Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
16º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Firmas y Blogs
Luis del Palacio
La linterna de diógenes
Luis del Palacio
En la poesía el merecimiento es justamente desigual. Su distinción lo es en la rendición de cuentas que cada lector discierne con inteligencia y sensibilidad

LA RENDIJA LÍRICA. Con la mirada afilada de un cíclope, el lector de poesía aguza la vista. La hendidura por la que vislumbra la estancia que aferran sus manos en el libro o en la resonancia al vuelo que se recita, es sencillamente hasta donde le permita perseguir el hilo de oro viejo de las palabras. Acomoda el único ojo en el resquicio por el que trata de atisbar lo que al otro lado cree desconocer: el sincretismo entre expresión y hallazgo. El ovillo lírico como el narrativo toma cuerpo en el lector. Es el verdadero artífice de su hecho intemporal. Los dos conceptos –expresión y hallazgo- se transforman con su lectura en reflexión y encuentro Sortilegio meditativo donde la soledad respira como hilacha de tela raída. Ese filamento incandescente que aún mantiene la viveza en la bombilla apagada instantes antes. La palabra poética es un acuerdo semiótico, el sentido del misterio que la belleza encierra en nuestro acontecer, la tensión de un proceso que nos embarga de íntima distancia con el día a día vulgarizado y gredoso. No es menos cierto que ansiamos autenticidad. Aunque esta se nos resista fundamentalmente por nosotros mismos. A quien solemos invitar a sentarse a la mesa para tristemente no dirigirle la palabra.

LA POESÍA SE REBELA EN LA LECTURA ante nuestros ojos atónitos. Nos sacude y compele a confesarnos de ese otro yo con el que convivimos. La materia poética no es de naturaleza abstracta. Se concreta en esa aspiración e insistencia de la inteligencia en hablarnos de nuestro desvalimiento. La palabra poética acoge ese merecimiento hacia dentro. En una especie de luz de clausura para resaltar la belleza interior. Ese paraíso que se pierde en la frondosidad de nuestros anhelos. Nuestros pasos perdidos trazan un círculo irredento que la poesía detiene en seco. “Considerando en frío, imparcialmente, / que el hombre es triste, tose y, sin embargo, / se complace en su pecho colorado; / que lo único que hace es componerse / de días; / que es lóbrego mamífero y se peina...”. Entonces, todo es lo que parece: un desenfrenado volteo para desenterrar el cadáver que somos. Y todavía con la capacidad intacta de resistencia, de no sucumbir y embellecer el empeño en ser como en Poemas humanos. Obra póstuma de César Vallejo, paria lírico que destila el sabor agraz del vocablo revolucionario –entiéndase este adjetivo en lo puramente renovador de lo lingüístico.

En lo ideológico, que cada cual queme su uniforme- y del que el poeta mexicano José Emilio Pacheco hizo encontrarse con Luis Cernuda, “(…) Aquí por estas calles de miseria / (tan semejante a México) / César Vallejo anduvo fornicó deliró / y escribió algunos versos. / Ahora sí lo imitan veneran / y es “un orgullo para el Continente” / En vida lo patearon escupieron / lo mataron de hambre y de tristeza. / Dijo Cernuda que ningún país / ha soportado a sus poetas vivos (…)”. Este desembarco de ausencias que es la poesía constituye ese vivac, que a la intemperie se quiebra con el canto del gallo. Al alba el latido de un hombre nuevo nos parece más real.

EL POETA PERUANO CON SU DENTELLADA HUMANISTA reafirma el propósito firme para con ese hombre, “(…) le hago una seña, / viene, / y le doy un abrazo, emocionado. / ¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...”. Sí, emocionado. Y, entonces, uno recuerda aquellos versos lorquianos donde la renuncia afirma la trascendencia de lo verosímil, en tanto en cuanto el silencio es, en la mayoría de las ocasiones, el mejor poema. Por eso, “No quise. / No quise decirte nada. / Vi en tus ojos / dos arbolitos locos”.

Artículos del autor

Al final de las sesudas intervenciones “castristas” de Pedro Sánchez (por ahora anda por los 60 minutos y aumentando) aparece un señor con barbita canosa, algo fondón, cara inexpresiva y gafas de concha, que, según me cuentan, ostenta el impresionante cargo de Secretario de Estado de Comunicación.

Como hace años me explicó el inolvidable Miguel de la Quadra-Salcedo, sentir el peso de un libro en las manos, notar el olor peculiar al abrir sus páginas, hojearlo antes de acometer la lectura, forma parte de un ritual sin palabras que preludia una aventura que nos llevará durante horas y días a un mundo distinto que, en principio, nos es ajeno, pero que poco a poco iremos incorporando hasta hacerlo nuestro.

No muchos recuerdan que el periódico más leído en España y fuera de ella, El País, nació como un proyecto renovador que pretendía insuflar savia nueva a un árbol que era viejo y fuerte, pero decaído por años de censura. La prensa española de entonces contaba con excelentes profesionales y colaboradores, se escribía mucho y bien, pero no tenía “rodaje” en aquello de presentar la información –sobre todo, la política- de una manera esencialmente periodística, en la que la opinión se mantuviera al margen en aras de una mayor objetividad.

Existe un término –librepensador- de connotaciones algo decimonónicas, hoy caído en desuso, que define de maravilla la actitud ante la vida de los que a veces nos sentamos a la vera del camino a contemplar la existencia y su devenir.

A la lenta pero imparable erosión de lo que alguno llamó con acierto “nuestro sistema de valores”, que no es otra cosa que el conjunto de normas de conducta que permiten una convivencia desde el respeto al prójimo y a uno mismo.“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos que conozco” Esta frase, que no es cita literal de lo que en su día dijo Winston Churchill, sirve para hacerse una idea de los mimbres que manejamos:Vivimos en una democracia que nadie nos ha impuesto; un sistema político que en su momento elegimos por considerarlo idóneo para proseguir nuestra andadura como país.Durante más de cuarenta años se han cometido errores; pero es evidente que los aciertos los han superado con creces.

Aquel peculiar filósofo español, paradójicamente poco conocido entre nosotros, George de Santayana, cuyas obras más importantes fueron escritas en inglés, afirmaba que “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase, atribuida también a otros autores, incluido Karl Marx, podría ser una suerte de mal augurio o incluso un diagnóstico sobre lo que ocurre en España: desconocemos una buena parte de nuestra Historia y lo que “creemos saber” está con frecuencia condicionado por prejuicios que, a fuerza de repetirlos, se han convertido en moneda común.

​Recuerdo que de niño daban en la televisión (entonces “la tele” no era más que “la española”) un programa cuyo título era en sí mismo evocador.
​Hace años que mi buen amigo Fernando Sánchez Dragó habla de “Vandalia”, cada vez que se refiere al tortuoso país que nos vio nacer y cuya lengua (o lenguas) hablamos.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter   |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris