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Antonio Moya Somolinos
Antonio Moya Somolinos
La dignidad del hombre no le viene de la comunidad a la que pertenezca
Aun a sabiendas de que me puedo repetir más que las morcillas, diré una vez más que desde hace tiempo vengo entendiendo que los seres humanos se dividen en dos grupos: liberales y socialistas. No hablo de política, sino del modo de entender la vida y de planteársela, en función de esas dos tendencias humanas: la libertad y la sociabilidad. Hay quienes son claramente apasionados de la libertad propia y ajena y hay otros que lo son de la relación con los demás que lleva a compartir con ellos la vida formando una comunidad, la que sea (un matrimonio, una familia, una comunidad religiosa, un partido político, una asociación profesional, etc.).

Cualquiera de las dos tendencias es buena. La dignidad del hombre no le viene de la comunidad a la que pertenezca, sino de su individualidad irrepetible como hijo de Dios, aunque "no es bueno que el hombre esté solo", puesto que es imagen de Dios, que es Trinidad, esto es, familia. Lo mejor es ser a la vez liberal y socialista. Juan Pablo II era liberal y Francisco es socialista. Por eso yo me quedo con Benedicto XVI, que es una síntesis perfecta de liberal y socialista. Repito que no estoy hablando de política. Juan Pablo II era un buen liberal y Francisco es un buen socialista, pues como no podía ser de otro modo, ni uno ni otro han caído en los defectos de un liberalismo o socialismo al margen de Dios en los que se entendieran mal los valores individuales de la persona o su sociabilidad, porque para uno y otro, por encima de consideraciones antropológicas abstractas, ha prevalecido el amor a Dios y al prójimo, es decir, la caridad, una consecuencia de la cual, es la misericordia, a la cual estamos dedicando un año que ya se va acabando. O se ha acabado.

Si no hay caridad, no hay misericordia, pues esta última parece marcar el acento en poner el corazón en el hermano que padece alguna miseria, ya sea espiritual o material, pero mal se podrá poner ese corazón si no hay caridad, si no estamos preparados para amar a nuestros hermanos, padezcan miseria o no, con el amor de Cristo. No con "nuestro" amor, sino con el amor de Cristo, infundido por Dios en nosotros por el bautismo, por los demás sacramentos y a través de la oración.

Entiendo que la caridad consiste fundamentalmente en aceptar al otro, en aceptar al prójimo como es, no como desearíamos que fuera. Amarle como es con el amor de Cristo. Esto es dificilísimo, pero es posible. Aceptar la individualidad del prójimo es la base de la sociabilidad, aunque parezca una contradicción. En el ámbito cristiano, quien no viva la caridad así, sin duda fracasará en lo comunitario, ya sea en su matrimonio, en su familia, en su comunidad política, religiosa, cultural o del tipo que sea.

Leí hace poco unas palabras de Voltaire terribles, que dedicó a los jesuitas de su época. Probablemente fueron unas palabras injustas porque no todos los jesuitas de la época de Voltaire serían acreedores a ellas. Pero es un aviso para navegantes, es decir, para todas las comunidades en las que lo que sirva de unión a sus miembros sea un vínculo de motivación religiosa y que se rigen por alguna normativa, ya sean estatutos, constituciones o lo que sea, ya que en último término, lo que se espera de todas esas realidades eclesiales es que lo que les una sea la caridad de Cristo.

Las palabras de Voltaire eran estas: "Se agrupan sin conocerse, viven sin quererse y mueren sin llorarse".

Voltaire no era precisamente un dechado de caridad, pero parece que era un buen observador y un perfecto retratista de esa ausencia de caridad que él y otros muchos esperaban en quienes debían dar ejemplo de ella. No menos terribles son otras palabras parecidas, cuyo autor no he podido llegar a saber, que expresan esa degeneración de la caridad, surgida en no pocas comunidades católicas en las que se codifica y regula exhaustivamente la vida cristiana y en las que aparece el prototipo del "tocagüevos", que constantemente juzga y critica la vida de los que tiene al lado en vez de hacer examen de conciencia de su propia vida, anteponiendo la preferencia de que esa comunidad funcione como una perfecta máquina, en detrimento de la caridad y la comprensión hacia los miembros más “imperfectos” de dicha comunidad. Las palabras a que me refiero hablan de los lugares de reunión de esas comunidades: "sus casas son conjuntos de personas que se dedican a coronarse de espinas mutuamente".

Al hablar de esto con una vecina mía, me refirió unas palabras de José Luis Martín Descalzo en las que hablaba de los sacerdotes de una determinada diócesis: "Ni se aman ni se odian; simplemente se ignoran". Al parecer, la alternativa de no pocas comunidades cristianas está en coronarse mutuamente de espinas o en el mejor de los casos obsequiarse con la indiferencia, la cual puede verse como un mal menor que evita la guerra constante, aunque también podría entenderse como una actitud según la cual el prójimo tiene menos valor que si se le odiara, por cuanto al odiarle, por lo menos se daría por supuesta su existencia.

Me parece que todo esto debería hacernos pensar muy seriamente y hacer autocrítica, pues la Iglesia no se construye con piedras, sino con caridad. De la antigua iglesia de Efeso, que abandonó la primera caridad, no ha quedado nada. Lo advirtió San Juan en el apocalipsis. Me parece que, como niños pequeños, no vendría mal que copiáramos cien veces el título de aquel motete gregoriano: "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios". Cien veces: "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", "Donde hay caridad y amor, ahí está Dios", . . .

(Corolario: Donde no hay caridad ni amor, ahí no está Dios. Aunque esté en el sagrario. Vaya, que está, pero no está).

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