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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Vehemencia inclemente... y sospecha

La vehemencia intolerante introduce los desfalcos mentales. No seamos crédulos
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 9 de febrero de 2018, 07:59 h (CET)
Me centraré en este comentario en ese concepto tan manido de la TRANSPARENCIA, como elemento resolutivo en los diversos campos de las actividades habituales. A veces lo consideraba una cualidad importante, con los años ya no tanto, hasta llegar a pensar que ya no indica el valor que se le suponía. porque si hablamos de lo transparentado, tengo mis serias dudas. Lo mismo digo de cómo llega ese mensaje a los de fuera, y ni yo mismo detecto la esencia de lo que transmito. Al tiempo que resuenan las rotundidades altisonantes, se acrecienta el mur mullo de las sospechas. Todo ello me sugiere la dificultosa precisión del término, sin la cual erramos por una serie de impresiones equívocas.

Qué tanto aportamos de pose, de autenticidad o de razonamiento, cuando intervenimos en la sociedad; supondrá un buen ejercicio de investigación, dadas las dificultades para la delimitación de las parcelas correspondientes. En estos asuntos, la franqueza no es de aplicación sencilla, la mezcla de condicionantes es abrumadora. Las raíces del SUBCONSCIENTE afloran con fuerza en los comportamientos cotidianos, pero no siempre con el debido filtro racional, por lo tanto con la inseguridad de su verdadero significado, actuando muchas veces a ciegas. Alardeamos de mostrar evidencias, donde sólo acumulamos indicios, en un sesgo valorativo de notables repercusiones; porque la autenticidad es equívoca.

La naturalidad es imperfecta aunque fluida, sin resquemores, con el constante jugueteo de las sucesivas impresiones; carece de los artificios venideros, nos presenta las novedades como rutilantes sorpresas sin manchas. En su decurso se colaron arteramente las UTILIDADES, plenas de signos contradictorios, tirando de las intenciones en direcciones divergentes, desvencijando aquel núcleo iniciático ajeno a los conceptos excluyentes. Aparecieron aciertos seguidos de tropezones, también errores apuntando a mil desviaciones. Ese trasiego dificulta el logro de mejores conquistas, siempre adheridos al lastre de la ambigüedad, de incesantes y tercas manifestaciones.

Por eso, al cabo del día, las ramas de los brazos pueden caer abatidas ante las dificultades encontradas en el camino. De interpretación, cuando no comprendemos los afanes desmedidos que nos asedian, de sorpresa, por el descubrimiento de la vacuidad de quienes se presentan orgullosos o las barbaridades acumuladas sin fundamento. Por la INCONGRUENCIA circulante entre los dichos y los hechos, por la ausencia de una comunicación genuina para posibilitar la armonía de las diferencias. Todavía encontramos menos sentido cuando el exámen de las actuaciones propias demuestra defectos, que no pocas veces rondan la complicidad con los peores despropósitos.

Aquellas personas de expresiones rotundas, sobre todo en sus versiones intolerantes, prescinden con excesiva frecuencia de los matices afectivos o emocionales, constitutivos de las particularidades irrenunciables del individuo. No saben de ese contacto TEMBLOROSO con los elementos esenciales de la persona. Del brillo de una mirada limpia, de la ternura de los acompañamientos, de los recodos amorosos vertidos en las relaciones, de la comprensión de otros sentimientos. Cualquiera dirá que el predominio ambiental corresponde a las brusquedades intempestivas, el fragor parece demostrarlo. No obstante, se ha tornado imperativa la reivindicación de las mencionadas vibraciones surgidas de los encuentros respetuosos.

Nos intentan aplicar toda clase de rótulos programados desde fuera, para adscribirnos a unas categorías fijas establecidas de antemano. Sin duda, para tenernos lo más controlados posible y conocer así por donde van las iniciativas particulares de la gente. Pero, no perdamos de vista el hecho de que cualquier persona vive por fuera de esos códigos enmarcados; diversificamos los movimientos según las motivaciones. Conformarse con estos etiquetados favorece los secuestros parciales que son servidores de intereses ocultos. La brisa TONIFICANTE sopla por fuera de esos encajonamientos, permite que cada uno desgrane sus circunstancias, muchs veces en solitario, sin los apoyos esperados.

La ironía de la vehemencia intolerante asienta en su propia FRAGILIDAD, esa débil consistencia, que por otra parte a todos nos afecta sin excepciones alocadas, por lo mismo, carentes de sentido. Por eso, la brisa tonificante que mencioné adquiere las trazas de ser una guía insuperable, que no avanza en dirección a los grandes pedestales, engañosos a rabiar; sino en busca de los campos abiertos. Es una buena maestra, nos encara hacia los horizontes despejados, quizá para que no nos entretangamos con las indecencias de los ambientes populistas. La indagación propia desbrozando los caminos, al alimón con los demás caminantes dispuestos. Apunta a una estética sin artilugios deformantes.

No sé al fin lo que mueve al mundo, si aquellos filósofos anticuados de las palancas o los prestigiosos personajes acaparadores de candente actiualidad; a ver si de tanto mirar las grandezas, mientras tanto caemos al pozo. Bastantes pérdidas nos sobrevienen a lo largo de la vida, para descuidarnos de esa manera. Agarrémonos a las raíces y amores comprometidos en el ARBOLADO de las expectativas fascinantes; ahuyentando los deslumbramientos equívocos, los desprecios procedentes de las abusivas mentes prepotentes y las pasividades quejumbrosas. Parecen cultivos remotos, pero de los que tenemos a mano en abundancia. El progreso de los minúsculos humanitas sigue trayectos autónomos hacia lo desconocido.

La distancia más corta es la línea recta. Será entre dos puntos, porque entre otras entidades resonarán las discrepancias. Dirigidas al infinito, las rectas se alejan de la realidad, esta requiere otros dibujos. ¡Oh, paradoja!, la RECTITUD no puede asentar en una recta; porque esta no sabe de atajos, fragmentos o aproximaciones dificultosas. Sin las dudas e irregularidades de los temblores, adquieren formatos geométricos, sin pulso, agobios, ni circunloquios electrizantes. Su desnudez refleja una fiel remembranza de los diálogos secos, convertidos casi siempre en monólogos muy propensos a los vuelos indeseables. La morada de las rectas es aséptica, sin las dobleces constitutivas de la condición humana.

Las memorias son olvidadizas, si acaso instigadoras de quién sabe qué consecuencias. Su aplicación es casi imposible sobre aquellos que no tomaron parte en su elaboración. Enfrentados a las pérdidas, nos vemos obligados al enlace de los restos disponibles con la mejor creatividad superadora de las trabas naturales. De las falsificaciones artificiosas mo nos libramos tan aína.

Los instantes aún no están emponzoñados. Los hilvanes de lo fascinante comienzan ahí, en ese contacto íntimo de cada ser con sus circunstancias. De dichas relaciones poco podemos afirmar, de las ajenas nada, apenas rozamos sus esencias, Queda la FRANQUEZA del momento con el sello personal en ese condimento existencial poco propicio para las rotundidades.
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