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Miguel Massanet
Hablemos sin tapujos
Miguel Massanet
“Desperté una mañana y me encontré famoso” Lord Byron
Krull fue una película estadounidense de 1983, dirigida por Peter Yates, mezcla de fantasía y ciencia ficción, de escaso éxito de taquilla, pero convertida en película de culto con el transcurso del tiempo. De ella extraemos el siguiente pensamiento: “La fama es una bolsa vacía, cuentas con ella y acabas en la ruina. Te la comes, y acabas con más hambre. La persigues, y acabas loco.” Es cierto que, en esta época de grandes adelantos técnicos, de las comunicaciones mediante Internet, de inventos que nunca se hubiera sospechado que se consiguieran y de la práctica supresión de fronteras para aquellos que sienten ansias de ampliar sus conocimientos visitando otros países, algo que, en nuestros tiempos de juventud, estaba reservado a un escaso número de privilegiados, aventureros, a los que la mayoría consideraban medio chiflados, que no tenían miedo a jugarse la vida, organizando expediciones para explorar los lugares más ignotos de las tierras vírgenes de los cinco continentes.

He hecho mención a estos cambios radicales que la modernidad ha traído a nuestros países, para resaltar un fenómeno que, cada día, se hace más evidente y del que muchos ciudadanos, a los que podríamos calificar “del montón”, personajes que en otros tiempos hubieran pasado inadvertidos por su mediocridad, por su vulgaridad o por su poca preparación intelectual que, en virtud de los cambios que ha experimentado la sociedad moderna, de la facilidad con la que las noticias más insignificantes, los hechos menos trascendentales o las ocurrencias más absurdas, tienen la posibilidad de dar la vuelta al mundo en pocos instantes, debido a la rapidez con la que las técnicas digitales permiten trasmitir, de un punto a otro del globo terráqueo, la menor incidencia que ocurra en nuestras antípodas. Consiguen, de la noche a la mañana, pasar del anonimato a la cúspide de la fama. De ellos, una minoría, unos pocos privilegiados consiguen prolongar esta fama efímera, podríamos decir fama transitoria, por algunos años y después, como todo lo artificial, sin sustancia o carente de toda trascendencia, se extingue y olvida. Se funde en la nada y si, en alguna ocasión, la casualidad hace que resurja, momentáneamente, de la marginación, seguramente será para lamentar que, alguna vez, aquella persona hubiera sido merecedora de alguna consideración.

Los ejemplos de estas estrellas fugaces, de estas luciérnagas a las que algunos listos, interesados en adquirir popularidad, promocionan, aprovechando una situación favorable capaz de llamar la atención de la audiencia, para convertir cualquier patochada, cualquier astracanada u salida de tono en un medio de aprovechar la fama pasajera de una persona para ensalzarla, darle popularidad y promocionarla, aunque se sepa que carece de talento y que la fecha de caducidad del interés por aquel ser, no se prolongará en el tiempo. En España, el morbo de una gran parte de la ciudadanía corre pareja con la curiosidad que despiertan todos estos personajillos que protagonizan la prensa rosa y los programas de TV; cuya vida y milagros son explotados hábilmente por los responsables de la prensa, la radio, los espectáculos y, cómo no, y en mayor manera, por las cadenas de TV, que son las que consiguen sacar mayor rendimiento de poner en ridículo, darles facilidades para mostrar su ignorancia, promover sus horteradas y contar con todo lujo de detalles sus vidas, sus errores y cualquier otra circunstancia que sirva para que la audiencia permanezca, el mayor tiempo posible, pendiente de aquella descabellada historia.

Personajes como la señora Belén Esteban, cuyo único mérito, si es que se lo puede calificar así, fue estar liada con un torero famoso, tanto por sus habilidades profesionales en las plazas de toros, como por su completa ignorancia en el resto de materias de las que los periodistas supieron sacar el jugo, aunque ello significase ponerle en ridículo delante de la audiencia. La Esteban, conocida por sus malas maneras, sus exabruptos e inconveniencias, se hizo famosa poniendo de chupa de dómine a su ex, el torero Jesulín de Ubrique y a las novias que la sucedieron en el corazón del diestro. Sus maneras zafias, sus chulerías, sus desplantes y la habilidad para achantar al resto de tertulianos de estos programas basura, dirigidos por personajillos sin escrúpulos, capaces de traicionar al ser más querido si, con ello, conseguían mantener una audiencia ávida de culebrones y aumentar su popularidad. De hecho la señora Esteban se ha enriquecido (uno de los pocos casos en los que estos famosillos lo consiguen) gracias a su desparpajo, su falta de educación, sus ataques directos y crueles hacia los personajes que comparten programa con ella y aireando sus aventuras amorosas o sus problemas financieros que, de todo ello, está plagada la vida de esta aventurera de los platós a la que, algún graciosillo, decidió bautizarla como “la princesa del pueblo”, un sobrenombre que tuvo éxito y que ha servido para aumentar su popularidad, lo que le ha permitido ir acrecentando su caché, de modo que esta señora, sin otro oficio que se le conozca, según información aparecida en la prensa, percibe la cantidad de: 30.000 euros mensuales por tres días en Sálvame diario, esto es, 360.000 euros brutos anuales; y 420.000 euros brutos anuales por tres mensuales en el Deluxe . El total llevaría a la tertuliana a cobrar 780.000 euros brutos anuales, según las informaciones de la citada publicación.

