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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Antonio Moya Somolinos

Me piden mis amigos de Siglo XXI una breve biografía que me imagino es para colgar junto a mi foto de modo que el que tropiece con algún artículo mío pueda saber algo de mí.<br><br>

Nunca me he planteado escribir una autobiografía, aunque sea breve, pero ahí va un ensayo de la misma.<br><br>

Nací el 28 de diciembre de 1955, día de los Inocentes, que por aquellos años se prestaba más a inocentadas que ahora en donde no está tanto el horno para bollos. Yo, sin embargo, desde hace unos años celebro también el 28 de marzo, pues en caso de que sea verdad eso de que los niños están 9 meses en el seno materno antes de nacer, hemos de concluir que el 28 de diciembre de 1955 sucedió algo accidental: pasé de vivir dentro de mi madre a vivir fuera, pero cuando realmente comenzó mi existencia fue aproximadamente el 28 de marzo de 1955, por tanto, esa es la fecha importante para mí.<br><br>

Otra fecha importante de mi vida⎯la más importante, sin duda⎯es la fecha de mi primera Comunión, que tuvo lugar el 20 de mayo de 1962. Habrá quien por un prejuicio laicista o por complejo de inferioridad o simplemente, porque no tiene cojones para reconocerlo, tenga miedo en manifestar que el día más importante de su vida fue aquel en que recibió a nuestro Señor Jesucristo por primera vez en el sacramento de la Eucaristía. Yo, a mis casi 60 años no estoy para dejarme llevar de esas cosas. Recuerdo vivísimamente aquel 20 de mayo; me emociono solo de recordarlo, y me hace feliz ese recuerdo.<br><br>

Por lo demás, mi biografía tiene poco que decir. Estudié en el colegio de María Inmaculada de la calle Rodriguez San Pedro de Madrid; luego pasé al colegio Sagrados Corazones de Martín de los Heros; fui de la primera promoción de COU, que lo cursé en el CEU de Claudio Coello. Empecé arquitectura en el CEU de Julián Romea, pasando a partir de 2º a cursar la carrera en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, en donde me titulé en 1982.<br><br>

Hice el servicio militar en Granada primero, y las prácticas en León.<br><br>

Después me instalé en Almería, primero como arquitecto en libre ejercicio y desde 1985 como arquitecto municipal de El Ejido, tras sacar las oposiciones a dicha plaza.<br><br>

En 1998 saqué la plaza de arquitecto municipal de Cabra, en donde sigo trabajando.<br><br>

Me gusta mi trabajo en la función pública. Es más creativo de lo que la gente pueda pensar, y sobre todo muy enriquecedor, pues permite tener contacto con mucha gente y conocer muchas cosas que dan razón de hechos y situaciones que en caso contrario aparecerían como inexplicables.<br><br>

Aunque solo sea por la cantidad de informes que he hecho, podemos decir que he escrito más que el Tostado. Sin embargo, mi actividad como escritor es relativamente reciente, más o menos desde mediados del 2007, si bien es verdad que en mi época almeriense escribí algo en los medios de comunicación.<br><br>

Desde 2007 he publicado unos 400 artículos de prensa y 7 libros. Lo que suelo escribir son artículos de opinión. Me gustaría escribir alguna novela, pero voy habitualmente a salto de mata y me parece que una novela requiere un poco más de sosiego o espacios prolongados de escritura, que yo de momento no tengo o no he encontrado.<br><br>

He practicado un montón de deportes. Actualmente no practico ninguno. Me da la sensación de que perdería el tiempo. Soy hiperaficionado. Me interesa todo, quisiera tener un conocimiento profundo de todo. Sobre todo me interesa la historia y el mundo de las ideas, la filosofía. Soy lector compulsivo. 

Twitter: @tiotognin
Email: tiotognin@yahoo.es
Antonio Moya Somolinos
Últimos textos publicados
Policías
Bien harían estos señores, metiéndose dentro de un váter y tirando de la cadena, desaparecer de este mundo cruel al que ellos quieren redimir
De vez en cuando tropezamos con determinados sujetos con alma de policía. No se a qué se debe esa mentalidad tan peculiar. Es un modo de ser muy curioso caracterizado por no vivir ni dejar vivir a los demás, por meter las narices en donde no se les llama, por estar convencidos de pertenecer a no se sabe qué Central de Información, por ser amantes de los chismes, de conocer la vida y milagros de los demás, por ser chivatos suministradores de información que ellos piensan que es reservada, lo que les hace entenderse a sí mismos como gente importante, al ser poseedores de datos tan cruciales.

