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Cierta prensa y Podemos

Un grupo de profesionales denuncia las coacciones del partido de Iglesias
Luis del Palacio
jueves, 9 de marzo de 2017, 00:13 h (CET)
No ha habido durante la malhadada Historia del Siglo XX un régimen bolchevique en el que haya existido la libertad de prensa, que es un correlato de la libertad de expresión y esta, a su vez, de la LIBERTAD sin más.

Se puede argüir que se trata de una característica común a todos los regímenes totalitarios, no sólo de los comunistas, y ello, que es en principo verdad, admite algunos matices: Durante la dictadura de Franco, por ejemplo, se ejerció un control férreo sobre la prensa, sobre todo en las primeras dos décadas, pero éste se fue relajando especialmente a raíz de que se aprobara la llamada “ley de prensa de Fraga”, en 1964. Publicaciones muy críticas con los modos de hacer de aquella etapa, como la revista Triunfo, Cuadernos para el Diálogo o el propio Diario Madrid, convivieron con un régimen al que criticaban o sutilmente (como es el caso de La Codorníz) satirizaban. Existía la censura y los directores temían “más que a un nublao” que por criticar a un ministro o hablar bien de alguien “no adepto” pudieran secuestrar la edición. Esto, sin embargo, ocurría pocas veces.

El poder de la prensa (ahora hablamos de “los medios”, porque de la prensa impresa –que es casi una tautología- va quedando poco) es un factor al que siempre han mirado con recelo los políticos. Estar a bien con los “chicos –y chicas, no se me alarmen- de la prensa” ha sido lo que todos han intentado, con mayor o menor tino. Pero cuando se dieron cuenta de que no bastaba con invitarlos a un cóctel o de reirles las gracias, optaron por lo más lógico: comprar el chiringuito desde el que aquellas desagradables moscas cojoneras se afanaban en hacerles la vida imposible. De ahí que se formaran grupos o consorcios editoriales afines a tal o cual partido. La “prensa libre” (otro mito a medias) se resintió y algunas cabeceras doblaron la cerviz. Un caso clásico fue el de El País, que, a la par que incluyó aquel acento en la “i” que durante años brilló por su ausencia, tuvo a bien retirar lo de “diario independiente de la mañana”, acaso por vergüenza torera. Aunque eso también convenga dudarlo...

Así las cosas, en nuestra profesión siempre ha habido personas dispuestas a entregarse a buscar la verdad y no a hacerle el caldo gordo a la clase política. Estos independientes, que muchas veces aúnan el oficio de plumilla con el de “private eye” (o sea, detective privado) son los que más mortifican a los que nos gobiernan o aspiran a hacerlo. No renuncian a contar lo que ven o lo que averiguan, y eso tiene un coste que, por supuesto, es económico; ya que el que no se doblega ante la “línea editorial” del grupo, “ahí tiene la puerta”. Pero por otra parte, como hemos venido comprobando en los últimos años, acarrea también un peaje moral, puramente anímico.

Cuando alguien te señala por la calle o se dirige a ti por haber expresado una opinión en algún medio de comunicación, pueden ocurrir dos cosas: Que a la persona que te interpela le haya gustado lo que has dicho o que no (también se admiten los matices, dentro de la primera opción) Y hasta ahí, todo resulta aceptable.

No obstante, cuando alguien desde una televisión, una radio, twiter etc. te señala, te moteja, te vitupera, está alentando a que una masa incierta y amorfa pase a la acción. El individuo –el periodista- se siente solo, inerme, blanco de miradas anónimas y potencialmente agresivas. De blanco puedes convertirte en diana. Y de esto se deriva tanto el lamentable fenómeno del “escrache”, como cualquier otro método destinado a callar la boca de los que tienen la misión de informar... sin “posverdades”.

Podemos, que no en vano es un partido amigo de regímenes totalitarios y por lo tanto antidemocrático, ha reaccionado como cabría de esperar ante la denuncia de acoso presentada por un grupo de profesionales en la Asociación de la Prensa de Madrid: Negándolo todo y poniendo en entredicho el papel de la prensa libre, que es precisamente la que osa criticarlos y sacar a la luz sus trapos sucios. Hacen exactamente como Trump o Putin (por cierto, hace once años del asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, que criticó abiertamente la política de mano dura del presidente ruso en Chechenia) y todo porque les aterra la libertad de información.

En este caso lo de menos es que los demandantes no hayan querido que sus nombres se hagan públicos. Todos conocemos algunos. Lo que importa es que, por fin, se señale a los que señalan para que la gente vea qué alto precio se paga por contar la verdad, o simplemente por disentir.

Bravo, Victoria Prego, presidenta de la APM, por representarlos. Por representarnos.
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