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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Siria

Isaac Bigio
martes, 14 de agosto de 2012, 07:57 h (CET)
En el tramo oficial de las Olimpiadas, el secretario de relaciones exteriores británico William Hague anunció oficialmente que estaba regalando unos $US 7,5 millones en ayuda a los rebeldessirios. Londres se cuida de alertar que ese financiamiento no es para armas, aunque sí lo es para la logística y la propaganda de los insurgentes.

Los que quieren deponer al régimen de Bashir Assad tienen una división del trabajo. Reino Unido, EEUU, Francia y las potencias europeas apoyan abiertamente a los subversivos con publicidad, datos de satélites y espías, asesores y estrategas. Turquía presta su territorio como base del Ejército Libre Sirio, tanto de su directiva como de muchos de sus comandos quienes ahora apuestan para tomar Alepo, la mayor urbe del país (muy cercana a Turquía). Las petro-monarquías del Golfo Pérsico (en especial Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos) y el nuevo gobierno libio que ayudaron a coronar, mandan directamente dinero, armas y hombres a quienes hablan de crear una ‘Siria democrática’.

Lo paradójico es que los regímenes más autocráticos y teocráticos del planeta son esos reinos totalitarios donde todo el poder está controlado por sus familias reales y donde los derechos de la mujer, los cristianos y los inmigrantes (que en el caso de varios emiratos son la mayoría de la población) están entre los peores del mundo.

En esa ecuación entran los diversos grupos ligados a Al Qaeda que propugnan una guerra santa de los sunitas no solo contra Occidente sino contra los musulmanes de otras denominaciones (como los alawitas del entorno de Assad o los chiitas de Irán). En Siria estos fundamentalistas tienen, al igual que en Libia e Iraq, como su principal enemigo al gobierno de turno. EEUU les usa para minar a su enemigo común, aunque busca mantenerlos controlados.

Israel, que desde hace 4 décadas es el único país que viene ocupando parte del territorio sirio (las alturas del Golán), abiertamente no secunda a los rebeldes (pues sabe que ello equivaldría a darles el beso de la muerte). Si bien inicialmente hubiese preferido a Assad como un mal menor (pues teme que su caída dé cancha campo libre a los sunitas radicales), hoy Tel Aviv quisiese un nuevo régimen sunita pro-occidental. Netanyahu teme que si lanzase una invasión sobre Siria, ello podría hacer que Assad galvanizase el apoyo árabe y musulmán contra el sionismo, pero no descarta intervenir (como antes lo hizo en el Líbano). La crisis siria también agudiza la tensión en el Líbano, donde Hizbola chiita (el principal partido armado) apoya a Assad y podría querer provocar una guerra con Israel para hacer que el conflicto se transformase, y que, en vez de que tenga la actual cubierta que Occidente le quiere poner (democracia vs dictadura) apareciese como nacionalismo árabe pro-palestino vs Occidente más Israel.
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