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Antonio Moya Somolinos
Antonio Moya Somolinos
La ética o moralidad viene inscrita en el interior de cada persona
Escribo estas líneas en pleno estallido del escándalo de presunta corrupción ligada al Canal de Isabel II que ha llevado a la cárcel a Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, y ha salpicado a Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre y unos cuantos más, habiendo sucedido esto solo una semana después de que el juez llamara a declarar como testigo a Mariano Rajoy por el asunto, ya rancio, del caso Gürtel, que es de las cosas con más mierda que se recuerdan en este país, aunque un buen ejercicio de memoria (o de hemeroteca) nos llevaría a darnos cuenta de que esto no es más que un caso más de una larga cadena.

Hace días, hablando en un bar con varios amigos sobre estos temas, uno de ellos apuntó una idea que me parece muy interesante. Decía que a su juicio el problema de la corrupción en este país radica en la falta de paradigmas, en el sentido de que las nuevas generaciones de políticos, generalmente vinculados a la Administración Local y parte de la autonómica, no han tenido ejemplos o paradigmas suficientes de honradez en los políticos de la anterior generación, que es la que está desfilando hoy día por los tribunales.

Esto lleva a que, como lo único que han conocido los jóvenes políticos es la corrupción, no saben actuar honradamente porque les faltan modelos, hechos vida, honrados, en quienes fijarse o de quienes extraer principios válidos que les puedan ser útiles en su carrera política.

No estoy del todo conforme con este amigo mío porque entiendo que la ética o moralidad viene inscrita en el interior de cada persona. En una palabra, que me considero alineado con los iusnaturalistas, es decir, que lo bueno es algo que lo detecta de modo natural el ser humano, con independencia de que los que tenga alrededor, lo practiquen o no. El hombre tiende al bien moral, es su conciencia la que se lo señala, con independencia de lo que hagan los demás.

Hecha esta aclaración, creo de justicia añadir la observación de Santo Tomás sobre la ley natural, en el sentido de que, aunque está en principio al alcance de todos los hombres, también es cierto que no es fácil llegar a ella siempre, siendo arduo su conocimiento, debido a que la conciencia puede sentirse ofuscada con la propia tendencia a la inmoralidad, y esta a su vez potenciada por la inmoralidad ajena, todo lo cual puede llevar a tirar la toalla y pensar que es imposible ser bueno, que todo el mundo está corrupto y que el que numantinamente quiera resistir es un gilipollas o un iluso al que le van a dar todas en el mismo lado.

Si a ello le unimos el reinante sentido de ausencia casi total de trascendencia, entonces ya no hay más que decir: Aquí hay que montárselo lo mejor posible para trincar de donde se pueda. Comamos y bebamos, que mañana moriremos. A vivir, que son dos días. En cualquier caso, dinero, dinero y dinero. Y por supuesto, negro, que es el que no deja rastro.

Los caminos hacia el dinero negro son infinitos, sobre todo desde la política. Las posibilidades de crear dinero negro desde el poder (aunque sea un ámbito pequeño de poder) son inmensas y no es necesario crear las llamadas “tramas”; basta la “comisión”, la “recomendación”, el “favor” o “intercambio de favores”. Todo muy sutil.

En lo que sí coincido con este amigo mío es en que lo que preocupa a bastantes políticos jóvenes es evitar el delito, cuando lo que les debería impulsar es la excelencia de una vida moral basada en principios sólidos. Evidentemente, no vamos a obligar a estos políticos a creer en Dios y a orientar su vida de acuerdo a las exigencias morales de la propia naturaleza creada por Dios. Pero también es cierto que no les vendría mal creer en Dios. Y no solo creer en Dios, sino entender su vida en función de esa creencia, o lo que es lo mismo, pensar que la creencia en Dios tiene un sentido práctico y que Dios no es un simple florero decorativo para quedar bien de vez en cuando, sino para sacrificarse, si llega el caso, y actuar coherentemente con esa creencia.

Plantear la vida huyendo del Código Penal en vez de actuar por principios, es un error, no solo desde un punto de vista global, sino también porque plantear la vida como una huida del delito tipificado es entender el Código Penal como un conjunto desconexo de recetas, de líneas rojas, en el que no está desentrañado el hilo conductor, y por tanto, no hay manera de entenderlo; todo lo más, aprenderse de memoria tipos delictivos que no conviene vulnerar.

Actuar así es como para terminar mal de la olla después de atravesar un estrés permanente. No digo que no haya que conocer el Código Penal, pero hay que saber la razón de ser del actuar moral. Bien es sabido que los códigos penales, además de su función punitiva, tienen una función docente en la medida en que cabe pensar que si una actuación aparece tipificada en el Código Penal es porque existen razones para pensar que naturalmente es censurable. Pero esa función docente debe dar por supuesta una formación ética y moral que suponga la razón de ser de esas recetas.

Los jóvenes políticos españoles están, en general, desvalidos. El ejemplo desastroso de la inmediata generación que les ha precedido, la antirreligiosidad reinante, cuando no la indiferencia religiosa, la ausencia de una formación liberal iusnaturalista y la ausencia de paradigmas basados en la honradez y la caridad social (como diría Benedicto XVI) llevada a la política, han llevado a este país a ser un auténtico patio de Monipodio, aunque por lo que acabo de decir, esto venga de atrás. Que se lo digan a Miguel de Cervantes (en cuyo aniversario de fallecimiento escribo estas líneas), que como el 99% de los escritores, no inventaba la realidad, sino que copiaba de ella, y que describió al pie de la letra lo que pasaba en Sevilla cuando escribió Rinconete y Cortadillo.

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