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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

Gracias, señor Iglesias, por descubrirse como anarquista radical

Muchos millones de españoles no compartimos sus ideas, pero le permitimos expresarlas
Miguel Massanet
viernes, 21 de octubre de 2016, 00:00 h (CET)
En realidad, el cambio sufrido por el señor Pablo Iglesias (cuestionado desde su propio partido), desde que existen indicios de que el PSOE, o una parte importante de él, dirigido por la gestora que sustituyó al irreductible Pedro Sánchez y su consabida cantinela del “no al señor Rajoy”, parece que tienden a la abstención para desbloquear la formación de un gobierno; ha sido radical, tanto, que le ha privado de aquella falsa aureola de buen chico y demócrata, de la que se valió al principio, cuando empezó a darse a conocer desde las cadenas de TV que se prestaron a facilitarle las cosas a este infiltrado, financiado desde la Venezuela del señor Maduro; ayuda que le permitió, en tiempo record, reunir en torno a su neonato partido, Podemos, a todos los descontentos, de izquierdas y de derechas, disgustados con el gobierno del PP y con la actitud del primer partido de la oposición, el PSOE, haciéndole la competencia al otro fenómeno del centro izquierda, los Ciudadanos del señor Albert Rivera. Fue tal el éxito de este señor de la coleta que, en las dos últimas elecciones (la última sin mejora alguna), reunió la gratificante cantidad de 5.000.000 de votos para su partido, que ya se llegó a creer que podría prescindir de su disfraz de demócrata y mostrarse en su propia esencia, tal y como es, un anarquista intransigente y totalitario que, ante la posibilidad de una abstención del PSOE, que permita a la derecha de Rajoy volver a gobernar, ha dejado de fingir para dar paso a la irritación que le ha causado el que, su proyecto de hacerse con el poder en España, aprovechándose de Sánchez y su obsesión por destronar a Rajoy, para asaltar sibilinamente el lugar que ocupa el PSOE, devorándolo, como huésped maligno, desde sus mismas entrañas; se haya derrumbado inesperadamente, como un castillo de naipes ante el bufido del viento.

En cualquier caso, con motivo de lo que ha sucedido en la Universidad Autónoma de Madrid, donde debía pronunciar una conferencia Felipe González, el expresidente socialista del gobierno español, al que le acompañaba este curioso personaje, protector de las izquierdas y conductor del diario El País, el señor Cebrián (que parece tener la rara facultad de encontrarse siempre en cualquier fregado de la política española y, si se me permite, siempre en la peor parte) que no se llegó a celebrar debido a que, un numeroso grupo de verdaderos energúmenos, con el rostro cubierto por caretas, de forma violenta se lo impidieron. El hecho ha sido atribuido, con bastante lógica, a los señores de Podemos que, por boca de su líder, P.Iglesias, no han dudado en justificar tal tropelía y expresión del más puro totalitarismo, calificarlo como “un síntoma de salud democrática” ¿Cómo puede este sujeto compaginar el oxímoron: impedir expresarse con el término democracia? O, todo lo que hemos aprendido sobre democracia ha sido una filfa o, precisamente, la democracia se basa en la libertad para expresar opiniones, cualesquiera que fueren, y en el respeto y tolerancia con las ideas de los demás. Supongo que, para estos señores, aprendices de brujos llegados de Venezuela, todo lo que no sea imponer sus tesis, obligar a seguir sus teorías o doblegarse a lo que ellos entienden como libertad, no es verdadera “salud democrática”.

El argumento formulado por Iglesias para justificar el que se impidiera, al señor González, dar su charla, tiene todo el sabor del totalitarismo o como diría el dicho popular “soy Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como” o así lo entendemos a la vista de estas palabras: “Creo que es un síntoma de salud democrática que los estudiantes tuvieran la suficiente memoria para decir que no es bonito ( bonito eufemismo )que, en un centro universitario, intervenga quien saca pecho con el terrorismo de Estado”. Resulta chocante que, aquellos que “sacaron pecho” por el dictador de Venezuela, lo asesoraron y fuero financiados por él, ahora se sientan ofendidos porque un expresidente español, fuere cual fuere su pasado (al señor Arafat, un terrorista, le dieron el premio Nobel de la Paz), una persona de prestigio internacional, con la que, por cierto, no me une ninguna simpatía, pueda dar una conferencia en una universidad española que, al menos, creíamos hasta ahora, está en un país libre, democrático, con libertad de expresión, con tolerancia, donde no se debería tolerar que, en el centro del saber universitario, no se pudiera impartir, sin obstáculos, una lección sobre cualquier materia de interés para los estudiantes. La fuerza bruta, la amenaza o la berrea de unos encapuchados no es, precisamente, la idea que una persona sensata y libre tiene de lo que debe ser una universidad democrática.

Costaría entender que estas personas, estos comunistas asamblearios y anarquistas, pudieran, un día, llegar a ocupar la presidencia del gobierno español, con una mayoría en las cámaras que les permitiera imponer a la ciudadanía sus peregrinas ideas de lo que es un estado moderno, de su economía, de sus relaciones con el resto de países de su entorno, de lo que representa la Unión Europea, de las finanzas, de la propiedad, del comercio o de la industria. Todos tenemos una idea de lo que condujo a la caída de la Unión Soviética, a las causas de la caída del muro de Berlín o a la actual situación de miseria absoluta y falta de garantías jurídicas para los derechos de los ciudadanos venezolanos, en manos de un sátrapa endiosado y, evidentemente, impregnado de un espíritu jacobino que, en lugar de velar por el pueblo, lo único que ha hecho ha sido encarcelar a los opositores, dejar sin competencias al Parlamento y apoyarse en el TS y en el Ejército, ambos copados pos sus seguidores, para seguir oponiéndose a la voluntad de las urnas, claramente expresada en su contra por el pueblo venezolano.

