Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
16º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Firmas y Blogs
Luis del Palacio
La linterna de diógenes
Luis del Palacio

Tuve la suerte de conocer a Julio Anguita hace ya bastantes años. Ya no estaba en eso que llaman “primera línea política”, pero, pleno de facultades, lideraba una corriente crítica desde cierta izquierda ilustrada y genuina que actuaba como “Pepito Grillo” de esa otra izquierda, oportunista, “new age”, que no se distingue en nada, ni por su modo de hacer ni por sus aspiraciones materiales de esos “liberales burgueses” a los que denuestan desde el pedestal de barro mal cocido donde cacarean la supuesta superioridad moral que se arrogan por ser ellos… tan “guay”

Nunca le oculté mis preferencias conservadoras, y en las tres largas entrevistas que me concedió -dos en Madrid y una en Córdoba- charlamos largo y tendido; también a micrófono cerrado. Y no sólo de política, sino de la vida. Siempre que pude asistí a sus conferencias y presentaciones de libros. La última vez en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, tras la presentación de su obra Atraco a la memoria. Rodeado de gente que venía a que le firmara un ejemplar, me dijo: “Usted no se vaya sin despedirse” Recuerdo la cara de sorpresa de Tania Sánchez ( por entonces todavía se creía “primera dama”) que andaba por allí, seguramente preguntándose quién demonios sería yo. A la media hora quedó resuelto el misterio, pues nos hallábamos unos cuantos tomando un refresco con don Julio en la amplia cafetería del Círculo.

Pocas semanas antes había salido la entrevista que le hice a raíz de la publicación de su libro (trabajo que apareció en estas mismas páginas virtuales) Mientras apurábamos la bebida (eran ya cerca de las once de la noche) me dijo: “¿Sabe? Me ha gustado la entrevista. Ha reflejado muy bien mis ideas; lo que trato de expresar. Las preguntas eran las adecuadas para ello” Y añadió con socarronería: “Lástima que no sea usted de izquierdas” Todos los presentes nos reímos. Esa fue la última vez que lo vi.

Uno o dos meses después de aquella escena se produjo algo que no llegué a comprender. Me refiero a aquel famoso abrazo efusivo (que se hizo “viral”, dirían algunos) entre Julio Anguita y Pablo Iglesias al concluir un multitudinario mitin de Podemos; lo que, a mi modo de ver, equivalía a dar el espaldarazo a aquella nueva formación de izquierdas, un partido hecho de retales, que acabaría engullendo a su muy querida Izquierda Unida, de la que había sido coordinador durante muchos años. Me pareció incomprensible precisamente por algo que me dijo en aquella entrevista y que no fue publicado (aunque conservo la grabación íntegra por si a alguien le interesa comprobarlo)

Afirmaba sentirse partidario de la corriente crítica surgida tras las protestas del 15M (la aparición de Podemos fue una de sus consecuencias) pero no llegaba a comprender por qué el nuevo partido (liderado todavía por Iglesias, Errejón y Monedero) no mostraba el menor interés en colaborar con el Foro Somos Mayoría, del que Anguita era principal inspirador. Lo noté asombrado por la total indiferencia mostrada por los nuevos lideres de aquella izquierda que se consideraba auténtica (no de lo que quedaba del PSOE, que ya no lo era) junto con Izquierda Unida y el mismo Foro, que no era un partido sino una plataforma para el diálogo. Era evidente la decepción del viejo líder comunista sólo unos meses antes de aquel célebre abrazo.

¿Qué ocurrió en apenas cinco meses para que todo cambiara?


No lo sabemos con seguridad; aunque lo que ofrece pocas dudas es que Izquierda Unida no tenía posibilidades de sobrevivir debido a las deudas que acuciaban a la plataforma; ésas que asumiría Podemos al integrarla (diluirla) en su formación.

Lo cierto es que, a partir de ese momento, el ex dirigente de Izquierda Unida apenas concedió entrevistas, siendo sus apariciones públicas escasísimas. Hubo quien habló de problemas de salud (y es indudable que los tenía) pero a mí se me antoja (es mi opinión y éste es al fin y al cabo un artículo de opinión) que con su prolongado silencio, Anguita trataba de sugerir sin palabras que aquel famoso abrazo no había sellado ninguna adhesión incondicional con el nuevo statu quo de aquella izquierda surgida del 15M, que, con el paso del tiempo, se fue mostrando contraria al ideario que siempre defendió el viejo político: sustituir el grito por la reflexión (son sus propias palabras) y votar siempre en conciencia y al político honrado… “aunque sea de derechas” (y entrecomillo porque se trata de una cita literal)

¿Habría sido aquel silencio una suerte de protesta sin palabras?

