ha habido complicaciones de trombosis -unos pocos con resultado de muerte- me lleva a plantear una cuestión y a defender mi postura de no vacunarme si me ofrecen hacerlo con esas marcas, habida cuenta de que tengo 65 años y hasta hace pocas semanas se suponía que me tocaría ser vacunado con Pfizer, de la que no tengo constancia de que se hayan dado complicaciones similares a las de las marcas anteriores.


Para empezar, lo haremos hablando de precios. Por sintetizar un poco, la vacuna de AstraZeneca vale 1,78 euros, la de Pfizer vale 12 euros y la de Moderna vale 18 euros. Sobre otras tales como las chinas o la Sputnik, no sé.


Digo esto porque todo el mundo cree que la vacuna es gratis, pero no, en esta vida no hay nada gratis, aunque el Estado paternalista nos diga que sí. Todo cuesta dinero y siempre hay quien hace negocio, con las vacunas también, y comprando millones de dosis se llegan a acuerdos económicos muy concretos.


Me resulta muy sospechoso que una serie de políticos hayan emprendido una auténtica cruzada mediática en defensa de AstraZeneca cuando por otra parte la terca realidad de personas con trombosis o fallecidas a causa de dichas trombosis tras recibir la vacuna es minimizada con el argumento de que se trata de un 0,001% del total de los vacunados, lo que les lleva a razonar que son muchos más los beneficios derivados de vacunarse que de no vacunarse.


En ese razonamiento hay un elemento engañoso, pues mientras los políticos hablan de números, yo hablo de personas. ¿Serían capaces de ofrecer ese argumento a los familiares de  esa profesora de Marbella que murió tras recibir dicha vacuna? ¿O a todos aquellos que han enfermado de trombosis como consecuencia de la misma? Yo conozco en mi entorno varios casos.


No comprendo ese empecinamiento en administrar a toda costa esa vacuna a los mayores de 60 años cuando se ha llegado técnicamenta a la conclusión de que a los menores de dicha edad no es  recomendable. Quizá en el fondo es que tienen un stock al que hay que darle salida como sea, y que un jubilado muera o coja trombosis es menos perjudicial macroeconómicamente que la coja una persona de menos edad.


Tampoco entiendo esa presión para que nos pongamos la vacuna que los políticos dicen cuando hay varias aprobadas por la Agencia Europea del Medicamento. ¿Hay algún negociete o comisiones no confesables en la compra masiva por la Unión Europea de esta vacuna cuyo precio es diez veces menor que la de Pfizer? No se por qué se pretende imponer una vacuna asimilable a producto de bazar cuando se trata de algo tan delicado como es la salud de las personas. Si todos tenemos libertad para comprar el coche que queremos de acuerdo con nuestras posibilidades, ¿por qué el Estado se empeña en meternos en el cuerpo un producto determinado comprado previamente por él? ¿No sería razonable instaurar un bono de 2 euros por ciudadano de modo que cada cual elija la vacuna que se quiere poner, pagando él mismo la diferencia, si es que desea una vacuna que es más cara pero le da más seguridad?


No creo que en un asunto tan importante como este vaya a haber mucha gente que no esté dispuesta a pagar los 10 euros de diferencia de su bolsillo, por muy pobre que sea. Incluso podría haber una bonificación adicional para casos de extrema pobreza.


El problema está en que, con tanto de hablar de “inmunidad de rebaño”, los políticos tales como Carmen Calvo o María Jesús Montero han creído que los españoles somos literalmente un rebaño de corderos. Por suerte estamos en Europa y desde las instituciones europeas y la propia Angela Merkel - y el propio Pedro Sánchez, que es más inteligente que las dos ministras mencionadas - las ha desautorizado en sus esperpénticas opiniones.


Hay otra cuestión a tocar: Una vacuna no es un medicamento curativo, de modo que mientras que en estos partimos de un enfermo, en la vacuna partimos de una persona sana. En un medicamento curativo la alternativa es vencer la enfermedad, aunque el medicamento ofrezca algunas contraindicaciones o efectos secundarios. La alternativa es seguir mal o correr un riesgo limitado a cambio de curarse. En la vacuna - a nivel personal, repito, personal - no hay tal alternativa, no siendo aceptable jugar a la ruleta rusa generando un problema nuevo, por muy pequeña que sea la proporción de que le toque a uno la bala, ya que el problema no es un mero juego estadístico, sino que le toque a uno la bala.


El consejero de sanidad de la Junta de Andalucía podrá hacer alarde de tener mucho coraje poniéndose la vacuna de AstraZeneca delante de las cámaras de televisión. Sin embargo, yo creo que esto no es una cuestión de valor sino de no crear un problema a añadir a los muchos que ya de por sí nos da la vida sin buscarlos. Y ello por no mencionar otras cuestiones opacas de las que los ciudadanos de a pie no tenemos ni la más mínima noción de cómo se cuecen. 