Estos tipejos, en general, mediocres, acomplejados y mezquinos, han visto muchas películas de policías y ladrones y se les hace el culo pepsicola con solo pensar que están emulando al agente 007, aunque en versión celtibérica carpetovetónica, esto es, como un sufrido padre de familia hispano en vez de play boy inglés.

Sin embargo, a pesar de su ínfimo cerebro, se creen grandes investigadores, y sobre todo, salvadores de la humanidad. Con el lema "piensa mal y acertarás" como bandera, ven por todas partes posibles transgresores de no se sabe qué normas sacadas de la manga o mal leídas en algún boletín oficial no actualizado.

En el mejor de los casos, estos menudos ciudadanos son abogadillos de secano, esto es, estudiantes de mente estrecha que como mucho consiguieron aprobar una serie de asignaturas de derecho, sin tener contacto con maestros de quienes aprender algo más que las páginas de un manualillo, tras lo cual recibieron un título de licenciado que a ellos les pareció de premio nobel.

Estos sujetos son claramente unos perturbados mentales que menos mal que solo ejercen de policías aficionados, porque si de ellos dependiera, ejercerían también de jueces, fiscales y carceleros, todo junto, pero sin presunción de inocencia para todos los que ellos investigan, y sin título que les habilite a ellos para meterse en la vida de los demás, aunque eso es algo que ni siquiera se lo han planteado porque meter las narices en la vida ajena forma parte de su propia naturaleza de moco pegadizo.

Hay más "policías" en el mundo que los que aparecen en nómina en las Administraciones que disponen de ellos. El mundo está lleno de policías, de husmeadores, de correveydiles, de mirones, de soplagaitas, de rastreadores, de urgadores en la vida ajena, de enterados, de soplones, de informadores, de oteadores, de moros en la costa, de servicios de inteligencia, de garrapatas en los cojones, de merodeadores, de acechadores, de fisgones, de hurones, de oliscones, de investigadores de pacotilla, de escudriñadores, de inquisidores no eclesiásticos, de indagadores, de averiguadores, de curiosos, de tanteadores, de exploradores, de guardias civiles, de civiles guardias, de amigos de la vida ajena y despistados de la propia, de indiscretos, de pesquisidores, de metomentodo, de sabuesos, de catacaídos, de chismosos, de acusicas, de gordopilos, de candileteros, de olfateadores, de curiosos, de sondeadores, de fiscalizadores, etc...

Bien harían estos señores, metiéndose dentro de un váter y tirando de la cadena, desaparecer de este mundo cruel al que ellos quieren redimir. Los demás se lo agradeceríamos y el mundo no perdería nada con su ausencia, porque en contra de lo que a ellos les parece, este mundo no es tan cruel, y sus informes, nadie se los ha pedido ni los precisa para nada, porque las cosas se saben siempre por los cauces normales sin necesidad de estos reduplicadores profesionales ni de moscones zumbantes en los oídos ajenos.

Cada uno en su casa y Dios en la de todos, que no es poco.
sábado, 13 de agosto de 2016.
 
Rentabilidad apostólica
Si de mí dependiera, mandaría a tomar por culo todas las obras y empresas corporativas de la Iglesia o “con ideario cristiano”, en las que lo único que queda es una apariencia cristiana bajo la que se refugian unos cuantos inútile
Se supone que todos los cristianos somos apóstoles, palabra griega que significa “enviado”, lo que no quiere decir que forzosamente tengamos que irnos a África o a Japón a convertir a los paganos, sino que, viviendo “en Cristo”, en el Corazón de Cristo, somos enviados espiritualmente al corazón de los demás hombres para que estos abran las puertas de sus corazones a Cristo.

Yo creo que esto lo entendieron perfectamente los primeros cristianos, que espontáneamente comunicaron el evangelio– evangelizaron– a quienes tenían al lado, sin hacerse planteamientos complejos. Para mí el paradigma de apostolado cristiano es el llevado a cabo por el diácono Felipe con el eunuco etíope, narrado en el capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles. Nada de complicaciones, nada de eventos ni montajes. Simplemente un cristiano que le explica la Escritura a otro. Y punto. Gasto total de la acción apostólica: cero euros; o cero dracmas o cero sextercios. Es decir, gasto cero, con un rendimiento total, porque el eunuco se hizo cristiano.

