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Alex Vidal
Impertinencias
Alex Vidal
Erdogan se arroga el nacionalismo irresistible, la abstracta dignidad del pueblo, y acaso la exclusiva capacidad de reinterpretar el legado de Ataturk
“Atam Izindeyiz” (Padre te seguimos) es una expresión patriótica ligada a Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938), fundador de la República de Turquía. El lema kemalista debe entenderse como “Padre de la patria, seguimos fieles a tus enseñanzas” y alude a los principios fundacionales que cimentan la nueva República laica bajo comandancia de Ataturk (1923-1938) tras la definitiva extinción del imperio otómano.

En diciembre de 2013 los simpatizantes de Recep Tayyip Erdogan recibían a su líder con un nuevo eslogan impreso en sus camisetas “Adam Izindeyiz” (Hombre virtuoso te seguimos). Frente al padre de todos los turcos, el nuevo juego de palabras aludía al confesional Partido de la Virtud, ilegalizado en 2001 por poner en riesgo los fundamentos laicos del país. De las bases de aquel partido emergía Erdogan pregonando un islamismo moderado y constitucional, y fundando su actual Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Desde la alcaldía de Estambul, Erdogan se lanzaba a la conquista electoral del país.

Si la imagen de Ataturk abunda entre la oposición laica, no ocurre igual en las manifestaciones de adhesión al gobierno. En éstas, la presencia del fundador de la patria parece automáticamente endosada a la del predominante Erdogan. Frente al poderoso AKP, el opositor Partido Republicano del Pueblo (CHP) alcanza tradicionalmente un 30% de los votos al tiempo que tiene (o ha tenido hasta ahora) a su lado algo más: la influencia del ejército kemalista, firme defensor de los fundamentos de la República. Pero Erdogan lleva más de una década acaparando poder y modificando la ley por decreto en base a sus mayorías parlamentarias. Parece simpatizar además con los Hermanos Musulmanes, una especie de Internacional panislámica que recuerda a aquellos Jesuitas de los siglos XVII y XVIII tan reñidos con el poder temporal.

En todo este escenario las supuestas conspiraciones del clérigo Fethullah Gülen parecen haberse convertido en la mejor coartada del presidente. Nada como un buen fantasma en la sombra para una caza de brujas comme il faut. Diríase la variante islámica de aquel contubernio judeomasónico transnacional “que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”. Golpe o autogolpe, 250 militares detenidos en primera instancia resultaron sólo una anécdota. Ascienden ya a 75.000 los purgados. Todos ellos, por lo visto, colaboracionistas. Junto al sector militar laico, miles de profesores, jueces, periodistas, intelectuales, militantes de la oposición o meros simpatizantes; la sociedad civil en su conjunto.

El pasado 24 de julio decenas de miles de turcos convocados por la oposición llenaban Taksim condenando a un tiempo el golpe y la deriva autoritaria de su gobierno. Ese mismo día el gran sultán anunciaba el cierre de “934 colegios, 109 residencias universitarias, 15 universidades, 104 fundaciones, 1.125 organizaciones y 19 sindicatos”. El pasado fin de semana hasta dos millones de personas se reunieron en las afueras de Estambul "por la democracia y los mártires" caídos, en una masiva concentración suscrita por todos los partidos (a excepción de los prokurdos) y sin embargo convertida en un gigantesco acto de reafirmación a Erdogan. Día a día, el presidente se arroga el nacionalismo irresistible, la abstracta dignidad del pueblo, y acaso la exclusiva capacidad de reinterpretar el legado de Ataturk. Ya es otro el viento que hace ondear la media luna kemalista y hasta otros los ojos que la contemplan. Si el filósofo natural no es sino un hombre curioso, quién sabe si a las curiosas almas del Bósforo sólo les cabe esperar, como al poeta, otro milagro de la primavera.

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