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Luis del Palacio
Una oportunidad para expulsar a los impostores

Parece claro que la crisis política no es sino un reflejo de la crisis social y que el lugar común de “tener los políticos que nos merecemos”, corresponde a una situación en la que se entremezclan muchos elementos, claramente adversos, que contribuyen a la inestabilidad general. Situaciones muy parecidas a la que ahora sufrimos se han vivido muchas en Occidente a lo largo de la Historia y, afortunadamente, siempre se ha salido de ellas… lo que anima a la esperanza… El problema principal son los jirones que quedan por el camino, las generaciones sin rumbo preciso que se pierden en el mar oleaginoso del Tiempo.


Pero ése es un asunto para tratar aparte. Alejándonos de divagaciones teorizantes, es preciso referirse a lo que en este mismo instante acontece y nos afecta a todos: la crisis que viene arrastrando España desde hace casi tres lustros y que tendrá su punto álgido el próximo domingo 28 de abril, fecha en la que habremos de elegir al partido y al líder que nos gobierne durante los próximos cuatro años.


Se aprecia una desgana, una lógica fatiga en los ciudadanos, sufridas víctimas del capricho, la ignorancia, la arbitrariedad, cuando no la activa estupidez, de buen número de nuestros políticos. Asistimos inermes hace menos de dos años a la perpetración de un golpe de estado “a cámara lenta” en Cataluña, del que todavía no hemos salido. A la lenta pero imparable erosión de lo que alguno llamó con acierto “nuestro sistema de valores”, que no es otra cosa que el conjunto de normas de conducta que permiten una convivencia desde el respeto al prójimo y a uno mismo.


“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos que conozco” Esta frase, que no es cita literal de lo que en su día dijo Winston Churchill, sirve para hacerse una idea de los mimbres que manejamos:


Vivimos en una democracia que nadie nos ha impuesto; un sistema político que en su momento elegimos por considerarlo idóneo para proseguir nuestra andadura como país.


Durante más de cuarenta años se han cometido errores; pero es evidente que los aciertos los han superado con creces. Nuestro Estado es una monarquía supeditada a la Constitución, lo que nos ha equiparado a otros prósperos estados de Europa. En España caben todas las ideas y proyectos políticos… con excepción de los que pretendieran acabar con la Nación, que se situarían automáticamente (al menos en teoría y de ahí el problema) fuera de la Ley. Así de fácil. Así de justo. Así de democrático.


Pero la democracia, continuando con las reservas mentales de Churchill con respecto a ella, no es perfecta. Tiene, entre otros puntos débiles, “gateras” por las que puede colarse el germen de su propia destrucción. El sistema mismo lo permite y por eso hemos de asumir nuestra propia responsabilidad en lo que “se cuece”; es decir, votar con responsabilidad a aquel partido que no destruya a corto o medio plazo lo que hasta ahora habíamos logrado. Y a la cabeza de todo ello, la concordia entre los españoles.


Por una de esas “gateras” se coló hace diez largos meses una especie de “ogro maqueado” con piel de cordero pascual. La impostura, el autobombo y la mentira (la más evidente, que su Gobierno sería de transición y que convocaría elecciones a la mayor brevedad) han sido sus “herramientas de trabajo”.


Con ochenta y cuatro diputados y la colaboración imprescindible de todos aquellos partidos que o bien desprecian a España y su unidad o tratan de convertirlo en una suerte de república caribeña, han “gobernado” un país como el nuestro; absorto, sí, pero con toda su capacidad de reacción aún intacta.


Creo que es hora de abandonar esa desgana y poner a los impostores en su sitio.


Con nuestra única fuerza, que es la del voto.

Artículos del autor

Aquel peculiar filósofo español, paradójicamente poco conocido entre nosotros, George de Santayana, cuyas obras más importantes fueron escritas en inglés, afirmaba que “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase, atribuida también a otros autores, incluido Karl Marx, podría ser una suerte de mal augurio o incluso un diagnóstico sobre lo que ocurre en España: desconocemos una buena parte de nuestra Historia y lo que “creemos saber” está con frecuencia condicionado por prejuicios que, a fuerza de repetirlos, se han convertido en moneda común.

​Recuerdo que de niño daban en la televisión (entonces “la tele” no era más que “la española”) un programa cuyo título era en sí mismo evocador.
​Hace años que mi buen amigo Fernando Sánchez Dragó habla de “Vandalia”, cada vez que se refiere al tortuoso país que nos vio nacer y cuya lengua (o lenguas) hablamos.
​El sistema bipartidista en el que dos grupos con una amplia base social se alternan en el Poder, que era el que hasta hace pocas décadas parecía preferible para la buena marcha de las democracias occidentales, se ha ido resquebrajando.

Sin embargo, lo que más destacaba en ella era su imaginación; una imaginación que hasta ese momento no había creado fantasmas oscuros, sino duendes, seres de luz, hadas con los que jugaba en el Campo de San Francisco cuando salía por las tardes de paseo con dos jóvenes doncellas -María “la rubia”, María “la morena”- a las que mi madre recordaría con gran cariño el resto de su vida.Su padre –mi abuelo- había encargado a su primo Ramón que practicara con ella la lectura, ya que la niña solía confundir ciertas letras y sílabas; padecía de forma ligera eso que hoy llamamos dislexia.

​Más y más va dando la sensación de que aquello que los clásicos llamaban “cordura” ha sido sustituido por una triste colección de falacias –algunos las llaman ahora “posverdades”, para evitar decir llanamente “mentiras”- que van impregnando el inconsciente social.
​En un país tan dado a confundir la linotipia con la lipotimia, no resulta raro que la inefable alcaldesa de Barcelona, Ana Colau, colara (permítaseme el juego de palabras) la gilipollez de que el almirante Pascual Cervera era un “facha”.
El pasado lunes de Carnaval me sorprendió la noticia de la muerte de un gran divulgador de la Egiptología en España. Y sin duda me referiré a él en este artículo como “profesor Llagostera”.
 
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