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Opinión
Etiquetas:   Religión   Cristianismo  

Misericordia divina

Según los fariseos, un hombre que se atribuía el poder de perdonar pecados era un blasfemo
Octavi Pereña
lunes, 5 de diciembre de 2016, 12:41 h (CET)
Hace un año el papa Francisco concedió a los sacerdotes poder perdonar durante el Año de la Misericordia el pecado de aborto. Finalizado el Año vuelve a hablar y prorroga a perpetuidad poder perdonar este pecado que hasta ahora había estado en manos de una autoridad superior a la del sacerdote. La pregunta que debemos hacernos es: ¿De dónde ha salido que la clerecía puede perdonar pecados? Únicamente existen dos textos en donde poder acogerse para poder defender esta posición. Uno son las palabras que Jesús dijo a sus discípulos en el mismo día de su resurrección: “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los remitierais, les son remitidos” (Juan 20:23). Ante un auditorio más amplio Jesús dijo. “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18.18). Los apóstoles jamás pretendieron poseer el poder de perdonar los pecados de la manera que enseña la Iglesia católica. El poder de perdonar pecados que poseían era indirecto, siendo la consecuencia de la predicación del Evangelio. Los que creían en Jesús recibían el perdón de sus pecados. La misericordia divina se manifestaba en aquellos que creían en Jesús que “salva a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1: 21).

Los apóstoles y sus discípulos y por extensión a los discípulos de los apóstoles a lo largo de la historia fueron y son vehículos de la misericordia de Dios mediante la Predicación del Evangelio. “Así que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios” (Romanos 10:17).

A Felipe, uno de los escogidos para ayudar a los apóstoles un ángel le dijo que fuese al camino que va de Jerusalén a Gaza. Se pone en camino y se encuentra con un hombre que sentado en su carro iba leyendo al profeta Isaías, sin entender lo que leía. Felipe se acerca al lector y éste le pide que le explique el significado del texto que está leyendo. Felipe le dice que el escrito incomprendido se refería a la muerte de Jesús para expiar los pecados de los hombres. El eunuco etíope “creyó que Jesucristo es El Hijo de Dios”. Al separarse, el recién convertido “siguió gozoso su camino” (Hechos 8: 26-39).

El evangelio de Mateo finaliza con estas palabras de Jesús: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado, y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28: 18-20). ¡Qué oportunidad perdida para decirles a sus discípulos que también recibían el poder de perdonar pecados!

David clama: “respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia” (Salmo 4:1). El salmista no cree que sea alguien sin pecado. En el salmo 51 el mismo poeta describe claramente el sentido que tiene que el Señor sea la justicia del pecador: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mi” (Salmo 51: 1-3).

Con lo que la Biblia nos dice de David no se le puede considerar un hombre bueno. Nos explica que fue un adúltero y que mandó asesinar al esposo de su amante. Habiendo sido perdonado por la fe en el Mesías que tenía que venir, expone: “purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (v.7). El lenguaje de David es simbólico y se refiere a la sangre de los corderos sacrificados sobre el altar. La sangre de los animales inmolados representaba la sangre de Jesús, el Cordero de Dios que borra el pecado del mundo. Lo que la sangre de los corderos sacrificados día tras día no conseguía porque era simbólica, la sangre de Jesús vertida en un solo sacrificio, lo obtenía. “La sangre de Jesucristo su Hijo (de Dios) nos limpia de todo pecado” (1 Juan: 7). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Por la fe en Jesús Dios declara justo al pecador porque Jesús en la cruz carga con el pecado del pecador y con ello paga la deuda que el pecador tiene con Él. Hemos sido comprados para Dios al precio de la sangre de su Hijo. Por esto Dios puede hacer que David, y con él todos los pecadores arrepentidos se puedan ver “más blancos que la nieve”. El pecador se hace suya la misericordia de Dios invocando el Nombre de Jesús que salva a los pecadores. No hace falta la participación eclesiástica humana porque si interviene, en lugar de encontrar la misericordia de Dios prevalece la confusión espiritual. No puede continuar su camino lleno de gozo. Le falta la certeza de haberse reconciliado con Dios”
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