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Robert J. Samuelson
The Washington Post Writers Group
Robert Jacob Samuelson es un escritor del The Washington Post Writers Group cuyo estilo se caracteriza por reducir complicados debates sociales y económicos a ideas razonadas y nociones de sentido común. Escribe una vez por semana para SIGLO XXI, medio que dispone de sus derechos de publicación en exclusiva para medios digitales en España.

La columna semanal de Robert Samuelson explorar temas políticos, económicos y sociales. Ayuda a que los lectores capten las sutilezas de los hechos, las cifras y las declaraciones enfrentadas para dar lugar a conclusiones de sentido común materias intimidatorias.

Samuelson inició su carrera periodística como reportero de la sección de economía de Washington Post en 1969. Sus artículos eran publicados por el Times of London, el Los Angeles Times, The Boston Globe y The New Republic entre otras publicaciones. Ingresó en el National Journal como corresponsal de economía en 1976 y empezó a escribir su columna "Economic Focus."

En 1984, Samuelson se unió a Newsweek como editor de colaboraciones. Ha ganado numerosos premios, entre los que destacan el Premio John Hancock al mejor columnista financiero y el Premio Nacional en 1981.

En 1997 la revista Washingtonian le declaró entre sus 50 periodistas más importantes de la capital se licenció por Harvard en 1967 con un doctorado en gobierno.
Robert J. Samuelson
Últimos textos publicados
Los súper ricos como arma arrojadiza
¿Quiénes son estas personas? ¿Cómo llegaron a ser tan ricas?
WASHINGTON -- Con independencia de lo que sean además, los súper ricos han pasado a ser ya patrimonio político. Debemos esto al Presidente Obama y al candidato conservador Mitt Romney. Obama cree poder explotar la ola de resentimiento hacia las rentas altas para alcanzar la Casa Blanca en una segunda legislatura; y la fortuna del Republicano Romney, calculada en 190 millones de dólares como mínimo, le sitúa entre los súper ricos.
 
Sin vacilar, el Congreso debería de tramitar "la tasa Buffett" bautizada en honor al multimillonario Warren Buffett, que reparó en que su tipo impositivo de la declaración del ejercicio 2010 (17,4%) era alrededor de la mitad del que tributa su secretaria. La explicación es que los ingresos de Buffett proceden en su mayor parte de los dividendos y los beneficios de inversiones -- beneficios de la venta de valores y otros activos -- que disfrutan de un tipo impositivo reducido del 15%. Esto no es ni socialmente justo ni económicamente necesario.
 
La tasa Buffet todavía imprecisa de Obama impone en apariencia un tipo fiscal mínimo del 30% a las rentas que superan el millón de dólares. Los Republicanos deberían de apoyarla. Los incentivos económicos a la inversión expuesta no se vendrían abajo. Con el Presidente Reagan, el tipo máximo a los beneficios de la inversión fue del 28 por ciento. La economía salió airosa. Y tramitar la tasa Buffet mejoraría la transparencia política.
 
Como aperitivo, no se simularía, como simula Obama, que gravar a las rentas súper altas solucionaría de golpe el problema del déficit. Esto es lo que dijo durante el discurso del Estado de la Nación.
 
"¿Queremos conservar estos privilegios fiscales destinados a los estadounidenses más ricos? ¿O queremos proteger nuestra inversión en todo lo demás, como la educación o la investigación médica, un ejército fuerte o la atención de nuestros veteranos? Porque si somos serios a la hora de extinguir nuestra deuda, ambas cosas no nos las podemos permitir".
 
Desde luego que no. En septiembre, la Oficina Presupuestaria del Congreso situaba el déficit a 10 años en los 8,5 billones de dólares. El colectivo independiente Tax Foundation calcula que la tasa Buffett recaudaría hoy 40.000 millones de dólares por ejercicio. Ciudadanos por la Justicia Fiscal, un colectivo de izquierdas, calcula 50.000 millones. Con crecimiento económico, el total a 10 años vendría a situarse entre 600.000 y 700.000 millones de dólares. Sería una ayudita; eso es todo. "El objetivo de la tasa Buffett no es cerrar la brecha entre lo que ingresa el Estado y lo que gasta", ha dicho Buffett. Siguen habiendo decisiones difíciles, en parte porque los cálculos del déficit en vigor ya dan por sentados importantes recortes en la defensa.
 
También es un mito que todas las rentas súper altas disfruten de tipos impositivos bajos. Durante el ejercicio 2007, el punto porcentual de rentas más altas tributó un tipo impositivo medio del 29,5% y proporcionó el 28,1% de la recaudación federal, según la Oficina Presupuestaria. A cuenta de sus ingresos y de sus sueldos, muchos de los súper ricos pagan el tipo de la horquilla fiscal más elevado del 35%, además de la retención del programa Medicare para la jubilación del 1,45% de la nómina.
 
¿Quiénes son estas personas? ¿Cómo llegaron a ser tan ricas?
 
En un estudio, los economistas Jon Bakija, Bradley Heim y Adam Cole desglosan el 1% de rentas más altas de la siguiente manera: ejecutivos corporativos de grupos no financieros, el 30%; médicos, el 14%; profesionales de las finanzas (banca, fondos de inversión, fondos de pensiones), el 13%; abogados, el 8%; ingenieros informáticos y expertos en ordenadores, el 4%; comerciales, el 4%; astros del deporte, de los medios y de la industria del celuloide y la televisión, el 2%. El resto incluye a granjeros, gestores, promotores inmobiliarios y científicos.
 
La mayoría de esta gente probablemente se hizo rica a la vieja usanza. Trabajaron duro, abrieron negocios (uno de cada ocho es emprendedor o directivo de una empresa de la que posee alguna parte), o demostraron tener gran talento. Pero las virtudes tradicionales no pueden explicar la creciente concentración de la riqueza. De 1950 a 1980, el 1% de rentas más elevadas suponía más o menos el 10% del patrimonio de los estadounidenses; hacia el año 2000, este porcentaje había llegado a rondar el 20%, donde ha permanecido, según calculan los economistas Emmanuel Saez y Thomas Piketty.
 
Hay explicaciones por doquier: las remuneraciones "de superestrella" para los que están en la cima; la globalización (al ampliar los mercados a los que tienen talento); las alambicadas prácticas de compensación corporativa. Pero el principal factor que contribuye fue el largo período de crecimiento en el mercado de las finanzas que infló de forma artificial el valor de las opciones sobre acciones de los ejecutivos y las compensaciones en el sector financiero. "Muchísima gente dentro de este grupo (gestores, banqueros, corredores) tienen salarios que dependen directamente del mercado financiero y de la cotización", dice el economista Jon Bakija.
 
Piense: de 1980 al año 2000, los valores multiplicaron su cotización prácticamente por 10; de 2000 a 2007, el beneficio rondaba el 40 por ciento. Y la principal causa del ciclo de prosperidad fue la caída libre de la inflación, que redujo de forma paulatina los tipos de interés. A medida que los tipos caían, la cotización de los valores y el valor de los demás activos crecían. Los ultra ricos rentabilizaron en parte la suerte sin más. Irónicamente, dado que el ciclo de crecimiento ha concluido, el crecimiento de las desigualdades podría detenerse o invertirse (las pagas extraordinarias en el sector financiero se están contrayendo) a medida que los ataques políticos vertidos contra las rentas altas se intensifican. De 2007 a 2009, la cifra de declaraciones a devolver con rentas que superaban el millón de dólares se desplomó un 40%, según Scott Hodge, del colectivo independiente Tax Foundation.
 
Así que vale, que suban los tipos de la tasa Buffet y las demás retenciones hasta los niveles que tributa la clase media-alta. Pero que reconozcan que la retórica populista contra las rentas altas se debe sobre todo a la conveniencia política. Ello distrae la atención de las graves cuestiones a las que se enfrenta el país -- crear empleo y cerrar el déficit presupuestario a largo plazo. La reacción contra las rentas altas crece; un sondeo Pew concluye que el 66% de los estadounidenses considera que hay conflictos "graves" entre ricos y pobres, porcentaje superior al 47% registrado en 2009. Marear la perdiz con esto es más fácil que abordar el futuro.
 

martes, 31 de enero de 2012.
 
¿Un futuro energético más prometedor?
Estados Unidos afronta un gran consumo energético en el fín de los combustibles fósiles
WASHINGTON -- Una semana después de que el Presidente Obama negase la licencia al oleoducto Keystone XL -- que transportaría el crudo de los yacimientos de petróleo canadiense de bituminosa de Alberta hasta las refinerías estadounidenses ubicadas a lo largo del Golfo de México -- es hora de contrastar los hechos. ¿Qué reservará el futuro? Puede ser mejor de lo que cree. Ese es uno de los mensajes del informe "Perspectiva Energética Anual" elaborado por la Agencia de Información Energética de los Estados Unidos, en el que se calcula la oferta y la demanda de combustibles de aquí a 2035.
 
Hasta Obama pecó de optimista en su discurso del Estado de la Unión. El informe de la Agencia insinúa tres conclusiones importantes.
 
En primer lugar, a pesar de los importantes avances en el ahorro energético y el incremento del uso de las "energías renovables" (eólica, solar, biocombustibles), los combustibles fósiles van a seguir siendo muchos años el recurso energético convencional de América. En el año 2010, los combustibles fósiles supusieron el 83% del consumo energético estadounidense, con el crudo en el 37%, el gas natural en el 25% y el carbón en el 21%. Aunque el consumo energético total solamente crece un 10% entre 2010 y 2035, el porcentaje de los combustibles fósiles se mantiene elevado en el 77% en 2035. El crudo representará el 32%, el gas natural el 25% y el carbón un 20%.
 
En segundo lugar, harán falta esfuerzos hercúleos para limitar de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero. Las mejoras del ahorro y el uso generalizado de las energías renovables son contrarrestados por el incremento de la demanda energética de una población mayor (390 millones en 2035, con respecto a los 310 millones de 2010) y más hogares, más edificios de oficinas, más centros comerciales y más vehículos. En el año 2035, las emisiones de dióxido de carbono -- el principal gas de efecto invernadero -- se calculan un 3% superiores a las de 2010. Esto contrasta con el descenso del 50% al 80% que algunos científicos dicen hará falta a mediados de siglo para estabilizar las temperaturas globales.
 
Por último, la extracción de crudo y gas natural estadounidenses son sectores de la economía que están experimentando un crecimiento por encima de la media. Durante años, parecieron sufrir un declive irreversible. Las importaciones petroleras crecían, y la mayor demanda de gas natural se satisfacía a través del gas natural licuado extranjero (LNG). Ahora, los avances en la técnica minera de la "fractura hidráulica" (utilizar agua a presión para "fracturar" el acceso a los yacimientos de gas y petróleo de difícil extracción) han abierto a la explotación nuevos yacimientos. Entre 2007 y 2010, la producción petrolera norteamericana creció de 5,1 millones de barriles diarios (mdb) a 5,5 millones de barriles diarios. Hacia el año 2020, la extracción alcanzará la cota de los 6,7 millones de barriles diarios, según calcula la Agencia. Las importaciones de petróleo están descendiendo paulatinamente, y la mayor producción de gas natural convertirá a Estados Unidos en potencia exportadora hacia el año 2016, según la Agencia.
 
Visto de esta forma, nuestro futuro energético parece tranquilizador. Nos hemos vuelto enormemente ahorrativos. En el año 2010, para obtener un dólar de producción industrial (en producto interior bruto) era necesaria la mitad de la energía que hacía falta en 1980. Esto es reflejo de vehículos de menor consumo -- la respuesta a los precios más elevados de la gasolina y a las normas de ahorro de combustible del estado -- y del paso de una economía industrial de elevado consumo energético a una economía de servicios. Un parque empresarial de 5.000 trabajadores consume menos luz que unos altos hornos con 5.000 peones del metal. La Agencia de Información espera que estas tendencias se prolonguen; el consumo energético por dólar de PIB se calcula que descenderá entre 2010 y 2035 un 42%.
 
Mientras tanto, la producción energética nacional está creciendo y -- pasmosamente -- la dependencia de la energía importada se está desplomando con rapidez. En el año 2010, las importaciones de crudo representaron el 49% del consumo estadounidense, por debajo del 60% del año 2005. Hacia el año 2035, las importaciones podrían bajar el 36%, según calcula la Agencia. Todo esto parecen buenas noticias.
 
Pero no se ve la energía de esta forma. Predicamos a los cuatro vientos objetivos más ambiciosos: ser energéticamente "independientes" o detener en seco el calentamiento global. Y estos objetivos -- como también demuestra el informe de la Agencia -- son inalcanzables a corto plazo, de serlo alguna vez. En ausencia de nuevos yacimientos enormes, no vamos a extraer crudo suficiente para satisfacer nuestras necesidades. De hecho, las premisas de la Agencia a tenor de los biocombustibles, que hacia el año 2035 se habrán triplicado más o menos, también podrían ser demasiado optimistas. Si es así, las importaciones de crudo superarán los cálculos de la Agencia. (Para el año 2035, la Agencia de Información Energética espera que los biocombustibles representen el 12% del consumo de combustibles líquidos, con respecto al 4% del año 2010).
 
Mismo caso del calentamiento global. Es difícil concebir la forma en que, trabajando con supuestos plausibles, se puedan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma sustancial en el futuro próximo. Las presiones de la demografía y el crecimiento económico desbordan el ahorro energético o los cambios en favor de las energías "verdes". Por ejemplo, las energías renovables (eólica, solar, biomasa, geotérmica) se calcula que duplicarán su consumo hacia el año 2035. Aun así, incluyendo la hidroeléctrica, apenas representan el 16% de la luz generada en 2035. Dominan el carbón y el gas natural.
 
Hemos de ver las cosas como son, no como nos gustaría que fueran. Caso del oleoducto Keystone XL. Podemos depender indefinidamente de las importaciones de crudo, pero no todas las importaciones de crudo son iguales. El petróleo canadiense, transportado al sur mediante oleoducto, es casi igual de seguro que el crudo norteamericano. Los yacimientos de bituminosa canadiense están produciendo hoy en torno a 1,9 millones de barriles diarios; hacia el año 2035, la Agencia espera que se alcancen los 5 millones de barriles diarios. El rechazo al oleoducto Keystone no servirá para limitar las emisiones. Simplemente empuja a Canadá a explorar formas de vender a China y al resto de clientes asiáticos.
 
La perspectiva energética no es mala del todo. Con sentido común, podría ser todavía mejor.
jueves, 26 de enero de 2012.
 
Por qué se durmió la Reserva
"Escasa Alarma Mostrada en Primeros Momentos de Crisis Inmobiliaria", titulaba The Wall Street Journal
WASHINGTON -- La reciente desclasificación de la transcripción de las deliberaciones en 2006 del principal órgano legislativo de la Reserva Federal suscitó un pequeño circo mediático. "Escasa Alarma Mostrada en Primeros Momentos de Crisis Inmobiliaria", titulaba The Wall Street Journal. The Washington Post convenía: "Mientras se preparaba la crisis económica, la Reserva permanecía indiferente en apariencia". The New York Times reiteraba: "En la Reserva en 2006: Crisis Inminente, y Ambiente Festivo".

Las intervenciones de los integrantes del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) parecen a estas alturas desafortunadas. El primer encuentro en 2006 fue el último del gobernador saliente de la Reserva Alan Greenspan. Janet Yellen -- la secretario por entonces del Banco de la Reserva Federal de San Francisco y hoy vice de la Reserva -- decía "la situación que deja usted a su sucesor se parece mucho a una raqueta de tenis con una cabeza enorme". El Secretario del Tesoro Timothy Geithner -- por entonces director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York -- llamaba "formidable" a Greenspan y sugería que su reputación ya sublime crecería todavía más. No había ninguna impresión de crisis inminente.

Cierto todo, pero ello invita a plantear la pregunta capital: ¿por qué? Los integrantes del FOMC no eran idiotas, no eran vagos ni estaban desinformados. Podían convocar a un masivo gabinete de economistas para realizar análisis. Y aun así, estaban desprevenidos.

No es cierto que no vieran el período de crecimiento inmobiliario ni que no se dieran cuenta de que estaba acabando. En la primera sesión de 2006, un responsable económico de la Reserva destacaba que "nos aproximamos a un punto de inflexión del período de crecimiento inmobiliario. La pregunta preferente ahora mismo es si sufriremos (a) un aterrizaje gradual... o una contracción más acusada".

En esa misma sesión, la gobernadora del sistema de la Reserva Susan Bies advertía que los estándares crediticios para la concesión de hipotecas se habían flexibilizado peligrosamente. Explicaba que las letras de las hipotecas de tipo variable se estaban disparando. Se temía que muchos prestatarios no pudieran abonar las letras encarecidas. El lánguido crecimiento inmobiliario preocupaba a muchos funcionarios de la Reserva.

Pero ellos -- y la mayoría de los economistas privados -- no llegaron a las conclusiones idóneas. Casi nadie planteaba si el negligente préstamo hipotecario no provocaría una crisis económica generalizada, porque América no había sufrido una crisis económica generalizada desde la Gran Depresión. Una verdadera crisis financiera difiere de la caída libre de los valores, cosa común. Una crisis financiera implica la quiebra de entidades bancarias entre otras instituciones, episodios de pánico bancario en múltiples mercados y la pérdida contagiosa de riqueza y confianza.

Una crisis así no formaba parte de la experiencia en primera persona de los integrantes del Comité de Mercado Abierto -- ni de nadie. Tampoco formaba parte del razonamiento económico convencional. Dado que no se había registrado en décadas, se dio por sentado que no podía suceder. Se habían registrado burbujas inmobiliarias con anterioridad. Entre 1964 y 1966, la compraventa de vivienda de nueva construcción se desplomó un 24%; entre 1972 y 1975, un 51%; de 1979 a 1982, el 39%; de 1988 a 1991, el 32%. La caída de la construcción había alimentado desaceleraciones económicas y recesiones. De forma que la pregunta natural parecía ser: ¿estará sucediendo esto ahora? La respuesta parecía ser "no". La forma de la economía en general era fuerte. Este es el motivo más evidente de todos de que hubiera una actitud inconsciente en el Comité de Mercado.

Pero no es la principal razón, que sigue sin identificarse de forma generalizada. Desde la década de los 60, la dinámica de la legislación económica ha pretendido suavizar los ciclos de la actividad económica. Las democracias anhelan prolongadas horquillas de prosperidad, y los economistas se han disfrazado de tecnócratas con las herramientas para solventar los ciclos de crecimiento y contracción alternados propios del capitalismo pre-Segunda Guerra Mundial. Resulta que exageraron lo que sabían y lo que sabían hacer.

Se da la paradoja de la legislación económica. Cuanto más se logra prolongar los períodos de prosperidad a corto plazo, más se estimula el comportamiento desestabilizador a largo plazo entre empresas, entidades bancarias, consumidor, inversores y estado. Si creen que la estabilidad elemental está garantizada, correrán más riesgos -- suavizarán los requisitos crediticios, se endeudarán más, practicarán más maniobras especulativas, flexibilizarán la política salarial y los precios -- que finalmente desestabilizarán más la economía. Los largos periodos de prosperidad auguran crisis más acusadas.

Desde la Segunda Guerra Mundial, esto ha sucedido en dos ocasiones. Durante la década de los 60, la denominada "nueva economía" prometía que, manipulando los presupuestos y alterando los tipos de interés, se podían asfixiar los ciclos de actividad. El consiguiente período de expansión se extendió a lo largo de la década de los 60; la crisis se prolongó hasta los primeros años 80 e incluyó una inflación del 13%, cuatro recesiones y máximos mensuales del paro en el 10,8%. El episodio más reciente fue el de la denominada Gran Moderación de la Volatilidad, paralelo prácticamente al paso de Greenspan por la Reserva (1987-2006), momento en que hubo solamente dos recesiones suaves (1990-91 y 2001). Ahora atravesamos la contracción.

La Reserva estaba desprevenida sobre todo porque pasó por alto la posibilidad de un periodo de contracción posterior al decrecimiento. No se dio cuenta de que su éxito a la hora de mantener la prosperidad -- algo por lo que se entroniza a Greenspan -- podría sembrar las semillas de un fracaso más grave. Se convenció de la noción exagerada del "progreso" económico constante.

La Gran Moderación engendró a la Gran Recesión. Una implicación es que una economía cortoplacista menos estable se vuelve más estable a largo plazo al recordar a todo el mundo riesgos e incertidumbres. Sacrificar los períodos prolongados de crecimiento podría amortiguar los períodos de contracción posteriores. Pero esta noción no resulta atractiva a los economistas ni a los políticos. Irónicamente, la moraleja de la crisis económica es ignorada a propósito.
lunes, 23 de enero de 2012.
 
 
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