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Rafael Pérez Ortolá
Disyuntivas
Rafael Pérez Ortolá
Somos demasiado tolerantes con los comportamientos enredadores en los diversos sectores sociales
Si no damos abasto ante los problemas acuciantes, enfrascados en sus posibles soluciones, dejamos poco tiempo para otras reflexiones. Tampoco ayudan los temores angustiantes desde la muerte hacia abajo, sufrimientos o penurias de calado opresivo. Agravados por la sensación de abandono de habitual instauración, desde la angustia vital a las desconsideraciones sobrevenidas en el trato con los prójimos. Lo que menos precisamos son los comportamientos brujuleantes que a nada conducen, que entorpecen la convivencia. El término ZASCANDIL viene definido por la RAE como individuo despreciable, bullicioso, enredador; que encima se da importancia. Sus actuaciones picotean en áreas concretas de la vida en sociedad.

El agente zascandil es portador de una malicia peculiar, medra por los intersticios descuidados de la sociedad. Superan la mera ignorancia. ¿Quién se libra de ella? Ellos huyen por encima de los desconocimientos. Ocurre algo similar con el carácter defectuoso que nos incumbe a todos, arrastramos abundantes existencias en este sentido; aunque esos defectos tampoco les detienen. El zascandil BRUJULEA en una supuesta superación de semejantes desperfectos. Sin embargo, adopta ese talante cenizo de entorpecer los ambientes de cooperación con sus actuaciones fantasiosas, con el escandaloso desapego con respecto a los demás. Detectamos con facilidad a estos sujetos por su afán de protagonismo.

Veamos sino el muestrario en lo referente a la moral. El carácter liviano del enredo originado es notable; desde la situación actual, observamos como las palabras sirven de poco, sus significados cambian según los intervinientes. En unos momentos en los que predomina el alarde de MORALINA en la mayoría de las intervenciones públicas; ese reclamo al resto de la gente de una serie de comportamientos, ausentes en quienes los proclaman. La práctica considerada de los unos para con los otros, ni se valora ni se practica. Sólo es utilizada como un lamento estéril dada la falta de implicación; sin ella pasan a ser manifestaciones huecas, elucubraciones sin nadie que las aplique a las vivencias cotidianas.

Perdidos entre la palabrería, se nos escapan las cualidades más entrañables. Los caprichos del momento enredan lo suficiente para distraernos de lo fundamental, el atractivo de las discordancias logra la ocupación de las mentalidades. Sabemos de la importancia del amor en sus diferentes ramas. Todas parten del AMOR PROPIO, que bien entendido exige su desarrollo asociado al conjunto de las personas. De manera aislada, queda convertido en una alienación llamativa. La profesión, la familia, sexo, medio ambiente, constituyen las variadas expresiones de su presencia. La degradación del fondo amoroso empeora radicalmente la convivencia; en esas salidas desconsideradas que tanto lamentamos.

Si de zascandiles tratamos, bulliciosos y enredadores, en actuaciones que tienden a la intemperancia enajenada; no cabrá duda alguna, apreciamos ejemplos muy significativos en el ámbito de la POLÍTICA. Pululan sin descanso con un descaro inusitado, invaden cualquier espacio vital y lo hacen sin ningún escrúpulo. Enredan a fondo en los asuntos de la sociedad, con los grandes beneficios orientados hacia los cargos establecidos, a base de estrujar a fondo al resto de la gente. Cuesta una enormidad el hallazgo de alguno de sus personajes con argumentaciones cabales y acciones coherentes. Escudados en el sistema, proliferan los personajillos enfocados a estos menesteres intempestivos.

Es difícil sorprendernos en tiempos de notables avances. No obstante, abundan los sujetos aplicados en unas conductas incongruentes, chocantes, sino maliciosas, que contribuyen a la disgregación de cuanto teníamos como bien aprendido. Una cosa es la mención de los cuidados ECOLÓGICOS, las protestas grandilocuentes o enunciados teóricos. Bien distinta, la comprobación de las actuaciones diarias. Mirando para otro lado cuando del medio ambiente cercano se trata (Árboles, praderas o ciudades); con el perjuicio provocado sobre las personas, como si la ecología cercana no fuera un elemento crucial. Destacan los descuidos que no son debidos al desconocimiento, en una disociación teórico-práctica.

