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Miguel Massanet
Hablemos sin tapujos
Miguel Massanet
¿Se pretende restaurar la legalidad en Cataluña o salir del paso con el menor coste político?
Cuando un gobierno empieza a dar muestras de debilidad, prolonga innecesariamente una situación de extrema gravedad y empieza a ir a remolque de acuerdos, convenios u otra clase de componendas, en un intento baldío de desviar una situación embarazosa a la que, al parecer, es incapaz de ponerle remedio; es cuando, señores, los ciudadanos empezamos a temblar, a preocuparnos seriamente y lo que, posiblemente, todavía es peor, a recordar.

A recordar situaciones de nuestra niñez que, en aquellos momentos, no supimos valorar en toda su extensión pero que, durante los siguientes años después de la finalización de la Guerra Civil española, en plena crisis de la postguerra con todas sus consecuencias de escasez de alimentos, de falta de combustibles y de pobreza, fuimos capaces de ir entendiendo hasta que llegamos a la conclusión de que la paz no tiene precio y que los enfrentamientos entre miembros de una misma nación pueden ser lo peor que le puede suceder a una nación civilizada, porque sus consecuencias, a diferencia de lo que suele ocurrir en los enfrentamientos bélicos con otros países, no se extinguen con la finalización de la contiendo sino que perduran, enquistados, como grabados a fuego, en los corazones de aquellos que, de una forma u otra, han salido perjudicados por haber sido los perdedores o han sido víctimas de la crueldad que siempre suele existir en cualquier enfrentamiento entre personas de la misma sangre y parecidas costumbres.

Ha sido evidente que, en este enfrentamiento de años que viene existiendo entre Cataluña y quienes sostienen que ha sido perjudicada en sus relaciones con el resto de España y el mismo Estado español, partidarios de la independencia de esta autonomía del levante de España y, el Gobierno y el resto de ciudadanos que, tanto en el resto de comunidades españolas como en la misma Cataluña, siguen pensando que, sin renunciar a sus orígenes, se consideran españoles y miembros solidarios con el resto de ciudadanos del resto de la patria común, España; se han cometido muchos errores, se han barajado medidas que han carecido de efectividad y ha existido una evidente falta de comunicación entre nacionalistas catalanes y nacionalistas españoles, así como una evidente negligencia, por parte del gobierno Central, en cuanto a tener debidamente informados, adecuadamente aleccionados y convenientemente enterados de aquellas materias que les han afectado y que han sido utilizadas, tanto por las izquierdas extremistas como por los mismo dirigente nacionalistas y separatistas, especialmente en el caso catalán, para lanzar una propaganda cargada de inexactitudes, de engaños y malévolas acusaciones contra el Gobierno que, incomprensiblemente, se ha mantenido distante, inoperante y, evidentemente, mal informado y asesorado, al permitir que, durante años, esta propaganda espuria se fuera convirtiendo en la única fuente de información de la que han dispuesto todos aquellos que han acabado por aceptarla como verdadera.

Ahora todo esto es mera historia y, la realidad del momento actual es la que es y ya no valen componendas, miradas hacia otro lado o inhibiciones que es evidente que ya no conducen a ningún sitio cuando las espadas están en alto y el prestigio de cada una de las partes, Estado y separatistas catalanes, está en juego de tal modo que, el primero que flaquee, será el que tenga la batalla perdida. Habiendo vencido, en la ofensiva propagandística y en la captación de nuevos miembros adeptos a la independencia de Cataluña, los partidos separatistas que, en una coalición que podríamos calificar de contra natura, por la amalgama de ideas de derechas, izquierdas, separatistas y comunistas extremas, que se han confabulado para intentar la ruptura con España al Gobierno, que siempre ha ido a remolque de los desafíos catalanistas, ya no le queda otra opción que utilizar los triunfos que le quedan y, aun así, se ve constreñido por su debilidad ( gobierna en minoría) a aceptar las condiciones que le imponen los partidos de la oposición, en especial los socialistas del señor P.Sánchez y los Ciudadanos del A.Rivera que, aunque aparentemente se han constituido en aliados en defensa de la Constitución y partidarios ( unos más y otros menos) de la aplicación del Art.º 155 de la Constitución española en el caso de la sublevación catalana, no hay duda de que en cuanto a la forma y las consecuencias de su utilización existen distintas sensibilidades según los intereses personales y partidistas de los señores Sánchez y Rivera; una circunstancia que conociendo el “galleguismo” del señor Rajoy, puede acabar con que toda la pólvora que se vaya a emplear para solucionar el conflicto catalán acabe estando mojada.

