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España y la larga sombra de Valle-Inclán

Recuerdo que de niño daban en la televisión (entonces “la tele” no era más que “la española”) un programa cuyo título era en sí mismo evocador: Reina por un día. Hoy, desde luego, se consideraría machista, ya que se ensalzaba a la madre tradicional como figura sobre la que pivotaba la vida familiar; algo que hoy resulta sospechoso para muchos de esa izquierda rancia y apolillada que trata siempre de orientarnos en nuestros gustos y opiniones. La “reina” de aquel programa era una señora, casi siempre entrada en años, que había tenido una vida dura y sacrificada. Normalmente rodeada de hijos y nietos, los guionistas del programa iban rodeándola de otros “elementos” (sobrinos, primos, alguna anciana tía, amigas de la infancia) para salpimentar una historia que, en esencia, era como la de decenas de miles de familias de una época que algunos llaman “la España en blanco y negro” o “la España del No-Do”. A esa abnegada mujer se la nombraba “reina por un día”. Se la colmaba de regalos (vestidos, zapatos, electrodomésticos, alguna joya, un viaje de una semana con su marido por alguno de nuestros archipiélagos) y, tras haber pasado por una sesión de maquillaje y peluquería, se organizaba un fiestorro en su honor… que duraba justo el tiempo de la grabación del programa en el estudio elegido para el evento. De esta manera, en la tarde del domingo flotaba la fantasía de que era posible llegar a ser reina (algunos soñarían con ser rey) por un día. Aunque luego llegara el lunes con su resaca.


Pues bien; estos recuerdos de antaño se entremezclan con experiencias de hogaño que no son tan inocentes e inofensivas. Detrás de los cuentos de Roal Dahl habita un inquietante “monstruo de las galletas” dispuesto a helarnos la sonrisa. El muñeco diabólico, como los payasos siniestros, parecen empeñados en convertir el cuento infantil en una auténtica pesadilla.


A mi personaje lo llamaré “Whatelse” (“qué más”) y de niño soñó con ser alguien muy importante. Con el paso de los años, de ser el matón de clase (era grandullón, ideal para el puesto) llegó a desarrollar un rebelde acné que le dejaría unos pequeños cráteres en la edad adulta. De ahí lo de “scarface”. Su falta de brillantez en los estudios no le arredró en su fantástica ambición. Quería ser “alguien”… aunque aún no sabía bien quién. Sus escasas lecturas las suplía con películas de Hollywood, que eran más cortas y se entendían con menor esfuerzo que los libros. Poseía, eso sí, una gran memoria y hacía gala de una capacidad muy grande para mimetizar gestos y ciertas actitudes (como la que tienen los monos) Le había dicho que se daba un aire a George Clooney (“What else!”) Entró en política casi al mismo tiempo que cursaba primero de carrera.


-Estudia Económicas -le dijo algún alma caritativa- Al menos con eso podrás llegar a ser zapatero.


Y como luces tenía pocas, no entendió la ironía. Desde entonces no cejó en su empeño de convertirse no en remendón, para lo que acaso habría valido, sino en un remedo del mismísimo ZP, un prohombre de la política, contador de nubes, líder de no-sé-qué alianza de las civilizaciones, trovador bolivariano… y otras muchas cosas que no enumero para no aburrir al lector.


En fin, modelo ya tenía; ahora era cuestión de esmerarse y no sólo seguirlo, sino perfeccionarlo.


Como Simbad luchó contra las tempestades; como Ulises se hizo sordo a los cantos de Circe. A punto estuvo de naufragar. Pero Whatelse era mucho “nespresso”, no hacía grumos con la leche y resurgió de sus cenizas… o del fondo del mar, ya que los traidores de su propio partido le lanzaron por la borda. Lo malo es que lo hicieron con un lastre de corcho. Craso error. Flotó. Trepó hasta el puente sin ser visto y se coló por una escotilla.


De esto hace algún tiempo. La nave del Estado, gobernada por un apático carcamal, había tomado un derrotero poco claro; iba como a la deriva, sorteando a duras penas escollos y bancos de arena. No obstante, la tripulación descontenta no era suficiente para provocar un motín. Hacía falta la ayuda de los piratas… Y la obtuvo. Estos se hicieron dueños de la situación y le advirtieron:


-Te dejamos pilotar el galeón, pero cuidadito con desobedecernos.


Le guiñaron un ojo y le enseñaron la mecha preparada para volar la santabárbara.


Whatelse, entusiasmado con su logro, empezó a surcar los cielos sujeto a las alas de un halcón peregrino; lo cual era perfecto para sus ideas, que eran también peregrinas.


Se codeaba por fin con la crème de la crème: reyes, presidentes, dalaislama, el mismo Papa de Roma ¡Él era uno de ellos!


De vez en cuando se bajaba del halcón para tomarse un respiro y ver lo guapo que era en un espejo que le ofrecía su mujer (sí, esa que está siempre detrás de todo gran hombre) No se veía esperpéntico, deformado como si se hubiera plantado frente a uno de los que hay en el “callejón del Gato”, sino estilizado y adorable. “Soy un Petronio de la política”, se decía.


Y entretanto, mientras Narciso Whatelse se recrea en su propia imagen, hay un viejo que se acaricia la luenga barba con su única mano y una sonrisa entre irónica y nostálgica, contemplando cómo España sigue siendo, cien años después, el mejor ejemplo de su teoría del esperpento.


¡Vaya por usted, don Ramón María!

Artículos del autor

​Hace años que mi buen amigo Fernando Sánchez Dragó habla de “Vandalia”, cada vez que se refiere al tortuoso país que nos vio nacer y cuya lengua (o lenguas) hablamos.
​El sistema bipartidista en el que dos grupos con una amplia base social se alternan en el Poder, que era el que hasta hace pocas décadas parecía preferible para la buena marcha de las democracias occidentales, se ha ido resquebrajando.

Sin embargo, lo que más destacaba en ella era su imaginación; una imaginación que hasta ese momento no había creado fantasmas oscuros, sino duendes, seres de luz, hadas con los que jugaba en el Campo de San Francisco cuando salía por las tardes de paseo con dos jóvenes doncellas -María “la rubia”, María “la morena”- a las que mi madre recordaría con gran cariño el resto de su vida.Su padre –mi abuelo- había encargado a su primo Ramón que practicara con ella la lectura, ya que la niña solía confundir ciertas letras y sílabas; padecía de forma ligera eso que hoy llamamos dislexia.

​Más y más va dando la sensación de que aquello que los clásicos llamaban “cordura” ha sido sustituido por una triste colección de falacias –algunos las llaman ahora “posverdades”, para evitar decir llanamente “mentiras”- que van impregnando el inconsciente social.
​En un país tan dado a confundir la linotipia con la lipotimia, no resulta raro que la inefable alcaldesa de Barcelona, Ana Colau, colara (permítaseme el juego de palabras) la gilipollez de que el almirante Pascual Cervera era un “facha”.
El pasado lunes de Carnaval me sorprendió la noticia de la muerte de un gran divulgador de la Egiptología en España. Y sin duda me referiré a él en este artículo como “profesor Llagostera”.
​Afirmaba D. Miguel de Unamuno en una de sus cartas a Ángel Ganivet, citando a Goethe, que “quien sólo sabe su lengua, ni aun su lengua sabe”.
Esa izquierda provinciana, ramplona y zafia que admirablemente representa el PSOE liderado por Pedro Sánchez, prepara una proposición de ley según la que se considerará delito ensalzar la figura del general Franco o referirse en términos elogiosos al periodo de casi 40 años en que fue Jefe del Estado.
 
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