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Etiquetas:   Reflexión   Ortega y Gasset   Populismo  

Aporías peligrosas

Allá por los 80 del siglo pasado, a Ortega y Gasset le parecía no estar en buenos tiempos para hacerse entender; casi medio siglo después ratificaríamos con creces aquella expresión
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 14 de junio de 2019, 14:20 h (CET)

Si los asuntos no se plantean, no habrá cuestión deliberativa. Los eventos se sucederán desde motivaciones extrañas. Cuando los planteamientos son establecidos previsoramente parecen orientarse en direcciones contrapuestas.

Sensatas unas, con disposición atenta hacia las circunstancias del momento, favorables o dificultosas. Erróneas, cuando no acierten en la percepción de las bases imprescindibles para la correcta iniciación de los proyectos, fallan las premisas. La tercera posición acaba por descentrarse en la elucubración de las posibilidades futuras, sea por desconocimiento, aviesas intenciones o simples limitaciones humanas. Con estas últimas entramos en concepciones DESCENTRADAS; aún como ideales imposibles y arriesgadas.

La inquietud existencial incide sobre agujeros desconocidos en cuanto a su profundidad; esos significados misteriosos estimulan el ansia investigadora. Los descubrimientos parciales suelen confundirnos, creyendo ser poseedores de toda su verdad. A usted, a mí, a los colectivos, nos atrae la noción IDENTITARIA. Con frecuencia nos definimos sin prestar suficiente atención a la complejidad de la idea. El nacimiento biológico, ubicación, influencias recibidas, dificultades, percepciones maravillosas; modelan el mustrario al cual estamos adscritos. En cuanto a una aproximación aclaratoria, con ramificaciones casi infinitas; o como penosas proclamaciones absolutas con delirios abocados a intervenciones perversas.

Hemos avanzado poquísimo en relación con los enigmas de fondo. Transformamos los rituales primitivos donde se adoraba la serpiente en la escucha de los vociferantes de turno en la red. Saturados por los reiterados comentarios sobre la GLOBALIZACIÓN, sufrimos una auténtica ocupación mediática, tan altanera, que nos hace entrar en la sospecha de si habla de la realidad o es un intento de suplantarla. Detrás de sus manifestaciones se intuyen unas fuerzas concretas ejerciendo presiones sin escrúpulos. Es una nueva elucubración encubridora de maquinaciones dominadoras incontroladas. Su peligro incide en la engañosa servidumbre hacia entes artificiosos, mientras las realidades puestas en páctica las desatendemos de manera imprudente.

Si el peligro de los bárbaros en forma de hordas inclementes apuraba en los asentamientos antiguos; los términos de la xenofobia, racismo, migraciones, autóctonos y extranjeros, fueron ocupando su lugar. El asunto de las razas se disfrazó de etnias, defendidas aún con énfasis separadores en ámbitos europeos. Con reiteración, el miedo, el orgullo, la prepotencia, la alienación, elucubran con malicia sobre el concepto de EXTRAÑEZA. Destacan sus silencios. Hablan poco del desconcocimiento y la desconsideración hacia los demás. Pero la negación interesada refleja la propia extrañeza interior de los individuos. Sus adentros, el subconsciente personal, explican la mayor parte de los excesos.

El protagonismo del hombre es innegable en sus lugares, en sus horas, en sus circunstancias; menos evidentes son sus cuotas participativas. Su pensamiento circula por derroteros curiosos. La búsqueda de apoyos consistentes entre incertidumbres les acercó a los DIOSES, en plural o en singular; más tarde a su negación, admitiendo dioses absurdos mundanos. La preeminencia de estos entes potenció en el tiempo una serie de conductas ominosas sin justificación. Quienes se apropiaron del concepto para traducirlo en sus componendas engañosas, incluso agresivas; o quienes endiosaron sus ideas o personajes al margen de Dios; testimonian de los riesgos de esas elucubraciones.

Las cuestiones alrededor de los términos divinos las traducimos con diversos talantes. Estas ideas enlazan con los posicionamientos mundanos sin referencias divinas, cuando establecemos sistemas obsesivos de funcionamiento cuya VIGENCIA viene forzada por presiones enérgicas, aunque sutiles. En sus inicios personales hablan de creencias, conocimientos, preferencias; de una manera subrepticia derivan en estimaciones e intereses ocultos. Dichos condicionamientos terminan en decisiones muy alejadas de la personalidad de sus destinatarios. Los choque originados contra esas vigencias serán generacionales, costumbristas, políticos, ideológicos, de consecuencias imprevistas.

Llegan a organizar manipulaciones enervantes apoltronadas en sus lógicas intratables desde cualquier discrepancia. Acechan los galopantes procesos homogeneizadores como recias apisonadoras. Frente a los cuales, desde el arte a otros sectores de la sociedad arrecian también las reivindicaciones de las diferencias, inventando si es necesario las inexistentes. Entre ese conflicto acuciante emergen posiciones de pretendidas hegemonías discursivas poco elaboradas. Son perturbaciones persistentes que pudiéramos denominar POPULISMOS precipitados. Desde fondos reales surgen intransigencias de cuño parecido a los que se combatían; nuevas ideas obsesivas desequilibrantes.


Hasta el pesimismo se torna tendencioso. Dicho de otra forma, el enfoque de las melancolías y las frustraciones transita a consideraciones manipuladoras de largo alcance. El paso del tiempo acumula pérdidas, inocencia, juventud, cualidades. Hay muchos interesados en recordarnos el cierre sucesivo de las aparentes salidas, incluso de los orígenes y los finales. Revolotean sobre la idea reiterada del VACÍO existencial, esa minúscula presencia del individuo. Aparte de las vivencias estupendas incluidas en sus silencios, del escaso diálogo, inducen a un equívoco sustancial en contra de los menos avispados, dejan el campo libre a inciativas ajenas de orientaciones incontroladas.

Allá por los 80 del siglo pasado, a Ortega y Gasset le parecía no estar en buenos tiempos para hacerse entender; casi medio siglo después ratificaríamos con creces aquella expresión. Aún hay muchas cosas que contar, las narraciones nunca se terminan ni se repiten en esencia porque son percibidas de maneras diferentes. Queda en entredicho la profusión de CONVICCIONES con las cuales nos abruman, acentuadas por las tecnologías empleadas; pesan como una losa. Pese a que disponemos de las evidencias en contrario, demostradoras de la dificultad para las conclusiones rotundas y fidedignas, profesamos una necia credulidad favorecedora de las intemperancias.

Cada uno verá si distingue las responsabilidades de tantas trayectorias desorientadoras, el desconcierto provocado es patente y los inconvenientes se suceden. El debate razonable no se avizora. La misma multiplicación de las contundencias nos confunde. Si a ese conjunto le añadimos los comportamientos, no podremos evitarlo, quedaremos abducidos por la SOSPECHA sin alternativas gratificantes. Esa abrumadora sospecha se transforma en una nueva aporía engañosa, paralizante, que neutraliza las iniciativas; apunta a la ausencia de remedios eficaces. Nos enfrascamos en una lógica demoníaca, destruimos la confianza en las actuaciones, sin ningún atispo de reconversión en el proceso.

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