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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Sebastián González Mazas
De la vida de Sebastián González Mazas apenas se sabe nada. Los únicos datos que hasta el momento han trascendido sitúan su nacimiento en algún remoto lugar del norte de España a finales del siglo pasado.

Se cree que tuvo una infancia feliz en el seno de una familia sin desestructurar y que desde muy pronto desarrolló una fijación enfermiza por llevar siempre la contraria. Al terminar la educación elemental probó suerte en el mundo del fútbol, intentando convertirse en internacional Sub 18 por la vía rápida. Sin embargo sus cualidades técnicas no fueron valoradas como a él le hubiese gustado y antes de que le invitasen a colgar las botas, decidió abandonar la práctica del balompie por voluntad propia.

A partir de ahí entró en una fase autodestructiva que le llevó a caer en varias adicciones, siendo la ingesta compulsiva de aceitunas con hueso la más peligrosa. Cuando su existencia parecía abocada al desastre, Sino y Nimo se cruzaron en su camino y le hicieron ver que había vida más allá de las aceitunas. Desde entonces consagró su vida a la elaboración de tiras cómicas.



Email: sinoynimo@gmail.com
Sebastián González Mazas
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Los peligros del tabaco
A la semana siguiente Juan ocupó la portada de toda la prensa nacional por haber matado a un hombre a cuchilladas
Juan García era un tío de lo más aburrido. Estudiante ejemplar, obediente, religioso, aborrecía el fútbol y el deporte en general, no tenía tatuajes ni piercings, no bebía, no se drogaba y no pensaba practicar el sexo hasta el matrimonio. Y todo iba según el plan previsto hasta que una imponente rubia de pronunciado escote y tacones de aguja se cruzó en su camino

Parara de autobuses, 19.45 de la tarde. Juan espera la llegada del bus que le lleve a casa. Una imponente rubia de pronunciado escote y tacones de aguja también anda por allí pero no tiene ganas de ir a casa. Tiene ganas de fumar. Por esa razón aborda a Juan.

- Hola ¿Tienes fuego?
- No, no fumo. Lo siento.
- Más lo siento yo.
- Si quieres puedo conseguirte un mechero.
- ¿De verdad harías eso por mí?.
- Sí, claro, a mi me encanta ayudar a los demás.
- Qué tierno. No sabía que aún quedaban personas así.
- Aunque no lo creas, el mundo está lleno de personas que darían su vida por el prójimo.
- Significa eso que llegado el caso ¿Darías tu vida por mí?.
- No tengas duda. Por ti y por toda la humanidad.
- ¿Y qué pides a cambio?.
- ¿A cambio? No entiendo la pregunta.
- No me digas que todo lo que haces es por puro altruismo, que no te mueven fines materiales.
- No, claro que no. Yo actúo siempre según mi conciencia.
- Mmm. Interesante. Me gustan las personas como tú. Contribuyen a crear un mundo mejor.
- Espera un momento, que voy a por el mechero.
Juan García entra en el estanco de enfrente, compra un mechero y se lo da a la imponente rubia ávida de fumar. Conmovida por el gesto de Juan, la rubia se lo agradece entregándole lo mejor de si misma en la habitación de un hotel.

A la semana siguiente Juan ocupó la portada de toda la prensa nacional por haber matado a un hombre a cuchilladas. El hombre se llamaba Casimiro y, casualmente, era el marido de la imponente rubia de pronunciado escote y tacones de aguja.
lunes, 24 de febrero de 2014.
 
Preguntas sin respuestas
El hecho de que sus súplicas no sean atendidas genera frustación
A medida que van creciendo, en su ansia por desentrañar los misterios del mundo adulto, los niños formulan infinidad de preguntas para las que no siempre tenemos las respuestas adecuadas. El episodio que relataré a continuación es un claro ejemplo de ello.

Les pongo en situación:
La escena se desarrolla en el domicilio de un ex director de una conocida entidad bancaria. Los protagonistas son Julián, un niño de seis años lleno de dudas e inquietudes; y Marian, la madre de Julián, que actualmente pasa por una etapa de incertidumbre y desasosiego que nada tiene que ver con la menopausia.