Sospecho que sí. Y no sólo eso:


¿Cómo pudo encajar aquel que había hecho de la austeridad una bandera, la irresistible ascensión de los recién llegados que en cuanto pudieron se regalaron mansiones y se procuraron canonjías de todo tipo? ¿Era esa la izquierda que quería don Julio; la de la corrupción, la amenaza y el nepotismo más descarado?


Aquel abrazo entre Pablo Iglesias y Anguita fue algo así como el del oso: letal de necesidad. Cerraba una época entre “lo viejo y “lo nuevo”.

Que esa izquierda bananera, radical y antidemocrática, adopte su figura como referente es una obscenidad, una impostura que no debe empequeñecer su talla humana y política. Ya no puede defenderse ni con el elocuente silencio y los que lo respetamos desde posiciones ideológicas muy diferentes, no sólo debemos recordar su “programa, programa, programa” (del que esa nueva izquierda carece) sino la grave sentencia de Ortega con la que manifestó su desencanto con el derrotero que tomaba aquella II República que él mismo había ayudado a traer: “No es eso; no es eso”

Artículos del autor

LA RENDIJA LÍRICA. Con la mirada afilada de un cíclope, el lector de poesía aguza la vista. La hendidura por la que vislumbra la estancia que aferran sus manos en el libro o en la resonancia al vuelo que se recita, es sencillamente hasta donde le permita perseguir el hilo de oro viejo de las palabras.

Al final de las sesudas intervenciones “castristas” de Pedro Sánchez (por ahora anda por los 60 minutos y aumentando) aparece un señor con barbita canosa, algo fondón, cara inexpresiva y gafas de concha, que, según me cuentan, ostenta el impresionante cargo de Secretario de Estado de Comunicación.

Como hace años me explicó el inolvidable Miguel de la Quadra-Salcedo, sentir el peso de un libro en las manos, notar el olor peculiar al abrir sus páginas, hojearlo antes de acometer la lectura, forma parte de un ritual sin palabras que preludia una aventura que nos llevará durante horas y días a un mundo distinto que, en principio, nos es ajeno, pero que poco a poco iremos incorporando hasta hacerlo nuestro.

No muchos recuerdan que el periódico más leído en España y fuera de ella, El País, nació como un proyecto renovador que pretendía insuflar savia nueva a un árbol que era viejo y fuerte, pero decaído por años de censura. La prensa española de entonces contaba con excelentes profesionales y colaboradores, se escribía mucho y bien, pero no tenía “rodaje” en aquello de presentar la información –sobre todo, la política- de una manera esencialmente periodística, en la que la opinión se mantuviera al margen en aras de una mayor objetividad.

Existe un término –librepensador- de connotaciones algo decimonónicas, hoy caído en desuso, que define de maravilla la actitud ante la vida de los que a veces nos sentamos a la vera del camino a contemplar la existencia y su devenir.

A la lenta pero imparable erosión de lo que alguno llamó con acierto “nuestro sistema de valores”, que no es otra cosa que el conjunto de normas de conducta que permiten una convivencia desde el respeto al prójimo y a uno mismo.“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos que conozco” Esta frase, que no es cita literal de lo que en su día dijo Winston Churchill, sirve para hacerse una idea de los mimbres que manejamos:Vivimos en una democracia que nadie nos ha impuesto; un sistema político que en su momento elegimos por considerarlo idóneo para proseguir nuestra andadura como país.Durante más de cuarenta años se han cometido errores; pero es evidente que los aciertos los han superado con creces.

Aquel peculiar filósofo español, paradójicamente poco conocido entre nosotros, George de Santayana, cuyas obras más importantes fueron escritas en inglés, afirmaba que “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase, atribuida también a otros autores, incluido Karl Marx, podría ser una suerte de mal augurio o incluso un diagnóstico sobre lo que ocurre en España: desconocemos una buena parte de nuestra Historia y lo que “creemos saber” está con frecuencia condicionado por prejuicios que, a fuerza de repetirlos, se han convertido en moneda común.

​Recuerdo que de niño daban en la televisión (entonces “la tele” no era más que “la española”) un programa cuyo título era en sí mismo evocador.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter   |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris