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Antonio Moya Somolinos
Antonio Moya Somolinos
¿Qué buscamos, la seguridad o la verdad?

Quienes vamos cumpliendo años, nos damos cuenta de que la realidad es más polifacética y compleja de lo que parece a simple vista, que todo no se reduce a blanco o negro, que aunque no todo es relativo, es mucho lo que lo es, que no existen buenos y malos, sino que todos tenemos algo de bueno y algo de malo, de modo que los que antes nos parecían totalmente buenos, no lo son tanto, y los que nos parecían malos también son buenos, y que todo el mundo tiene sus razones, aunque no concuerden con las nuestras.


Las simplificaciones no son buenas porque deforman la realidad, exagerando algunos aspectos y anulando otros. Las ideologías no son buenas porque fanatizan el entendimiento e idolatran las ideas para convertirlas en instrumentos de poder, sin justificación, que pueda arrollar a quien se oponga a ellas, prescindiendo del razonamiento y de la inteligencia.

Pero lo peor de lo peor es corresponder a una ideología con otra ideología. En un escenario así, desaparecen las ideas, el discurso y el diálogo para dar paso a la irracionalidad y la pasión, cuando no a la violencia, cuando las ideas nunca deben llevar a la violencia.


Sobre la llamada ideología de género se ha escrito mucho y leído poco. Es un tema que ha concitado enemigos irreconciliables antes de sentarse a dialogar. No es una cuestión nueva, sino de bastantes décadas de andadura. No vendría mal examinar la trayectoria. Hay mucho escrito. Yo leí hace tiempo un libro de Jesús Trillo Figueroa bastante esclarecedor, que lo recomiendo para tener una visión panorámica de la cuestión.


Sin embargo, en el mundo en que vivimos, en el que no hay mucha gente con tiempo o ganas para empaparse un libro, expondré brevísimamente en qué consiste la ideología de género.


La perspectiva de género es la que sustituye el sexo por el género, siendo el primero un dato natural, y el segundo una construcción cultural; el primero viene dado, el segundo se puede elegir y modelar. Si se plantea una antropología en la que se sustituye el sexo por el género, entonces ya cabe elegir el sexo como quien elige unos zapatos en la zapatería. A mi modo de ver, el error está en confundir sexo con género, en no reconocer el sexo como un dato natural.


La ideología de género es elevar la perspectiva de género expuesta a la categoría de ideología, es decir, a practicar la intransigencia y el fanatismo frente a quien sostenga lo contrario.


Pero lo peor contra una ideología es responder con la ideología contraria. Es preciso intentar ver qué parte de verdad hay en la perspectiva o teoría de género, pues todas las ideas tienen algún soporte razonable.


A mi modo de ver, hay dos cuestiones a las que habría que enfrentarse con cierta valentía. La primera es la cuestión de si es cierto que hay homosexuales de nacimiento o la homosexualidad es algo adquirido. Si fuera cierto lo primero, no habría más remedio que reconocer que el ser humano no es enteramente heterosexual, sino que habría seres humanos heterosexuales y otros homosexuales, tan humanos como los primeros, con la misma dignidad, derechos y oportunidades. O lo que es lo mismo, que habría que replantearse toda la antropología, la ética y la moral, y no solo el derecho, que ya lo ha empezado a hacer.


Evidentemente, lo anterior habría que planteárselo sin apasionamiento y con ganas sinceras de buscar la verdad, y una humildad intelectual que lleve a reconocer que después de muchos miles de años, el hombre no conoce todavía al hombre; es decir, que el ser humano es un misterio.


La segunda cuestión que habría que afrontar sin miedo es la de llevar a las últimas consecuencias la defensa de la dignidad de la mujer, sin parar en clichés, estereotipos o roles del pasado que impidan reconocer en la mujer todo lo que se le pueda reconocer. Digo "reconocer", no "regalar" o "negociar" o "regatear". Reconocer es tomar nota de algo que ya existe.


Es verdad que las mujeres tienen unas diferencias respecto a los hombres que llevan a consecuencias en el modo de ver las cosas, de actuar, de pensar, etc. Pero esas diferencias nunca pueden ser excusas para no reconocer todo aquello que les pertenece en razón de su igual dignidad. El machismo, en cualquiera de sus formas, incluso las más atenuadas, debe ser rechazado. Vivimos en un momento de la historia en el que esto es posible a una cierta gran escala, y nuestra generación no debería desaprovechar la oportunidad de conseguirlo.


A mi modo de ver, la perspectiva de género tiene un punto razonable en qué apoyarse en la medida en que la sociedad lleva milenios asignando a la mujer unos roles injustos, derivados de su condición de mujer. Nuestra generación prestaría un buen servicio a las futuras si lográramos sacudirnos esos roles infundados. Creo que la teoría de género tiene razón al denunciar esos roles, aunque pienso que se equivoca al traspasar esos roles a la condición íntima de la persona, pues esos roles son algo cultural, y por tanto, objeto de elección, pero no así el sexo, no siendo cierto que esos roles deban arrastrar a lo personal.


Si a lo anterior añadimos que muy probablemente existan personas que constitutivamente, de nacimiento, tienen un sexo biológico distinto del psicológico, se puede entender que haya quien defienda con cierto fundamento la perspectiva de género.


Como dice en un libro el cardenal Kaspers, está pendiente todavía el desarrollo de una serena teoría de género que aborde todo esto sin apasionamientos, porque hay algo innegable: Por una parte, la injusticia social a que se ha visto mayoritariamente sometida la mujer por parte de un machismo rampante a todos los niveles y en todas las instituciones; y por otra, el trato degradante y vejatorio a que se ha sometido a las personas de condición homosexual. En estos dos puntos habría que llevar a cabo un cambio valiente que abandone prejuicios milenarios.


Desde hace bastante tiempo, cada vez que veo algo que parece malo o desviado, suelo preguntarme qué parte de culpa he tenido yo en eso. Cuando vemos gente fanática de la ideología de género, me parece que hemos de empezar preguntándonos qué parte de culpa tenemos para que otros sostengan con tanto fanatismo esos disparates. Y también hemos de ver que, bajo esos disparates, hay algo de verdad, algo razonable que no ha sido entendido o no ha querido ser entendido por otros.


Unos y otros nos deberíamos preguntar: ¿En qué nos hemos equivocado? ¿En qué tiene el otro razón o al menos, es razonable? No olvidemos que el ser humano es un misterio que no entenderemos plenamente nunca, y que cabe la posibilidad de que el hombre se haya equivocado en un mismo punto desde hace varios milenios.

"Siempre se ha pensado así".


¿Y si estuviéramos equivocados? ¿Quién tendría la valentía de desandar el camino andado? ¿Qué buscamos, la seguridad o la verdad?

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