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Miguel Massanet
Hablemos sin tapujos
Miguel Massanet
“No hay nada más engañoso que un hecho evidente” Arthur Conan Doyle
Lo malo de todo este serial en el que se ha convertido el tema del independentismo catalán y vasco, en especial del primero, radica en que, si se hubieran tomado las medidas pertinente, las que están recogidas en nuestra Constitución, en el primer momento en el que un político bocazas y desautorizado por los votos de sus ciudadanos, el señor Arthur Mas, tuvo la desfachatez, la imprudencia, la insensatez y ligereza de atreverse a desafiar al Estado español, afirmando que iba a separar a Cataluña de España; en estos momentos ya no se hablaría de las pretensiones catalanas, de las amenazas de la declaración unilateral de la independencia de esta autonomía española, de la prohibición de la enseñanza del español en las escuelas públicas ni de, esta estafa al derecho de los ciudadanos, de prohibir rotular sus comercios en el idioma patrio, el español.

Hay que decir que este proceso, hoy en día en plena efervescencia y con una parte importante de la ciudadanía catalana de parte del famoso “derecho a decidir”; tiene un componente de osadía, una impronta de locura y una traza suicida, como componente necesario del paso siguiente que sería, sin duda alguna, el de separarse de España para pasar a formar una nación independiente; uno de estos estados malditos, condenados a navegar en los piélagos desconocidos del aislamiento internacional, como náufragos abandonados a su destino, obligados a sustentarse de lo que consiguen pescar y expuestos a las inclemencias del tiempo y bajo la amenaza un sol implacable, dispuesto a acabar con ellos de sed y deshidratación. Nada de formar parte de Europa, nada de evitar las tasas arancelarias, nada de ayudas o subvenciones de los bancos europeos o internacionales, nada de exportaciones y nada de la pretendida influencia, de la que vienen presumiendo, en el ámbito internacional. Nada de nada.

No obstante resulta incomprensible que, a estas alturas del proceso, cuando ya los independentistas han puesto todas sus cartas boca arriba, cuando han repetido hasta la saciedad cuáles son sus verdaderos objetivos, sus intenciones inmediatas, sus planes y su programa respecto al camino que van a recorrer hasta el momento de la declaración unilateral de independencia y su voluntad de no dar ni un paso atrás; algo que, por otra parte, les iba a resultar prácticamente imposible, cuando se han pasado años utilizando las escuelas para formar independentistas de nuevo cuño, cuando han prometido el oro y el moro a los catalanes, cuando les han hablado de las ventajas de vivir solos y libres de lo que ellos denominan como “la rapiña” del resto de españoles, que les han estado “robando” hasta ahora, aprovechándose de la riqueza engendrada por el pueblo catalán.

Que, a estas alturas de la historia, los políticos del PP de Madrid sigan en plena Babia, respecto a lo que está sucediendo en estas tierra levantinas y sigan pensando que se trata de “dialogar”, negociar o buscar arreglos económicos ( algo que tuvieron ocasión de hacer en otros estadios de la cuestión); para lo cual han decidido poner a un peso pesado del partido, a la indispensable y ojito derecho de don Mariano, señora Sáez de Santamaría; que se ha tomado el encargo con verdadera diligencia, convencida de que ella solita, con su palmito, su savoire faire y su don de gentes, va a conseguir roer este hueso, demasiado duro para sus dientecitos y excesivamente correoso para una damita tan frágil, a la que se le ha confiado la misión de meter en vereda a sujetos como Junqueras, Mas, Puigdemont o el flamante “ministro de asuntos exteriores catalán”, este fatuo y engreído caballero (Juan sin tierra), conocido como Raül Romeva. Lo malo, lo verdaderamente incomprensible y lo más humillante de este nuevo intento, a destiempo y cuajado de posibilidades de que, finalmente, la negociadora tenga que regresar a Madrid con el rabo entre piernas o, lo que todavía sería peor, pensando que ha conseguido vencer en su empeño, les haya concedido nuevas prebendas, más subvenciones, nuevas obras de infraestructuras, léase corredor Mediterráneo, y otros beneficios, por ejemplo, cesiones en temas lingüísticos o en traspasos de la Justicia, un tema que hace tiempo que tienen in mente todos estos que aspiran al independentismo.

Mientras tanto se producen síntomas, se manejan términos equívocos, se introducen propuestas federalistas, se insiste en pactos, para los cuales es preciso modificar la Carta Magna, encaminados a facilitar caminos, resquicios legales, salidas honorables o cesiones espurias; de modo que, el famoso derecho a decidir, defendido por cierto por el mismo presidente del TC, en unas declaraciones impropias de la representación que ostenta, desafortunadas y especialmente inapropiadas en unos momentos en los que el darles alas, argumentos a los que agarrarse o facilidades para vender sus teorías ante los suyos, les otorgan una especial gravedad. Sí señores, el señor Francisco Pérez de los Cobos, acaba de hacerles un flaco favor a los españoles cuando ha dicho: “el derecho a decir constituye una aspiración política que puede defenderse en el marco de la Constitución”. Veamos si nos entendemos ¿cómo puede admitirse como “una aspiración política” algo que va en contra de lo dispuesto en la misma Constitución? En todo caso debería ser un derecho a decidir por todos los españoles y no sólo de una parte de ellos, y, además, una parte muy minoritaria por muchos que fueran los catalanes (hoy, al menos el 50%, no comulgamos con tales inventos) No hay posibilidad alguna de que, dentro de una nación democrática, cada región tuviera la posibilidad de decidir emanciparse del resto del país, es un absurdo y contradice, de una manera artera, el contenido y todo el mismo entramado constitucional. Puede que el señor Pérez Cobos sea de aquellos a los que les viene ancho el cargo que ocupan y sostenga, como parece que algunos lo hacen, que su tarea en el Constitucional no abarca el obligar a que la Constitución se cumpla en todos sus términos. No le corresponde a él el decidir sobre si la actual Constitución está mejor o peor o necesita reformarse, porque su labor es simplemente de vigilante de que nadie actúe en una forma anticonstitucional. El Legislativo ya se ocupará de lo otro.