También existen otros mimados de la prensa rosa como los hijos de Rocío Jurado y los de la tonadillera Isabel Pantoja, personajes completamente irrelevantes, creídos, malcriados, inmaduros y convencidos de que el mundo, sin su presencia, sería un lugar en el que no valdría la pena vivir. Todos ellos se han hecho famosos, no por su inteligencia, por sus obras de arte o por sus buenas notas en los pocos estudios que parece que tienen; simplemente por ser los hijos de quien son, por sus jugueteos con las drogas, por sus amoríos y por la desvergüenza con la que han participado en concursos en los que su mera presencia ya denota lo poco que les importa, a los participantes, el espectáculo denigrante, humillante, indecoroso y evidentemente, en muchas ocasiones, inmoral al que se prestan.

Ahora la hija de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban ha llegado a su mayoría de edad y, con la celebración a todo bombo que le dio su madre y sus amigos, esta jovencita, Andrea Ubrique, parece que ha recibido autorización para intentar seguir el camino de su madre. En lugar de procurar apartar a su hija de esta vida a la que ella se ha entregado sin escrúpulos para sacar provecho de la relación que tuvo con el torero y que tan bien ha sabido administrar; da la sensación ( la niña ya debe haber cobrado las primeras exclusivas debido a que su fotografía ya ha aparecido en revistas del corazón, como Lecturas, por ejemplo) de que la intención de su madre, Belén Esteban, es la de orientarla hacia el camino del “famoseo”, introducirla en los ambientes, evidentemente poco recomendables, en los que ella se mueve, haciéndola formar parte de este lumpen en el que, las consideraciones morales no parece que sean tenidas en cuenta; las amistades que se consiguen no son las más apropiadas para un chiquilla de 18 años y el ambiente de programas, como “Sálvame” no es precisamente el más saludable para enfocar el futuro de Andrea, que debiera seguir estudiando para conseguir licenciarse en una profesión, digna, que le permitiese llevar una vida normal, lejos de los ambientes de programas, por muy de TV que sean, en los que las virtudes, los ejemplos, la filosofía y las personas con las que se relaciona no son, precisamente, los que un buen padre o una buena madre desearían para una hija a la que desearan lo mejor.

No sabemos lo que opinará, su padre, una persona que siempre hemos creído, pese a sus carencias formativas, de las que no creemos que sea él el culpable; que se trata de una buena persona, de buenos sentimientos y que, si ha pecado de algo, ha sido de buena fe, dejándose manejar por una familia que, o mucho nos equivocamos, o ha pretendido vivir a su costa durante todo el tempo que ha podido. Tampoco estamos seguros de la influencia que pueda tener sobre su hija a la que, al parecer, ha tratado poco desde su separación con Belén Esteban, pero es evidente que su obligación es intentar que la muchacha no entre en este círculo, poco recomendable, en el que se desenvuelve la madre de Andrea, intentando que la muchacha quede fuera de semejantes compañías, dedicándose a adquirir más formación y buscando un medio de vida seguro que no la haga depender de este espejismo de la fama transitoria cuando, no parece que la joven , de momento, vaya a destacar por sus virtudes como artista. Y, aun así, lo más juicioso para una joven que se inicia en la vida societaria, sería que tuviera una base formativa que le permitiera ser independiente, sin que ello fuera obstáculo para que, llegado el momento y Andrea demostrara cualidades para el arte, no pudiera optar por seguir su verdadera vocación.

O así es cómo, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie que se sale un poco de su habitual rutina política, en esta ocasión, viendo la cara de buena persona de esta jovencita, queremos dar nuestro cuarto a espadas pidiéndoles a los padres de esta nueva mujer, que antepongan a cualquier otra consideración, el respeto que deben tener a su principal deber: educar a su hija en el camino de la autosuficiencia, dotarla de los elementos precisos para poder triunfar en la vida y encaminarla en aquellas cualidades que sólo puede adquirirlas con una buena formación y unos sano consejos. Todo lo demás puede que tenga la miel de las abejas, pero acaba siendo como la picada de su aguijón.

Artículos del autor

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