Eso sí, debemos agradecer a Pablo Iglesias que se muestre tal y como es. Que este señor disparate en el Parlamento, demostrando cuáles son sus métodos asamblearios, sus desplantes y sus formas poco convencionales de entender la función de la Cámara baja, más propias de agitadores callejeros que de representantes del pueblo español, precisamente en el seno de la cámara de representación popular. Nada más lejos de lo que, en estos momentos, necesita esta España que ya lleva casi un año enzarzada en la política, la más gamberra y contraproducente, cuando lo que necesita, urgentemente, es que alguien vuelva a coger las riendas del gobierno para enderezar el rumbo de nuestra nación que, pese a la inercia de la legislatura anterior, a falta de un timonel experimentado, ya empieza a dar muestras de entrar en una deriva que puede conducirla, a menos que consigamos dar el viraje que necesitamos, directamente a la catástrofe.

Como, en el caso emblemático de Ada Colau o de la inefable señora Manuela Carmena, ejemplos de los modos dictatoriales de dirigir dos ciudades de la importancia de Barcelona o Madrid y de lo que podría suceder si estos modos, estas decisiones, estas falsas política sociales emprendidas sin ton ni son, sin calcular los efectos económicos de su aplicación, sin calcular la degradación del orden que sus formas contemporizadoras con determinada delincuencia callejera o sus chanchullos con manteros, ocupas o antisistema, sus decisiones temperamentales basadas en corazonadas que, sin embargo, carecen del más mínimo estudio previo, valoración, soporte económico o análisis de viabilidad, como ya ha sucedido con diversos proyectos que Carmena ha malogrado en la villa de Madrid y la precipitada, inoportuna y errónea decisión tomada por Ada Colau respecto a dictar una moratoria turística que ha puesto en un brete a todas las empresas que, de una forma u otra, están relacionadas con esta veta de riqueza que el turismo extranjero que nos visita.

El que este joven, de aspecto desaliñado y cara de buen chico, haya dejado que lo que se oculta debajo de su apariencia de regenerador de la justicia, de azote de los especuladores, de creador de empleo o de inquisidor de la banca; haya permitido aflorar lo que ocultaba debajo de toda esta coraza de redentor de los pobres, haya salido a relucir como si se tratara de un nuevo retrato de Dorián Grey, el de la eterna juventud, retratado con tanta pericia por Lord Byron, y tengamos la oportunidad de ver el emponzoñamiento que se oculta detrás de todos estos universitarios de la Autónoma, capaces de confundir a los ciudadanos, venderles revolución y convencerles de algo que nos parece imposible, como es intentar hacer creer que estamos en un país en el que todo va mal cuando, sólo mirando a la gente que circula por las calles, los millones de coches que invaden nuestras carreteras, los restaurantes y bares llenos de clientes y los aviones y barcos que no dan abasto para conducir a nuestros paisanos, de vacaciones, a disfrutar de sus ocios en los lugares más exóticos e insospechados del globo terráqueo; ya nos damos cuentas de que, un país con esta vitalidad, con todos los problemas derivados de un paro excesivo ( que va amortizándose a medida que el país mejora sus expectativas) propios de la grave crisis que hemos padecido; no es un país como el que nos pintan, quienes quieren hacernos ver lo blanco negro, hablando de miseria, graves disfunciones y problemas económicos, con el sólo objetivo de justificar su revolución bolivariana como necesaria cuando, es evidente, que si llegaran a conseguir implantarla en España, el resto de países con los que estamos relacionados y mantenemos comercio, pronto nos harían el vacío, porque en la moderna Europa existen graves prejuicios respecto a esta naciente tendencia a la implantación de este populismo neocamunista que parece extenderse por toda ella.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la inquietante sensación de que se tiene, en amplias capas de nuestra sociedad, la idea peregrina de que estos partidos surgidos últimamente, son los que constituyen la clave de una regeneración democrática que, para muchos, es necesaria en un país donde se ha extendido de una forma artificial, la idea de que todos son corruptos y que, en la política, no hay quien se salve de la tentación de la corruptela. Evidentemente que se han destapado muchos casos de corrupción y, los tribunales, se han prodigado en denunciarlos y juzgarlos; pero, como suele suceder, lo que más ha perjudicado al sistema ha sido la forma en la que determinada prensa. Radios y TV han cargado, en ocasiones de una forma precipitada y tendenciosa, contra los partidos en los que se han producido los hechos presuntamente ilegales. La lentitud de los tribunales, su evidente politización, el oportunismo de determinados jueces cuando ordenan investigaciones, detenciones preventivas, declaraciones etc. en momentos especialmente delicados de la lucha política, favoreciendo indirectamente a unos partidos en perjuicio de otros; han contribuido de una forma, evidentemente tendenciosa en la opinión de aquellos ciudadanos que, llegado el momento, deben depositar su voto en las urnas electorales. Bueno es, señores, que tengamos la información antes de votar que ésta nos llegue cuando ya hemos emitido nuestro voto, y ya sea tarde para enmendar el error.
Comentarios
Marta Rodríguez 22/oct/16    21:24 h.
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