¿Cómo se entiende que, a estas alturas, el Gobierno haya dado una serie de plazos absurdos para que el señor Puigdemont y sus adláteres rectifiquen su seudo declaración de independencia?, prolongando la puesta en marcha de una acción interventora que ya hace más de un mes, cuando la declaración del Parlament catalá promulgó las leyes del referéndum catalán y la de interinidad, debería de haberse puesto en marcha. ¿A qué se ha debido que, la convocatoria del Consejo de Ministros sea para el sábado próximo, si ya debieran de haberlo convocado para el mismo jueves fecha en la que finalizaba el plazo para que Puigdemont contestara al requerimiento que se le hizo desde el Ejecutivo? El peligro de que se pudiera dar alguna contingencia que favoreciera a alguna de las partes, durante estos retrasos, sin duda alguna, se inclinaría a favor del separatismo ya que, Europa, ha sido contundente en su apoyo a la Constitución española. Cuanto más se retrase más favorece a aquellos que confían que la izquierda europea consiga introducir algún elemento discordante que pudiera favorecer los intereses de los secesionistas españoles o, mejor dicho, catalanes.

La ñoñería de siempre, la falta de seguridad, la pretensión de no correr ningún riesgo y la evidente intención de aplicar una mera apariencia, apenas un atisbo de las posibilidades que ofrece la Constitución española con su artículo 155, parece que se ha apoderado de nuestro Gobierno, que en estas últimas horas, desde la aparición del señor Rajoy para dar una nueva rueda de prensa de la que nadie ha quedado satisfecho debido a que se esperaban detalles más concretos de las medidas que se iban a implantar algo que, evidentemente, no ha tenido lugar.

No ha bastado la magna manifestación de ciudadanos catalanes que fueron capaces de vencer su temor ante las izquierdas, para salir en multitud a hondear banderas españolas y a gritar que no tenían miedo a quienes intentaban constituirse en representantes de todos los catalanes cuando, en realidad, más de la mitad de ellos siguen siendo españoles y catalanes y, de ninguna manera, están dispuestos a que Cataluña se declare independiente. No ha bastado tener a los jueces, los fiscales, las fuerzas del orden (Guardia Civil y Policía Nacional), la mayoría de los ciudadanos españoles y la Constitución de su parte para que el timorato de Rajoy, haya dado una demostración de la fuerza del Estado empezando por cerrar medios de comunicación que por su forma de actuar se han convertido en verdaderos impulsores de las acciones organizadas de las manifestaciones, obstrucciones al desempeño de las órdenes judiciales etc. La asunción, por parte de los mandos designados por el Estado del mando de los mossos de escuadra; y el arresto domiciliario de todos aquellos cabecillas fichados, conocidos como promotores de alteraciones de orden público o algaradas callejeras, hasta que la situación en toda Cataluña se hubiera normalizado.

