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Réquiem por la objetividad en la información

No muchos recuerdan que el periódico más leído en España y fuera de ella, El País, nació como un proyecto renovador que pretendía insuflar savia nueva a un árbol que era viejo y fuerte, pero decaído por años de censura. La prensa española de entonces contaba con excelentes profesionales y colaboradores, se escribía mucho y bien, pero no tenía “rodaje” en aquello de presentar la información –sobre todo, la política- de una manera esencialmente periodística, en la que la opinión se mantuviera al margen en aras de una mayor objetividad.

El Pais (sin acento) añadía a su mancheta aquello de “diario independiente de la mañana” y fue impulsado por un grupo de intelectuales muy ligados a la Institución Libre de Enseñanza, la Revista de Occidente y Alianza Editorial. Fue don José Ortega Spottorno su principal mentor y en torno a él se unieron personalidades de la talla de Julián Marías, Soledad Ortega, Josefina Aldecoa, José Ferrater Mora, Cristóbal Halffter, José Vidal-Beneyto, Carlos Bousoño, Alfredo Deaño y muchos otros, que contribuyeron a sacar adelante la empresa. Los primeros años, que coinciden aproximadamente con los de la Transición, pueden calificarse como excelentes y es por ello que este diario, entonces joven y pujante, fue colocándose junto a las cabeceras más importantes de Europa, como Le Monde, The Guardian, La Stampa, Die Welt etc. La aportación de El País a hacer inteligible lo que estaba sucediendo en la España del momento fue fundamental; y sin menoscabo de otras publicaciones nuevas, como Diario XVI, o veteranas, como ABC, resulta innegable el mérito de todos los periodistas, colaboradores y suscriptores iniciales de esta publicación.

¿Fue acaso un espejismo? No; pero fue una realidad que duró poco. Y, como suele suceder, una errónea gestión económica de la empresa determinó la salida del primer consejo asesor y de su fundador, don José Ortega Spottorno. A comienzos de los años ochenta ya no quedaba nadie o casi nadie de los pioneros, que fueron apartados del cada vez menos “diario independiente de la mañana”. El Grupo Prisa adquirió una enorme parte de las acciones y su jefe, Jesús de Polanco, empresario empeñado en ejercer el poder desde la sombra, marcó desde entonces el rumbo tendencioso de un diario de cuya cabecera acabaron por suprimir, acaso por un elemental rasgo de pudor, lo de “independiente”. El País recuperaba el acento, pero perdía objetividad. Había sucumbido al Poder –representado desde 1982 por el PSOE- del que iría varias décadas de la mano. Hasta el presente.

Ahora más que nunca conviene recordar estas cosas, ya que la prensa española actual “desinforma” deliberadamente a la opinión pública, tratando de llevarlos a su redil ideológico. Y, por supuesto, esto no se da únicamente en la prensa escrita, cada vez más postergada por los medios audiovisuales. Los grupos de presión, o lobbys, ejercen un control absoluto sobre cadenas de radio, canales de televisión y plataformas digitales, de manera que ya resulta casi imposible hacerse con información veraz, con excepción del parte metereológico. Todo es opinión y opinión sesgada. En esas tertulias de televisión y radio, en los numerosos y aburridísimos debates políticos, se repiten consignas, mantras que calan en la opinión pública, moldeándola al antojo de unos pocos.

Voy a poner dos ejemplos: El primero sería el “tema de la corrupción”, tan recurrente. Cualquier asiduo a las tertulias de radio y TV llegaría a la conclusión (de no analizar la realidad por su cuenta, cosa complicada) que el PP es el partido más corrupto de España. Constantemente –machaconamente- se hace referencia a los casos de corrupción (indudables) habidos en este grupo político ¿Quién no ha oído hablar de “la Gürtel”, “el caso Nóos”, “los sobres de Bárcenas”, “Brugal”, “Púnica” etc.? Es como si el escándalo hubiera que concentrarlo sólo en una parte para aliviar la carga de la culpa de otros –en concreto de otro partido político, el PSOE- que han perpetrado robos, estafas y malversaciones mucho mayores; no sólo en cuantía económica (685 millones de euros, frente a unos 40 millones, como máximo) sino al nivel de degradación institucional que implican.