También en las referencias a la dignidad personal vislumbramos una serie de grados. De tal modo, cada individuo, por el hecho de haber nacido, dispondrá de ella, bien está; pero ese componente constitutivo puede robustecerse o quedarse en la mínima expresión, a la vista de las actitudes adoptadas por sus portadores. Son MINIMALISTAS en este sentido quienes acosan inmisericordes a la mencionada cualidad como recojo en párrafos anteriores. Cuando criticamos la suciedad o molestias derivadas de las mascotas (Perros, etc.), reflejamos el desapego social de sus dueños. Cuando los altos cargos desprecian a la gente de a pie, pierden la dignidad a raudales. Que les importe un comino, acentúa el despropósito.

Del incontrolado parloteo es frecuente que surja la desorientación. Afirmamos de manera reiterada el papel de la razón superadora de los instintos, de la mera biología, de las tendencias personales exclusivas. Son buenas orientaciones de inicio. si no fuera por la actuación de los zascandiles revoltosos, sus razonamientos se tornan independientes, intolerantes, incapaces de cualquier consideración con lo ajeno. Olvidan el objetivo de superación, adoptan la postura ANÁRQUICA de no atender a otras razones. El atractivo comienzo renovador desvirtuó sus prácticas, convirtiéndolas en un nocivo mecanismo desintegrador. Así, jamás habrá la más mínima confluencia de pareceres en ningún área de las relaciones sociales.

La inquietud, el inconformismo vitalista o la sana rebeldía, difieren de manera radical del zascandileo; sobre todo en relación con el ENSAMBLAJE con respecto a las vivencias del conjunto de la sociedad, con la implicación en el buen hacer, que siempre será una tarea inacabada. La falta de apego con respecto a las vicisitudes generales, sirve como agente delator de semejantes personajes frívolos. La renuncia a ese ensamblaje constituyente no servirá como excusa; Por el contrario, es la causa de sus desatinos.

La inmadurez de los zascandiles es manifiesta. Origina carencias importantes para ellos mismos, a nivel personal acumulan escapatorias alienantes, en auténticos círculos viciosos. Pero cuesta esquivar sus influencias, que surgen mezcladas en el torbellino de la convivencia a todos los niveles. La CLARIFICACIÓN de actitudes es uno de los imperativos de cara al futuro.

La tolerancia no sólo tiene unos límites frente a la estupidez; se convierte en una exigencia de gran calado para ser INTOLERANTES con los disgregadores y dar acogida a las posturas diferentes cuando tengan enfoques constructivos. Esa distinción es una de las grandes disyuntivas para la que debemos estar atentos, sin dogmatismos inconsecuentes, pero como tenaces buscadores de los mejores talantes. Es la fascinante ocupación que tenemos por delante..

Artículos del autor

Atiendo hoy a uno de los requerimientos básico, pero poco valorado en estos ambientes de orgullosa prestancia y escaso fundamento; radica en la facultad del pensamiento y por lo tanto está presente en cada ser humano.
A fuer de prepotentes, destacan aquellos individuos con ínfulas de clarividentes; rozan los infinitos con sus propuestas, pues lo abarcan todo y esconden las presumibles carencias.
Los trucos disponibles abundan. Compiten los intereses morbosos con la credulidad estúpida; ambos enturbian la convivencia hasta extremos intolerables.
Quizá fue Eugenio Trías el pensador más centrado en la condición fronteriza de los humanos; entre la conciencia de vivir en este mundo y los misterios de diversa enjundia. En una de sus frases dice: “La razón fronteriza es aquella que corresponde a nuestra propia inteligencia”.
Desconozco las fuentes, sus mecanismos ocultos y su verdadera potencia, pero no me cabe la menor duda, la RUINDAD está instalada entre los humanos como una de sus habilidades constitutivas; como las rosas, sin porqué.
Es cierto, de cualquier cosa hacemos cuestión. En unas ocasiones por puro entretenimiento, casi como un juego placentero.
La razón no juega al todo o nada, las capacidades de las personas difieren y tampoco coinciden las circunstancias idénticas, sobre todo al ser relacionadas con alguien en concreto. A los menos dotados apenas les podemos recabar leves responsabilidades.
El tono despectivo es habitual. Lo constata, pesarosa, una somera mirada sobre las prácticas sociales. Lo que no sea gestado por la mollera propia entra en fase de rechazo o al menos de sospecha intransigente.
 
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