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Miguel Massanet
Hablemos sin tapujos
Miguel Massanet
“La igualdad absoluta no podrá existir incluso bajo el socialismo, ya que los bienes materiales serán distribuidos entonces conforme al principio: De cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo...” Mao Tse-Tung.
Nos sorprende que, en pleno siglo XXI de la época cristiana, existan personajes, políticos, pensadores, idealistas o filósofos que se empeñen en no reconocer que no hay un individuo, en el género humano, que sea idéntico a otro y que, el genoma de los hombres del que tanto presumimos, en realidad apenas se diferencia en unos pocos genes del de nuestro colega el orangután. Es bastante común que exista la confusión entre justicia social, que tiene otros componentes, entre ellos la sanidad para todos, las ayudas a los necesitados, los salarios justos, el trabajo etc. y el concepto amplio y absoluto de lo que algunos predican como igualdad, aplicada a todos los aspectos de la vida. Si empezamos por el hecho innegable de que, la naturaleza, nos ha creado diferentes en lo físico, en lo intelectual, en el género y en las facultades, preferencias, inteligencia etc. deberemos aceptar que, aunque hay evidentes coincidencias y semejanzas entre los hombres, existen diferencias muy notables entre muchos de ellos debido a que, la naturaleza, no ha repartido con equidad las mismas facultades, virtudes, habilidades. aptitudes, inteligencias etc. de modo que cada uno reciba una parte alícuota de cada uno de los dones que reparte; lo que motiva que unos tengan más posibilidades de triunfar en la vida y otros, no obstante, salgan más desfavorecidos en este reparto de dotes.

Por eso, cuando vemos partidos políticos, como Podemos, intentar convertirse en “redentores” de la humanidad, no nos queda más remedio que reflexionar sobre lo que pretenden en realidad y las posibilidades reales que tienen de conseguir llevar a cabo sus proyecto, habida cuenta de la extensa experiencia que la Humanidad ha podido acumular, a partir de los ejemplos que se han sucedido a lo largo de la Historia, en las distintas naciones que han soportado gobiernos basados en la utopía igualitaria, consistente en considerar a todos los ciudadanos bajo el mismo rasero, sin tener en cuenta las múltiples diferencias que existen dentro de cualquier grupo o colectividad de seres humanos.

Cuando escuchamos discutir a Pablo Iglesias y a Iñigo Errejón sobre si, como dice éste, lo que le conviene es aproximarse más al partido socialista y desarrollar su función parlamentaria, para lograr llevar a la práctica sus ideas populistas o si es mejor, como dice Iglesias, compaginar la labor parlamentaria, por un lado, con la toma de las calles y las actitudes revolucionarias, que les sirvan para presionar al resto de partidos políticos constitucionalistas y defensores de que, un país, no puede funcionar sin una Constitución que fije los derechos y deberes de sus ciudadanos y, unas cámaras de representación popular, encargadas de encauzar sus problemas y necesidades, su seguridad, la defensa contra posibles agresiones externas y todo aquello que no quede dentro del ámbito privado de las personas. Todo lo que suponga alterar este equilibrio, pretender imponer ideas o implantar, por otros cauces extraparlamentarios, obligaciones, limitaciones, imposiciones o rectificaciones de la normativa legal vigente, aparte de ser ilegales y anticonstitucionales, son esencialmente actos antidemocráticos, cuyo futuro no puede ser más que el de causar la ruina del país.

Tenemos la mala experiencia de lo que viene ocurriendo en España desde hace unos años, en los que la aparición de activistas anticapitalistas; la llegada, desde otros países, de grupos antisistema y agitadores profesionales y el debilitamiento, a causa de la crisis pasada, de los partidos constitucionalistas; ha dado lugar a que, parte de la ciudadanía disgustada por los efectos de siete años de recortes, falta de trabajo y salarios reducidos; encontraran, en estas izquierdas extremas, la acogida que creían no recibir de los partidos tradicionales. Una mera reacción intuitiva en contra de aquellos a los que culpaban de ser los causantes de su situación precaria.