Esto resulta evidente en el llamado “caso de los Eres de Andalucía”, cuyo juicio acaba de celebrarse para mayor deshonra de una Junta que había comprado favores, voluntades y votos con dinero público durante casi cuarenta años.

La “prensa dependiente y manipuladora” a que me refiero, trata como puede en estos días de pasar de puntillas sobre un asunto trascendental. Y todavía hay quien niega que no es lo mismo el negociete chanchullero de un yernísimo, de un senador sinvergüenza o del mismísimo Presidente de una comunidad autónoma, al complejo entramado de estafas, robos y malversaciones que incumben a buena parte de la estructura de un gobierno autonómico. Robos, estafas y malversaciones perpetradas desde hace décadas.

Segundo ejemplo: ¿Cómo es posible calumniar, en un país que se dice democrático, a un partido político, por el simple hecho de no ajustarse a la norma del establishment; o, como se dice ahora, de lo “políticamente correcto”? La prensa en esto –me refiero a la mayoría de los medios- actúa como ariete de los que pretenden imponer su particular dictadura de las ideas (mejor dicho, pseudo ideas) envolviéndolas en un papel celofán que las haga presentables. VOX ha tomado el relevo al Partido Popular como víctima propiciatoria de un repugnante (y absurdo) “cordón sanitario”, cuyo objetivo es ignorar la fuerza del voto emitido por casi cuatro millones de españoles. Como si ello fuera posible.

Una vez más, la mayoría de la prensa no está a la altura de las circunstancias; se olvida de informar en su afán de manipular.

Artículos del autor

Existe un término –librepensador- de connotaciones algo decimonónicas, hoy caído en desuso, que define de maravilla la actitud ante la vida de los que a veces nos sentamos a la vera del camino a contemplar la existencia y su devenir.

A la lenta pero imparable erosión de lo que alguno llamó con acierto “nuestro sistema de valores”, que no es otra cosa que el conjunto de normas de conducta que permiten una convivencia desde el respeto al prójimo y a uno mismo.“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos que conozco” Esta frase, que no es cita literal de lo que en su día dijo Winston Churchill, sirve para hacerse una idea de los mimbres que manejamos:Vivimos en una democracia que nadie nos ha impuesto; un sistema político que en su momento elegimos por considerarlo idóneo para proseguir nuestra andadura como país.Durante más de cuarenta años se han cometido errores; pero es evidente que los aciertos los han superado con creces.

Aquel peculiar filósofo español, paradójicamente poco conocido entre nosotros, George de Santayana, cuyas obras más importantes fueron escritas en inglés, afirmaba que “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase, atribuida también a otros autores, incluido Karl Marx, podría ser una suerte de mal augurio o incluso un diagnóstico sobre lo que ocurre en España: desconocemos una buena parte de nuestra Historia y lo que “creemos saber” está con frecuencia condicionado por prejuicios que, a fuerza de repetirlos, se han convertido en moneda común.

​Recuerdo que de niño daban en la televisión (entonces “la tele” no era más que “la española”) un programa cuyo título era en sí mismo evocador.
​Hace años que mi buen amigo Fernando Sánchez Dragó habla de “Vandalia”, cada vez que se refiere al tortuoso país que nos vio nacer y cuya lengua (o lenguas) hablamos.
​El sistema bipartidista en el que dos grupos con una amplia base social se alternan en el Poder, que era el que hasta hace pocas décadas parecía preferible para la buena marcha de las democracias occidentales, se ha ido resquebrajando.

Sin embargo, lo que más destacaba en ella era su imaginación; una imaginación que hasta ese momento no había creado fantasmas oscuros, sino duendes, seres de luz, hadas con los que jugaba en el Campo de San Francisco cuando salía por las tardes de paseo con dos jóvenes doncellas -María “la rubia”, María “la morena”- a las que mi madre recordaría con gran cariño el resto de su vida.Su padre –mi abuelo- había encargado a su primo Ramón que practicara con ella la lectura, ya que la niña solía confundir ciertas letras y sílabas; padecía de forma ligera eso que hoy llamamos dislexia.

​Más y más va dando la sensación de que aquello que los clásicos llamaban “cordura” ha sido sustituido por una triste colección de falacias –algunos las llaman ahora “posverdades”, para evitar decir llanamente “mentiras”- que van impregnando el inconsciente social.
 
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