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Rafael Pérez Ortolá
Disyuntivas
Rafael Pérez Ortolá
“No la virtud, sino el gusto constituye el medio en el que el sujeto existe, un medio que se configura en su existir”. Valeriano Bozal

No es cuestión de leyes ni cárceles.


¿Con qué gusto hemos configurado los medios de vida actuales? Es increíble la carga irracional que hemos acumulado.


Los asesinatos incesantes de mujeres, ¿Esperamos a que sean evitados por los jueces y policías?


¿Qué papel atribuímos a los niños, los ancianos o los desdeñados por la fortuna?


¿Seguiremos llamado democracia a los penduleos de intereses escondidos?


¿Las actitudes personales mejoran en algún aspecto el medio configurado?


¿Cómo se demuestra la verdad de los deseos subyacentes?


El orgullo parece infinito.

Este asunto del gusto no pasaría de ser una sencilla anécdota, si quedara en una estricta valoración individual, sin efectos posteriores. Pero no es así, el contagio de pareceres amplía su importancia, acabando por proyectarse sobre los PATRONES de conducta. Dicha amplificación pasa a conferirle una potestad normativa en sí misma, aunque no esté respaldada por los razonamientos pertinentes. Las apreciaciones subjetivas nacen de impulsos todavía alejados del ensamblaje con las demás cualidades constitutivas de las personas. Desprovistos de estos ropajes imprescindibles, pasan confrecuencia a transformarse en elementos coercitivos, causantes de enormes abusos.

Son factores decisivos a la hora de delimitar los gustos, dependerá de sus inclinaciones la calidad de las preferencias adoptadas. La trivialidad del comienzo engruesa de manera progresiva sus calibres, por incrementos numéricos, por invasión de los múltiples sectores de la sociedad y por la pérdida de su control, que pasa a ser el de una entidad dasaforada. Provocan la INTERROGACIÓN descarnada de si somos capaces o no de modelar esas preferencias, que vienen ratificadas por la rotundidad de los hechos cotidianos. En efecto los fuimos modelando, con la evidente despreocupación del sentido final y sus consecuencias. Queda pendiente de respuesta si sabremos rectificar los errores.

No sé si por dejadez, por estupidez, o por exceso de razonamientos, dada la proliferación de las tres tendencias; hacemos uso de la IRONÍA como lenguaje introductor entre las vaguedades conceptuales, detrás de las cuales sobrevienen inclementes los frívolos desplantes de las conductas desvencijadas, vienen a ser sus consecuencias lógicas. Adquieren una preponderancia en los ámbitos sociales con evidentes signos degradantes.

Percibimos enseguida la ironía BURLESCA muy alejada del verdadero humorismo; surge sin duda en un medio apropiado en el cual coinciden varios factores degradantes. Completa el círculo de un ambiente venido a menos, acentuado por unas burlas zafias. Desaparece la consideración por las querencias ajenas en un atropello de cuanto les puede apetecer; la falta general de un mínimo respeto, aboca al desprecio; siendo este tan generalizado, que promueve el sentimiento de una realidad inconsistente, para gozada de quienes posean el poder y la fuerza, sean estos en forma de dinero, política o fuerza bruta. Hasta el punto de ser tolerada la burla en las esferas de mayor relevancia, contribuyen al descrédito social.

Transgredimos el sentido de las palabras sin el menor reparo, pero en ese deslizamiento caemos nosotros detrás de las pérdidas de sentido. Ese principio melancólico de la ironía que hubiera podido servir de consuelo para mantenernos a tono después de los diversos errores cometidos, por el arte de la mencionada dejadez interpretativa la hemos traducido en la fuente ENGAÑOSA de las manifestaciones orales y escritas. A fuerza de repetirlas, las exageraciones altisonantes se crearon un aura de autenticidad que no es real, sino todo lo contrario, pura elucubración interesada. Cuando dudemos de eso, es suficiente con asomarnos a los discursos políticos, tertulias o supuestos debates temáticos.

En aras de una libertad enfermiza, por su fraude en orígen, debido al olvido de la presencia del individuo en el seno de varios conjuntos a la vez; hemos derivado en una especie de suelta de globos emocionales, desprendidos de los hilos relacionales. Desde la educación infantil a los foros de los eruditos, desde la plaza pública a las instituciones formales; nos precipitamos hacia la práctica de una fruición DESCONTROLADA, ufana, emotiva, irreflexiva. Asumida como fundamento costumbrista indiscutible, modeladora del gusto, por quello de no luchar contra la corriente generalizada. Si no eterna, es la cuestión habitual de la masificación opuesta a los impulsos creativos con mejores vibraciones.

