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Luis del Palacio
La linterna de diógenes
Luis del Palacio
Fidel y Franco frente a los juicios paralelos
Mis células grises andan aturulladas porque estos últimos días le doy vueltas y vueltas a una duda con forma de pregunta: ¿Por qué será que los mismos que pretenden que se considere delito el ensalzamiento del franquismo, no han hecho sino alabar la memoria de Fidel Castro?

Me he sentado en un banco frente al hoy soleado puerto de Santander a considerar la cosa y, la verdad, hasta ahora no he llegado a ninguna conclusión plausible por más que piense en ello.

Veamos:

Partiendo de la base de que ambos fueran dictadores y que la auténtica democracia (la participativa, no la “orgánica”) les produjera algo cercano a la náusea, he encontrado indudables puntos en común entre uno y otro personaje; por ejemplo, en el hecho de que se levantaran contra el poder constituido y en que dieran un golpe de estado que triunfó, instaurando un largo periodo de poder absoluto en el que las libertades y derechos ciudadanos quedaron reducidos a la mínima expresión: TODO PARA EL PUEBLO, PERO SIN EL PUEBLO.

La dictadura es una opción de gobierno, que no política; ya que ésta, salvo en las relaciones internacionales, no existe como tal dentro de ese modelo de Estado. Creo que no es apócrifa aquella anécdota de Franco cuando dejó boquiabierto a un ministro, que le estaba mareando con no sé qué cuestión relativa a su departamento, con una frase lapidaria: “Haga como yo: no se meta en política” Cuestión zanjada. La política (la perversidad de los partidos políticos) así como las conspiraciones, ora judeomasonicas ora oligarcocapitalistas, son arquetipos que han sacado a pasear los dictadores, y en concreto éstos a quienes me refiero, para justificarse. Siempre existe un enemigo en la sombra al que anatemizar y combatir. Y ellos son, claro, la solución.

(Han cruzado varios paseantes con perrito por delante de mi banco y acabo de ver una bandada de gaviotas -hay quien las llama “ratas del mar”- dirigiéndose a los bancos de arena que se forman con la marea baja al otro lado de la bahía, en las playas de Somo y Loredo y por los bancales de la ría de Cubas… Y es acaso por una asociación de los nombres que mi imaginación vuelve a la Cuba del Caribe, un lugar al que nunca he viajado, pero para el que tengo, como muchos españoles, un rinconcito en alguna parte de mí: uno de mis tatarabuelos fue gobernador y comisario de guerra en la isla y murió en ella en 1874. Cuba ha resonado siempre en historias familiares y hasta se dice que un leve acento cubano permaneció entre varios de mis parientes hasta hace dos generaciones…)

Y tras toda esta divagación, resumida, porque fue mucho más larga, me quedé como al principio. No resolví mi duda, ni encontré respuesta a la pregunta con la que comencé esta columna: todavía no sé por qué los que denuestan a Franco (con o sin razón) consideran que Fidel Castro fue “el padrecito” de Cuba, su liberador… ¿Liberador? ¿De qué? Porque, que yo sepa, el llorado Comandante tampoco era amigo de las libertades civiles; como prueba el hecho de que en sus 57 años en el Poder (los últimos diez, arropado por su hermano Raúl) se cargó a más de 70.000 disidentes y “traidores a la Revolución”. En fin, todo un poema épico acompañado de salvas de fusilería.

Los sistemas dictatoriales resultan antipáticos y casi siempre innecesarios; salvo cuando, durante un breve espacio de tiempo, la situación de un país se torne ingobernable… Y tampoco estoy muy seguro de ello.

Creo que tanto Castro como Franco serán convenientemente juzgados por la Historia; es decir, cuando hayan transcurrido más de cien años y los ánimos encendidos no sean más que un recuerdo vago porque ninguno de nosotros, ni los nietos de los que los tengan, estemos ya aquí. Sin embargo, existen al menos dos diferencias básicas entre los dos: Franco previó su sucesión sin tratar de perpetuar una dinastía (la de los Borbones no era la suya propia) por más que se empeñara doña Carmen en hacer reina a su nieta. En eso se distingue del cubano, que ya instaló en la presidencia a su propio hermano hace algunos años, y cuyo hijo (o quizá su sobrino, hijo de Raúl) se vislumbra como futuro “garante del espíritu de la Revolución”. Por otra parte, el general Franco fue un militar austero que no robó ni un céntimo durante los 40 años que ocupó el Poder (Si lo hubiera hecho, el investigador Paul Preston ya nos lo habría hecho saber. Su familia es otro cantar) mientras que la fortuna personal de Castro está cifrada (según una fuente solvente, como la revista Forbes) en 900 millones de Euros…

A finales de los sesenta, siendo yo casi un niño, obtuve mi primer pasaporte ¿Qué cubano podía abandonar la isla en aquella época o aun hoy en día?

La experiencia nos dice que de las “dictaduras de derechas” existe una remota esperanza de salir: España con su Transición es un ejemplo. E incluso Chile, cuando el dictador Pinochet convocó elecciones, las perdió y a continuación se retiró. De las “dictaduras de izquierdas”… denme algún ejemplo, salvo el de la URSS, en el que la nomenclatura haya dado paso a la democracia. No lo encontrarán.

Nunca he comprendido el culto al cuerpo (sea momificado, en esqueleto o reducido a cenizas) que muestran los máximos exponentes del materialismo histórico: el cadáver de Lenin (imagino que hoy apolillándose en algún sótano) recibió ofrendas de sus devotos como si de un faraón se tratara. Y hoy vemos cómo las cenizas del Comandante son veneradas por miles y miles de ciudadanos que, tras casi sesenta años, no se han dado cuenta de que no son otra cosa que súbditos de una tiranía que aún no ha dado su último estertor ¿Recuerdan el Mito de la Caverna?

¡Pobre rey Juan Carlos! ¡Qué papelón le han encomendado, rodeándolo de sátrapas, salvapatrias y dictadores bananeros! ¿Se imaginan allí a la reina de Inglaterra?

Pero no pasa nada.

“La Habana –como cantaba Carlos Cano- es Cádiz con más negritos”.

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