La apuesta era arriesgada. Abrir la temporada con una de las obras más rígidas de la música clásica como el Réquiem de Mozart era un reto que la Orquestra Simfònica del Vallés quería revestir desde una nueva perspectiva. Comediants, uno de los grupos teatrales con una trayectoria más dilatada en Cataluña, tenía la oportunidad de escenificar la tragedia de las sombras mozartianas y reforzar su discurso musical a través de un movimiento escénico.
Abrió el concierto la Sinfonía nº 10 de Mozart, con un ángel vestido de blanco repartiendo flores entre los músicos. Ocho minutos de exquisita interpretación, brillando con luz propia los oboes y las trompas y que puso de manifiesto la excelente dirección de Enrico Onofri, miembro de Il Giardino Armónico, que supuso todo un festival de maestría, sensibilidad y fuerza.
La apuesta arriesgada de la noche venía de la mano del Rap para Mozart, una composición nebulosa del mexicano Sergio Cárdenas. Un raro sui géneris en la que los músicos además de tocar de manera convencional, alternaban con sus voces con el rapero principal. Todo un desafío de coordinación musical y vocal de forma simultánea que la orquesta realizó de manera extraordinaria. Excelente la interpretación del actor catalán Jordi Vidal, que dio vida al personaje, aunque cabe decir que la puesta en escena resultó un tanto confusa.
Lo mejor de la noche, el réquiem de Mozart que cerraba el concierto. Una versión en la que la liturgia, la teatralidad, la escenificación de Comediants y la oscuridad se mezclaban con una facilidad pasmosa. Sobresaliente el coro del Orfeó Català. Seguros, afinados, hicieron honor a su reconocida y merecida fama. Fantástico el trabajo de coherencia y de fuerza que impuso el director italiano, auténtico motor de la noche y notables los solistas, entre los que cabe destacar Marta Mathéu, que con su timbre definido y perfecto para la música barroca, demostró por qué es una de las mejores voces del país.
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