Artículos del autor

Por ejemplo, en verano sucede que nos ponemos a la cabeza en la competición Covid-19, tanto en número de contagiados como en número de muertos por habitante, como en indecisión de medidas a tomar, como en redacción de los preupuestos del año próximo y en cosas tan elementales como es saber si, a estas alturas, los niños empiezan o no empiezan el cole.Por ejemplo, y volviendo al asunto, ya “antiguo”, del ciudadano Juan Carlos de Borbón, ¿habrá alguien que piense que se fue a AbuDabi con lo puesto, esto es, con un par de trajes, unas camisas, ropa interior y unas bermudas?

Hablar hoy de ecología no es nada extraño. Hace unos 30 ó 35 años, un amigo mío, armador de Adra, Almería, a quien algunos grupos ecologistas habían denunciado por entender estos que su actividad pesquera no era conforme a buenas prácticas medioambientales, se defendía en los medios de comunicación locales haciendo ver que sí respetaba el medio ambiente y daba por supuesto que todo el mundo lo respetaba. "Ecologistas somos todos", apostillaba.


A estas alturas, lo mismo que los grandes generales se prueban en el campo de batalla, y no en el de los trienios, el gobierno da ya muestras patentes de una incompetencia que ni siquiera los que no les votamos imaginábamos.

El tiempo va situando a cada cual en su sitio. A lo largo de la vida se le va viendo a cada cual el plumero. Es muy difícil ser listillo e hipócrita durante toda la vida y que los demás no se percaten.


A la vuelta de 21 siglos tenemos una cultura cristiana heredada, en la que hemos nacido y en la que vivimos, conscientes o no.El problema es que en muchos aspectos, esa cultura - y esas formas culturales - es una cultura fosilizada, más arqueológía que vida.No vivir de las rentas significa, en primer lugar, darse cuenta de esto, si es que no queremos hacer el ridículo ante una sociedad secularizada y atea en la que las formas culturales cristianas del pasado no tienen el más mínimo recorrido en el mundo actual salvo ser objeto de burla.El problema de muchísimos católicos actuales es que buscan en la cultura cristiana una seguridad que solo deberían buscar, y encontrar en la fe, entregada por Dios y custodiada por la Iglesia.Si la fe no se impone, sino que se propone, con mucho menor motivo se puede imponer la cultura cristiana (las formas de cultura cristiana), cuando desde nuestra fe, los cristianos no nos hemos tomado con responsabilidad lo que decía san Pablo VI, inculturizar la fe, hacer de la fe, cultura, y cultura viva.Quienes le dan a la cultura cristiana el valor que solo deberían dar al evangelio, se equivocan.

La vida política, tanto a nivel nacional como internacional, tanto ahora como antaño, como siempre, ofrece tipos que ante la mayoría de las personas pueden parecer, como poco, extravagantes o incoherentes.

​Las cosas se van olvidando, a veces demasiado deprisa. Rodriguez Zapatero es un personaje del que ya nadie se acuerda, salvo cuando aparece dándose una vuelta por algún país sudamericano mediando entre no se sabe quienes o asistiendo como observador a no se sabe qué.

A mi no me parece propio de trigo limpio que alguien hable mal de sus clientes a espaldas de estos, pero allá cada cual.El caso es que, con esa política de jugar a dos barajas o de nadar y guardar la ropa, al segundo whatsapp me dijo que era un poco fuerte lo que estaba diciendo, aunque no concretó los extremos.Al cabo de una semana me dijo que se le había olvidado hacerme una observación: Que yo estaba incumpliendo la nueva legislación de protección de datos porque no disponía de autorizaciones de los destinatarios de mis mensajes de whatsapp enviados desde mi blog.Le contesté diciéndole que estaba mezclando churras con merinas, porque yo, ni soy empresario, ni tengo blog de nada ni tengo clientes de nada, sino que lo único que tengo es un móvil, unos contactos de teléfono, cuyo dato, el número de teléfono, me lo ha facilitado el propio interesado, que no es cliente sino familiar, amigo o conocido, y que siguiendo las reglas del sentido común, de acuerdo a lo que ella sostenía, habría que concluir que sería imposible enviar un solo whatsapp a nadie, pues habría que entender que todos nuestros contactos, familiares incluidos, serían clientes nuestros de no se sabe qué empresa.Le contesté que, siguiendo el sentido común, hay que entender que tal autorización (la de enviar un mensaje de whatsapp) se presupone concedida por el destinatario en la medida de que, él mismo me facilitó hace tiempo su teléfono y hasta ahora no me ha expresado formalmente su deseo de que tal dato sea eliminado de mi lista de teléfonos.Pues bien, algo tan sencillo como esto no parece que le entrara en la cabeza, y durante algunos días sucesivos no paró de enviarme mensajes escritos y de audio en los que aseguraba que lo que yo estaba haciendo era algo totalmente prohibido.

 
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