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Opinión
Etiquetas:   Religión   Pensamiento   Cristianismo  

Filosofía de la duda

La incapacidad de discernimiento entre el bien y el mal no tiene por qué seguir dándose
Octavi Pereña
martes, 11 de febrero de 2020, 09:37 h (CET)

La periodista <b>Begoña Corzo</b> se refiere a la participación del actor italiano <b>Cosimo Fusco</b> en la serie de <b> Alejo de la Iglesia</b> <i>30 monedas<i>. El actor dice: “Soy un privilegiado de ser uno de los personajes: un cura italiano”. La entrevistadora la pregunta: ¿Un sacerdote bueno o malo? El artista le responde: “¿Quién sabe en dónde está el mal o el bien?” El ser humano es un ser moral capacitado para saber diferenciar entre el bien y el mal. ¿Cómo es posible que acompañando a <b>Cosimo Fusco</b> sean tantas las personas que no sepan distinguir entre el bien y el mal?

La respuesta a esta pregunta la encontramos en los tres primeros capítulos de Génesis. Si como muchos piensan que son mitología como las mitologías griega y romana que han contribuido a la formación del pensamiento occidental,, entonces no hay respuesta a por qué el ser humano siendo un individuo moral no sepa distinguir entre el bien y el mal. Para mí, los tres capítulos de Génesis, como el resto de la Biblia, son historia. Describe hechos históricos y como tales se los debe tener en cuenta.

Vayamos a Génesis. El primer versículo declara: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”. Acto seguido detalla cómo hizo la creación. De los seres vivientes el hombre es el más importante ya que Dios lo creó a imagen y semejanza suya (1: 26). Esta importancia requería que se le diese un trato diferenciador. Adán y Eva tenían que tener un lugar condicionado en donde habitar. “El Señor Dios plantó un jardín” (2: 8). “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y lo guardase” (2: 13). Una vez instalados en el jardín que el Creador había diseñado para ellos, les dio las instrucciones necesarias para que las cosas les fuesen bien: “Puedes comer de todo árbol del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comas, porque el día que comas, ciertamente morirás” (2: 16,17). El jardín fue un auténtico paraíso hasta que Satanás, padre de la mentira entró en escena habiendo poseído una serpiente. Persuasivamente despierta el pensamiento pecaminoso de Eva. Ésta, fijándose en el árbol prohibido que hasta este momento no le había prestado atención, vio que era bueno para comer. Ella y Adán se zamparon el fruto delicioso a sus ojos (3.6). La desobediencia de Adán tuvo una consecuencia inmediata: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos, entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (3:7). La desobediencia alteró su relación con Dios. Antes, la desnudez no los avergonzaba. Ahora saben por experiencia qué es el mal. A pesar de que no han perdido su condición de seres morales, la visión se les ha hecho borrosa. Ha perdido la nitidez original. De ahí que como <b>Cosimo Fusco</b>, muchos digan: Quién sabe en dónde está el mal o el bien”. En el aspecto moral nos hemos convertido en ciegos que guían a otros ciegos. Los unos y los otros caen en el hoyo. ¿No es esta la situación en nuestros días que las cosas nos van de mal a peor?

Los ciegos que le pidieron a Jesús que les devolviese la vista lo hicieron porque eran conscientes de su ceguera. Si decimos que somos capaces de distinguir entre el bien y el mal significa que no somos conscientes de nuestra ceguera espiritual. No sabemos distinguir de manera correcta entre el bien y el mal aun cuando creamos que sí sabemos hacerlo. Como resultado de la desobediencia de Adán, todos sin excepción, nacemos pecadores, ciegos espirituales, desde la concepción, incapaces de distinguir entre el bien y el mal, deficiencia que se detecta poco después de nacer. Refiriéndose a esta dolencia Jesús hace esta reflexión: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Si quien cree en Jesús deja de andar en tinieblas significa que en el sentido espiritual se le devuelve la vista a los ciegos de nacimiento.

Si se persiste en conservar la ceguera espiritual, permanece intacta la incapacidad de discernir entre el bien y el mal. Entonces somos merecedores de la reprensión que hace el profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y a lo dulce por amargo!” (5: 20). Aquellos israelitas que por el mero hecho de practicar el ceremonial establecido por la Ley de Dios creían que andaban por el camino que conduce a Dios, el profeta los corrige y los pone en su sitio: “Buscad lo bueno y no lo malo, para que viváis, porque así el Señor de los ejércitos estará con vosotros, como decís” (Amós 5:14). Con Jesús que es la luz del mundo se corrige la incapacidad de distinguir entre el bien y el mal. Con Cristo la filosofía de la duda es cosa del pasado.

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