Avanzamos en plena época de los monólogos, la dialéctica constructiva ya no comparece. Nadie escucha, por lo tanto, el diálogo no tiene cabida. Por eso, los argumentos son algo superfluo, no son la base de las decisiones, menos aún de los proyectos a largo plazo. Hemos elegido el PARLOTEO vociferante como método discriminatorio. En esa ruidosa experiencia, la sinceridad está desplazada por los decibelios, la veracidad por el número de parlanchines; convirtiendo la coherencia en una entidad obsoleta. Sólo la oscura mano que mece a las masas encuentra un acomodo apropiado; mientras, los sufridores están entretenidos con el uso de las palabras desprovistas de sentido.

En el fondo, ya lo decía Kant, el juicio del gusto es independiente de los conceptos, viene expresado por las sensaciones particulares. Los hay de características bien diferenciadas, porque además, la imaginación es ilimitada, ampliando de esa manera las expresiones de aquel. La polarización en este sentido introduce una capacidad deformante de la sociedad, por su misma SOBREVALORACIÓN. Provocan el arrinconamiento de las restantes cualidades de los individuos e influyen en sus comportamientos; con la consiguiente repercusión sobre los colectivos. La memoria se torna caprichosa, el aprendizaje superficial, el conocimiento queda distorsionado; el individuo y la sociedad desmerecen.

Las exorbitantes dimensiones del gusto en sus múltiples versiones pasan a transformarlo en un ente monstruoso. El descontrol sobre sus efectos colaterales nace de su polarización. Lo que pudo haber sido una confluencia de cualidades humanas en plena armonía; debido al desdén con que tratamos a las realidades ambientales o del resto de las personas, origina un potente semillero de DISCORDIAS. Arrastrados por los comportamientos impulsivos, los proyectos emprendidos nacen viciados desde aquella divergencia absoluta en cuanto a las actitudes. De no ser así, cómo explicaríamos las violencias degradantes, las crecientes diferencias, la tolerancia de la corrupción o el desinterés por la entidad de cada persona.

Artículos del autor

Si algo nos enseña la ciencia con sus métodos empíricos, es la enorme dificultad para el acceso a las comprobaciones satisfactorias referidas a las grandes cuestiones de fondo y de las actuaciones personales. Después comprobamos que no se libran tampoco las pequeñeces. La dificultad se incrementa al tratar de razonamientos y reflexiones de diferente calado.

Estamos instalados en una complejidad apasionante. Los intentos de una simplificación no han dado resultados. Dejando aparte los antecedentes del Big Bang, ¡Menudo dilema!; la imparable expansión posterior no elimina la involucración simultánea de sus componentes.

Las simplificaciones son riesgosas, al menor descuido caen en la simpleza. La reducción de la realidad a pocos matices genera figuras irreales peligrosas, suponen una suplantación en toda regla. Si pensamos en la identidad es preciso estar alerta. Los alardes identitarios al uso dicen inconveniencias manifiestas sin perfilar su consistencia; sus extravagancias dejan al aire sus vergüenzas.

Si los asuntos no se plantean, no habrá cuestión deliberativa. Los eventos se sucederán desde motivaciones extrañas. Cuando los planteamientos son establecidos previsoramente parecen orientarse en direcciones contrapuestas.

En las prácticas habituales asumimos una serie de criterios basados en la adquisición de conocimientos. La carga cultural es amplia, recoge facetas de todo género; por ese motivo, es complicada su definición precisa en unas circunstancias concretas.

El concepto de patria será uno de los más empleados en las controversias sociales. Eso sí, ensalzado por patrioteros que lo desvirtúan. Porque no es lo mismo facilidad de palabra que la coherencia. Si al menos fueran limpias las miradas anhelantes, la franqueza dibujaría mejores relaciones.

Entrar en la esfera de la normalidad, ese ambiguo estado de lo habitual constreñido por determinados parámetros, desemboca en tres tipos de conducta poco deseables. La rutina empapada de indiferencia. La tolerancia absurda de comportamientos reiterados cargados de inconveniencias.

Llegaremos a convencernos de que los colectivos no son meras sumas, aún predomina esa convicción; son aportaciones reunidas cuya envergadura no es monumental, radica en la múltiples PRESENCIAS allí involucradas. Hasta la homogeneidad manifiesta está plagada en sus interiores de una variedad mágica en constante movimiento.

 
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