El señor Pablo Iglesias, uno de los líderes del comunismo bolivariano en España, una secta del comunismo internacional conocida como Podemos, pretende convencer a los españoles de que “se puede estar en misa y repicando”, o lo que es lo mismo: estar en el Parlamento de la nación, como representante elegido en las urnas por el pueblo español y, al propio tiempo, salir a las calles a reclamar contra las leyes de la nación, romper mobiliario urbano, desobedecer a las autoridades y agredir a la policía, pretendiendo que se produzca este oximorón de que lo blanco sea negro a la vez o la virtud-pecado. Frases del cariz: “Nuestros representantes en las instituciones no pueden convertirse en políticos”, “”Si nos subordinamos a la lógica institucional, nos disolveremos”, “Debemos estar en todos y cada uno de los conflictos sociales y escuchar a los movimientos”, son, entre otras, las “perlas” que este comunista recalcitrante les dice a sus seguidores, para convencerlos de que, su colega Errejón, más partidario de la acción parlamentaria, está equivocado y que, en consecuencia, a quien deben seguir es a él, por ser quien encarna el verdadero “espíritu revolucionario” capaz de darle el vuelco al gobierno de España.

Estos son, señores, los que se atribuyen la legitimidad para prescindir del sistema democrático, los que desechan los procedimientos pacíficos, el orden, la labor parlamentaria y el respeto por las instituciones, para sustituirlos por la fuerza revolucionaria, los que proponen hacer “tabula rasa” de todo lo conseguido a través de los años de trabajo, sacrificios y esfuerzo, para predicar una igualdad que ellos saben que no es posible, pero que les permite convencer a quienes están poseídos por el rencor, la añoranza del enfrentamiento, la envidia del que posee más que ellos, el convencimiento de que sólo por existir ya tiene derecho a que se le mantenga, aunque fuera sin trabajar o el deseo contenido de poder descargar su frustración sobre aquellos que fueron más privilegiados, que consiguieron más riquezas o que obtuvieron más triunfos, sin que se hayan parado a considerar lo que, tales afortunados, tuvieron que sacrificar para conseguir tal resultado como, por ejemplo: estudiar, trabajar, inventar, y a lo que tuvieron que renunciar en ocio, diversiones, placeres etc.; mientras que aquellos, que ahora codician su modus vivendi o sus éxitos, entonces se dedicaban a perder el tiempo en los bares, divertirse, vagar o andarse de francachelas.

La parte verdaderamente peligrosa de este estado de cosas que, en la actualidad, se está instalando en nuestra nación, es que nos exponemos a que la mala simiente que estos sujetos, expertos en el lavado de cerebros, de mentes no suficientemente formadas o de personas inocentes o ignorantes, que no alcanzan a descubrir la falsedad que se esconde debajo de todas estas ofertas de apariencia tan sugestiva, atractiva y fascinante, fácilmente se dejan convencer sin parar mientes en que, estos cantos de sirena no hacen sino esconder las verdaderas intenciones de quienes actúan de predicadores, en la mayoría de ocasiones meros intermediarios de quienes, desde las bambalinas, son los que manejan los hilos de la intriga, los verdaderos cerebros grises a los que les interesa, por cuestiones económicas o estratégicas, hundir un país para beneficiar a otro o provocar una revolución en un lugar para conseguir alcanzar influencia sobre otro espacio de su entorno.

No nos queda otro remedio que permanecer atentos a lo que está sucediendo en nuestro entorno para que, el enemigo, el ladrón que acecha desde detrás de la esquina, el defraudador que nos quiere convencer de que sigamos sus consejos; nos encuentre despiertos y alerta para no caer en su trampa y poder defender aquellos derechos que tanto nos costó conseguir y que, según en qué manos caigamos, con tanta facilidad podemos ser despojados de ellos sin que exista la menor posibilidad de recobrar aquellos que se nos fue.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con gran preocupación cómo, quienes debieran estar vigilantes ante una situación de una gravedad tan grande, cuando los comunistas intentan colarse de rondón en nuestro país y, desde el otro lado, los separatistas se empeñan, cada día con más desparpajo, en separar a una parte de España, un tesoro de gran valor, los partidos constitucionalistas se dedican a discutir por las lentejas, en unos momentos en los que debieran tener puesto su interés y su preocupación en mantener la integridad del pueblo español y de la nación; impidiendo, al mismo tiempo, que unos pocos terroristas de la palabra, consigan arrastrarnos hacia un tipo de Estado que en nada cuadra con el tipo que la mayoría queremos mantener sin que estemos dispuestos a ceder ante aquellos que fueron capaces de hundir a nuestra nación y de los que nos libramos, una vez, hace ya muchos años.

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