Mucho nos tememos que, cuando se ha producido una circunstancia complicada, peligrosa pero propicia para dejar desactivado por muchos años el activismo separatista en Cataluña, por la falta de energía, este miedo del que tantas veces ha dado muestras, durante la pasada legislatura, el gobierno del señor Rajoy; una vez más se opte por dejar pasar la ocasión y todo se limite a una representación cara a la galería que, en definitiva,`` deje las cosas tal y como están aunque, en apariencia, se pudiera llegar a un determinado acuerdo que, por supuesto, no consiste en esta solución milagrosa que parece contentar a todos, limitada a la convocatoria de unas nuevas elecciones en Cataluña ( quizá para el mes de enero o junio del año próximo); algo que, evidentemente, pudiera conducir a situaciones muy embarazosas, cuando es evidente que, estos separatistas, con dos millones de imaginarios votos a su favor, en una chapuza de referendo, caracterizado por su falta de control, sus votaciones ilegales y carentes de garantías y las múltiples anomalías que las cámaras televisivas nos dieron a conocer, han tenido la cara dura de atribuirse una victoria del “sí”, olvidándose de que todo el proceso había sido declarado ilegal por el TC.

Imaginemos que unas elecciones catalanas, llevadas a efecto con todos los requisitos de la Ley y con la bendición de todos los partidos políticos, pudieran dar unos resultados ajustados entre nacionalistas y no nacionalistas o una cierta ventaja para el nacionalismo ¿A dónde nos iba a conducir? Se ha de dar un plazo para que el pueblo catalán pueda entender lo que se está jugando y, el Gobierno, pudiera aprovechar este tiempo para explicar,11 con todo detalle y con un lujo de información, las nefastas consecuencias que, para los catalanes y Cataluña, comportaría su separación de España. Consideramos que la precipitación en convocar unos nuevos comicios podría volver a crear momentos de tensión como los actuales sólo que, en el supuesto de unas elecciones convocadas legalmente, sería más difícil explicar al resto de naciones una negativa a considerar el problema catalán.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos acongojados como una oportunidad de oro de poner freno al nacionalismo catalán puede irse al garete.

Artículos del autor

Es evidente que, lo de aplicar el Art.º 155 de la Constitución, les molesta tanto a los independentistas del señor Juncadella y Puigdemont, como a los miembros del mismísimo Gobierno de la nación.
Si nos indigna que, el señor Puigdemont y su corte de independentistas, sigan rizando el rizo en su empeño de ir alargando el llamado “process”, pensando que tienen más posibilidades de que, sea de Europa o sea del Vaticano, surja alguien con la “brillante” idea de buscar una mediación.
Definitivamente, deberemos reconocer que, los ciudadanos suelen ser los últimos que se enteran de aquellas decisiones de los políticos que, no obstante, al fin y al cabo, suelen ser los destinatarios directos de las consecuencias de aquellas.
Es cierto que, el día de la Hispanidad, ha tenido lugar en un contexto especial, en un momento en el que la inseguridad que se ha apoderado de los españoles quizá no tenga parangón con aquella que parece que nos viene acompañando desde aquella fecha fatal.
Lo que es evidente, señores, es que el tiempo de las esperas, de la transigencia, de soportar las impertinencias y de los desafíos por parte del soberanismo catalán, con la semi-declaración, con el estrambote absurdo de su posterior suspensión.
Los vientos, en ocasiones, son caprichosos y, cuando menos lo esperas, cambian de sentido; lo que, en ocasiones, y de esto saben muchos los bomberos, son capaces, lo mismo que de aumentar la potencia de un gran incendio, como, en el caso contrario, de convertir las llamas más altas en meros rescoldos inofensivos.
Creo que los catalanes, al menos aquellos que confiaron que podrían torcer la voluntad de la mayoría de los españoles, intentando poner en un brete a todo el Estado democrático español; no supieron o no han sido capaces de valorar el inmenso poder de una democracia, basada en el Estado de derecho.
No es, en esta ocasión, un ferviente monárquico quien alaba las palabras del Rey, no es un seguidor de la monarquía convencido de sus bondades ni, por supuesto, quien piensa que, como regla general, el monárquico es el mejor sistema para un país.
 
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