Para Diego Torres pedirá entre 10 y 15 años y de cuatro a ocho para Jaume Matas. Mientras Marian intenta concentrarse en la lectura de una novela rosa, Julián juguetea con un camión de bomberos. En el equipo musical suena Johan Sebastian Bach. La temperatura es agradable y el porcentaje de humedad en el ambiente no llega al 70%. De fondo empieza a oírse una algarabía de voces humanas provenientes de la escalera...

- ¿Mamá, por qué hay tanto ruido ahí fuera?-
- ¿Ruido? Yo no oigo nada- contesta la madre, que hasta ahora siempre había gozado de una excelente salud auditiva.
- Sí, mamá. Hay gente gritando y, además, están golpeando la puerta. Mamá, tengo miedo.
- ¿Quieres que te ponga los dibujos animados?- pregunta la madre.
- ¿Y esa gente que grita por qué está llamando a papá estafador? ¿Qué es un estafador?
- Anda, hijo, déjate de preguntarme tonterías y vamos a encender la tele que creo que echan un especial de Peppa Pig.
- No, mamá. Ahora no me apetece. Yo a quien quiero ver es a papá. Quiero que vuelva a casa.

Julián comienza a llorar. El hecho de que sus súplicas no sean atendidas le genera una frustración, que al no tener edad para tomar prozac, combate con el llanto. Por un momento, Marian se plantea contarle a su hijo que durante un tiempo papá le quitaba el dinero a los pequeños ahorradores para que ellos pudieran vivir como los Duques de Palma, con la diferencia de que ella sí que estaba al tanto de las tropelías de su esposo, pero recapacita y vuelve a la lectura, descubriendo que el presunto culpable sobre el que gira la trama de la novela no es el mayordomo. .

martes, 11 de febrero de 2014.
 
Corredores anónimos
Corren porque temen al sobrepeso, a la diabetes, a la hipertensión arterial, en definitiva, temen a la muerte.
Si usted se las da de ser humano y vive en alguna ciudad de esas donde el ruido del tráfico le impide escuchar su sonido interior es muy probable que, en alguna ocasión, se haya cruzado con alguno de esos sujetos que se dedican a correr de un sitio para otro sin rumbo aparente.

Desde hace algunos años el footing se ha convertido en una moda que no entiende de edades. Cada día, en las urbes del llamado “primer” mundo, hombres y mujeres de distinta clase y condición, ataviados con una indumentaria indicada para la práctica deportiva se lanzan a una carrera desenfrenada contra sus propios límites.

Por la mañana, por la tarde o por la noche. Cualquier momento es bueno para echarse unas saludables carrerillas sobre el asfalto. Cada cual ajustará su sesión diaria de footing en función de sus horarios personales. Correr se ha convertido para muchos en una necesidad.

Imelda Blanco, rata de alcantarilla que de vez en cuando abandona las cloacas para darse un garbeo por la ciudad, ya está muy familiarizada con el fenómeno del footing entre los humanos, sin embargo no por ello deja de hacerse preguntas:

- ¿Pero por qué corren?.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y con la excusa de que había bebido unas botellas de vino de más, dejé caer esta misma pregunta en uno de los bares que frecuento. Dionisio, uno de los parroquianos más longevos fue el único que se atrevió a responder:

- ¿Pues porque va a ser? Por miedo.

Le animé a que me razonase la respuesta, no sin antes invitarle a otra botella de vino.

- Está muy claro. Corren porque temen al sobrepeso, a la diabetes, a la hipertensión arterial, a las enfermedades cardiacas, a la atrofia muscular, en definitiva, temen a la muerte.

Entonces me acordé de aquella mítica película de Ridley Scott donde un fornido replicante le decía a un temeroso Harrison Ford que vivir con miedo es lo mismo que sentirte como un esclavo.

Por suerte en Burgos parece que la gente ha dejado de correr.

lunes, 20 de enero de 2014.
 
 
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