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Etiquetas:   Política   -   Sección:   Opinión

El factor Mariano

Mariano Rajoy prefiere generalizar la corrupción en clave antropológica. Como Jeanette, nos dice que somos rebeldes porque el mundo nos hace así
Alex Vidal
lunes, 1 de diciembre de 2014, 08:25 h (CET)
La noche de su victoria electoral, el actual gobierno celebró su triunfo ilustrándolo con un sintomático "Gracias" en su balcón. Es desde luego, una particular interpretación de la responsabilidad de Estado. Durante siglos acceder al poder en España, lejos de concebirse como el inicio de construcción política alguna, no fue otra cosa que la meta donde no había nada más por alcanzar. Hoy quizá es incluso peor; libre de regulación, el nuevo orden impone la demolición de todo lo realizado.

Mariano Rajoy viene de afirmar en sede parlamentaria que “la corrupción forma parte de la condición humana”. Conscientes del desgaste nuestros representantes anuncian una serie de “medidas anticorrupción” que están dispuestos a cumplir. "El gobierno se lo ha tomado muy en serio" dice el presidente popular. Nada de martillazos a los discos duros. Añade también que resulta injusto generalizar, y en honor a la verdad no le falta cierta razón, algún incorruptible debería quedarle. Para el resto, acaso conserva en el móvil su plantilla de texto: “lo entiendo, se fuerte, hacemos lo que podemos”.

"Nadie puede garantizar que la corrupción desaparezca de nuestro planeta porque nadie está en condiciones de eliminar el egoísmo, la mezquindad o la codicia". Rajoy denuncia lo injusto que resulta el hecho de “generalizar la corrupción”. Él prefiere generalizar la corrupción en clave antropológica. Como Jeanette, nos cuenta que somos corruptos porque el mundo nos hace así. No se trata de ellos o de los otros, sino de la propia condición humana, del hombre, de los españoles mismos, pecadores en origen.

Ya dice Hobbes que “el hombre es un lobo para el hombre”. Rousseau opta por una cierta elevación de la condición humana: “el hombre es bueno por naturaleza”.

Pero el hombre no es bueno ni malo, sino aquello que le inculcan, la forma en la que crece. Platón no difiere de este extremo al afirmar que sólo un alma filosófica puede resultar apropiada para el gobierno de lo público. También Aristóteles insiste en la importancia de la educación para la adquisición de las buenas costumbres. El estagirita sonreiría ante “una batería de medidas anticorrupción” y se preguntaría “si son honrados quienes las presentan”. Otros como Séneca resumirían el factor Mariano en una frase: "pobre es quien mucho desea".

No es pues la ideología, sino la educación lo que puede hacer del individuo una cosa o su contraria. Existe en el hombre una sobriedad feliz donde el desenvolvimiento máximo de las propias facultades descansa en otra interpretación de la felicidad. Cosa distinta es que nuestros gobernantes carezcan de dicho temperamento. No se trata de sacrificarse, de renunciar a ciertas tentaciones; éstas simplemente terminan por carecer de verdadero atractivo, son otras las preferencias. Evidentemente, si la prioridad de un gobernante reside en el número de trofeos disecados, en viajes, cacerías, sobres, cuentas, yates y mansiones, no debe extrañar que este particular sentido de la felicidad pueda resultar incompatible con las virtudes necesarias para gestionar el patrimonio de la Res pública. El error nunca está en los electores, sino en la elección.

Con cierta recurrencia interesa divulgar la prueba del factor Mariano, el fenómeno de la corrupción en tanto condición inherente al ser humano: “también defrauda quien se ahorra el IVA de un enchufe” nos dicen. “Es éste un país de pícaros”. Sin embargo nada tiene que ver la corrupción para hacerse millonario con la corrupción para llegar a fin de mes. ¿Puede denominarse "fraude" a aquellos hábitos ligados al estado de necesidad del individuo? Fraudulentos son, a buen seguro, aquellos que tienen mucho y no pagan. ¿Pero es legítimo extrapolar esta acusación al comportamiento de una ciudadanía que busca esquivar las estrecheces o incluso la miseria? ¿Qué fraude es el derivado de una población carente de las condiciones efectivas para su integración social?

Se trata una vez más de trasladar el verdadero sujeto a fiscalizar; de que una minoría ajena al Estado, enemiga de lo Público, se entretenga viendo cómo sus capataces contribuyen a encubrir a los verdaderos adversarios de la sociedad. ¿Es hoy posible sentirse español sin experimentar una profunda aprensión?, ¿el patriotismo reside en tapar el estercolero o en erradicarlo?, ¿en qué piensan cuando gritan “Viva España”?, ¿qué aspiraciones vislumbran tras dicho fervor? ¿Son nuestros representantes, funcionarios cualificados con la misión de preservar el patrimonio de todos, aquel que posibilita nuestra convivencia? ¿Están para servir a la sociedad y defender los intereses ciudadanos? Rajoy defiende con firmeza que así es. Para aclarar cualquier sombra de duda, basta con imaginar dónde reside el secreto de la felicidad de todos ellos.
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