El peligro que entrañan estas dilataciones, estos intentos absurdos de dorar la píldora a los ciudadanos, estos apaños secretos o estas negociaciones oscurantistas, de las que, seguramente, no puede salir nada bueno, es el de que se produzca un descalabro insuperable de nuestra nación. Los ciudadanos ya estamos cansados de que se nos predique lo blanco y luego se nos engañe aplicando lo negro. España, señores, es indivisible y una, todo intento de conseguir modificar esta idea, sea a las claras o por medio de artimañas o juego sucio, debería ser rechazado por el pueblo español. Cuidado con estos que piden incesantemente cambios constitucionales; cuidado con los que insisten en dar más facultades a las autonomías o los que hablan de un estado federal, algo que, en España, no se ha aplicado nunca y que, el sólo nombrarlo, ya nos recuerda a muchos otros tiempos en los que estas aspiraciones, como hoy las de Cataluña y País Vasco, se plasmaron hasta el extremo de la ridiculez, como fue el desgraciado episodio de Cartagena, cuando pretendió constituir en cantón independiente dentro de España.

Cataluña ya ha entrado en una fase de plena revolución, de declarada rebeldía en contra del Estado español, de enfrentamiento abierto contra de las leyes españolas, de incumplimiento descarado las sentencias de la Justicia española y, por si era poco, de desafío abierto del Parlamento catalán anunciando que, en la segunda quincena del mes de septiembre del 2017, con acuerdo o sin él, van a proceder a declarar unilateralmente la independencia de la autonomía catalán del Estado español. ¿Qué más hace falta para que se ponga coto a tamaña desfachatez? ¿No tenemos en nuestra Constitución medidas previstas para solucionar conflictos semejantes, incluso para casos de mucha menor importancia que éste, ante el cual nos encontramos? ¿Qué dicen los encargados de defender la unidad de España? ¿Cabe escuchar las voces de estos vendidos buenistas que siempre esperan que, con negociaciones y hablando, se solucionan todos los conflictos? Pues los hay que es preciso tratarlos a garrotazos.

Lo cierto es que, si los rebeldes catalanes siguen esperando ir consiguiendo ventajas chantajeando al gobierno español, ciertamente lo seguirán haciendo hasta que ya lo hayan exprimido a fondo, llegado dicho momento se desentenderán de España y empezarán su anunciada declaración unilateral. ¿Qué va a suceder entonces? ¿Se les va a permitir, para no incomodar a los pacifistas o ponerse en contra a los vendidos, que lo que buscan es la división del territorio español, que se salgan con la suya y se independicen tranquilamente? O, en el caso contrario ¿Va a ser necesario acudir a los métodos que se debieron de haber aplicado al principio de esta rebelión? ¿Acaso será el Ejército el que deberá poner orden? Pues si es así, ¿para qué ha servido estar una serie de años aguantando, en Cataluña, que unos filibusteros de la paz y unos traidores a España, hayan hecho de su capa un sayo infringiendo, todas las veces que se les ha antojado, las leyes nacionales e incumpliendo todas las sentencias de los tribunales que a ellos no les han parecido correctas?

O así es como, señores, desde la óptica de un español de a pie, una vez más queremos insistir en la inutilidad de aplicar paños calientes a un tema que no tiene otra solución que la que se ha llevado a cabo en las anteriores ocasiones en las que, la Historia, nos ha puesto ante la misma situación: como han sido, los casos de Maciá y Companys. No hay más cera que la que arde.

Artículos del autor

Los ciudadanos que, a veces, somos tan desconfiados con nuestros políticos, que nos miramos con lupa cualquier documento o formulario antes de estampar nuestra firma en él.
Cuando uno no pertenece a esta selecta clase formada por los que nos gobiernan.
Se dice, aunque pocas veces se llega a cumplir, que las formaciones políticas deben darle 100 días a quienes han ganado la gobernanza de un país, para que puedan demostrar sus presuntas cualidades, recursos y méritos, que los confirmen como la mejor opción que los ciudadanos pudieron escoger.
De tanto en tanto una noticia sorprendente nos distrae de los grandes problemas que nos tienen absorbidos por su trascendencia, por formar parte de nuestro entorno más cercano o por, como nos sucede a los españoles.
Verán ustedes cuando, en un país, sus ciudadanos tienen una cierta vergüenza en reconocerse patriotas, respetar sus símbolos o defender sus instituciones es que, seguramente, algo no anda bien.
Cuando un partido antepone, al prestigio y dignidad de una nación, las conveniencias materiales.
Estamos dispuestos a admitir que existan diversas ideologías, por extrañas, absurdas o inconvenientes que nos parezcan.
Nos encontramos, en lo que podríamos definir como un traspaso de poderes, el verdadero sentido a las desproporcionadas e insensatas reivindicaciones del rancio feminismo progresista.
 
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