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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Usos y costumbres

Del canibalismo gastronómico a las “tarjetas black”
Luis del Palacio
viernes, 27 de febrero de 2015, 08:21 h (CET)
Dicen que la diferente concepción de la moral pública entre los paises católicos y los protestantes tiene mucho que ver con el hecho de la confesión; en el hecho de que el cura pueda absolver de los pecados en el nombre de la Santísima Trinidad, imponiendo, en muchas ocasiones, una penitencia más que llevadera. Cosa que no ocurre entre los protestantes, que han de vérselas cara a cara con la divinidad. La idea es sugerente y en apariencia puede tener un viso de veracidad, pero creo que se trata, sin más, de una simplificación extrema de algo bastante más complejo, que, en definitiva, la convierte en una falacia, en un sofisma que tiene los pies de barro.

En primer lugar todo católico (debo aclarar que yo lo soy aunque no practicante) sabe que para que sus pecados le sean absueltos, no sólo debe confesarse sino tener “propósito de la enmienda y cumplir la penitencia”. Me centraré en el “propósito de la enmienda”, que es el quid de la cuestión.

“Enmienda” significa, según la sexta acepción del diccionario de la RAE, “satisfacción y pago del daño hecho”; es decir, una reparación o restitución que es esencial para que la absolución del sacerdote sea válida. Por lo tanto, no vale confesarse y rezar diez avemarías, sino que es preciso enmendar el daño producido.

Tiene gracia (triste gracia) que tanto político y banquero corrupto, protagonistas de folclóricas estafas, proclamen su “fe profunda” y a la vez traten de escabullir el bulto de sus actos (acciones punibles para el juez y para ellos “pecados”) Es curioso que no sepan que por mucho que se confiesen, la absolución no es válida si no sustituyen lo robado o reparan el perjuicio lo más que puedan. Es curioso que no teman que, según sus propias creencias, serán asados a fuego lento en las calderas de Pedro Botero a menos que devuelvan lo estafado. Deberían darse cuenta de lo absurdo de sus empeños por “colársela” al Altísimo; deberían, sí, pero no lo hacen... ¿Entonces?

No parece que se trate tanto del hecho de ser católico, luterano, cuáquero, anglicano, copto u ortodoxo. Aplicando un criterio tan simplista ¿dónde quedarían los que reconocen abiertamente que no creen en un castigo divino? ¿Serían todos ellos unos sinvergüenzas?

La respuesta es obvia: No.

En mi opinión –humilde pero meditada- la cuestión de por qué en los paises nórdicos y centroeuropeos la moral pública (no siempre reflejo de la privada) es más estable y , en general, más recta radica en lo que es o no es socialmente admitido. Y aquí acaso habría que cambiar la palabra “moral” por otra: “ética”.

El “canibalismo gastronómico”, mucho más perverso que el ritual, fue practicado por ciertas culturas precolombinas mesoamericanas. Cebar a un congénere para comérselo en una fecha señalada era una práctica socialmente admitida, lo cual no significa que se tratase de algo “ético”. Como tampoco lo es, aunque en ciertas sociedades actuales puedan admitirlo, la dilapidación de mujeres, la ablación del clítoris o la amputación de miembros por ciertos delitos.

Lo que entendemos comunmente por ética (al margen del sentido que pueda tener como rama de la filosofía) viene de la mano de la civilización. Es decir, suele observarse un mayor comportamiento ético (entendido aquí como “recto”) en las sociedades más desarrolladas culturalmente.

Reemplazar el culto a Moloch – a las fuerzas ocultas de la Naturaleza; también del naturaleza humana- por la “religión del hombre libre”, aquella que preconizaba Bertrand Russell, puede ser el principio. Y ello solo puede darse en un ambiente donde el saber, la filosofía y las artes, ocupen un lugar primordial en la educación. Justo lo contrario de lo que hoy vivimos.

Hay que leer más a los clásicos, escuchar más a Bach y aprender a tocarlo, llegar a poder apreciar a los maestros de la pintura y las demás artes plásticas; conocer más la historia propia y la ajena, volver a las lenguas clásicas, tener un conocimiento, aunque sea básico, de la historia de las ideas...

Y cuando esto ocurra, en un mundo ideal, lejano, pero quizá aún posible, comprobaremos que la confesión no es ya necesaria porque ha sido sustituida por la luz infalible de la intuición.
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