No se si algún lector cristiano que me lea ahora ha experimentado esto mismo. Yo, sí. En algunas ocasiones de mi vida, quizá no con una sola conversación, pero sí con varias, he tenido la oportunidad de ayudar a alguna persona en mi condición de cristiano, es decir, de apóstol, y he intentado meter a Cristo en su corazón. Y algunas veces, por la gracia de Dios, lo he conseguido. Quizá no me ha salido tan barato como le salió al diácono Felipe, porque ha habido por medio algunos cafés o algunas comidas, pero ha sido poco el gasto, comparado con meter a Cristo en el corazón de algunas personas. Buena rentabilidad. Al fin y al cabo, el apostolado cristiano se reduce a comunicar, esto es, a hablar, hablar y hablar. Y a ello, añadir el lenguaje no verbal de vivir la caridad, por el que se demuestra que ese hablar y hablar no es un faroleo, sino que el amor de Dios va en serio.

Este planteamiento tan sencillo es el que había en los comienzos del cristianismo. Nada de edificios, nada de patrimonio inmobiliario, nada de centros educativos a todos los niveles, nada de hospitales, nada de fundaciones, nada de empresas católicas, nada de obras corporativas, nada de eventos grandilocuentes y de masas, nada de montajes.

Tras una primera etapa de persecución, la Iglesia amaneció en el año 313 con el Edicto de Milán. Hasta ese momento, el apostolado cristiano había utilizado dos medios de comunicación “gratis”: las vías romanas y las vías marítimas sobre el Mediterráneo. Bueno, eso de decir que eran gratis, es un decir: les costarían los impuestos, como a todo el mundo. Pero bueno, eran medio gratis. A ello se añadía un factor fundamental: La caridad, que se manifestaba en el amor, en la simpatía, en la amabilidad, en la empatía. Con esos tres elementos, los cristianos de los tres primeros siglos se “merendaron” el imperio romano, hicieron cristianos a medio mundo, por todas partes, con una alta rentabilidad entre lo gastado y lo conseguido.

A partir del Edicto de Milán, ya las cosas no fueron igual: acumulación de patrimonio, coqueteo con el poder político, ceremonias, eventos, empresas corporativas, etc. Los siglos posteriores han sido una continua tensión entre esas riquezas y la voz de la conciencia de algunos cristianos que han querido vivir como en los orígenes, de tal manera que cuando ha habido instituciones que se han ido al carajo, en ese suceso siempre ha habido una causa de tipo económico o una pérdida de vista de que la rentabilidad apostólica se mide por las conversiones del corazón de las personas, y no por otros parámetros.

Hoy día, después de veintiún siglos, no aprendemos. Hay en la Iglesia muchas instituciones cuya finalidad última es– o debería ser– la conversión de los corazones de las personas que acuden a esas instituciones. Sin embargo esa finalidad queda ya muy desdibujada, pues en tales instituciones, quienes trabajan en ellas, se dispersan en otras finalidades distintas, se dejan llevar de una burocracia organizativa, realizan eventos muy monos pero poco rentables apostólicamente en los que dedican montones de horas– que a la postre son inútiles– como si fueran gestores de una ONG.

Como esas instituciones dan trabajo a no poca gente del sistema (es decir, de la sociología eclesiástica), cada vez es más necesario allegar medios económicos para esas instituciones (el apostolado, aparte de unos pobres resultados en conversión de corazones, empieza a resultar caro), por lo que se empieza a crear en torno a ellas un complicado aparato económico financiero de fundaciones y empresas especializadas en optimización fiscal y en captación de herencias de viudas ricas, que siempre han sido un chollo para todo tipo de montajes eclesiales grandilocuentes.

El resultado de todo esto son unos monstruos eclesiales mamotréticos que, a modo de pesebre, dan de comer a unos supuestos evangelizadores que le salen a la Iglesia más caros que un hijo tonto, pero que en cuanto a la comunicación del evangelio no dan un palo al agua porque se han convertido en meros funcionarios eclesiales que ya no saben qué es hablar de Cristo al corazón de un pariente o amigo, en una conversación íntima que, además, sería gratis.

Si de mí dependiera, mandaría a tomar por culo todas las obras y empresas corporativas de la Iglesia o “con ideario cristiano”, en las que lo único que queda es una apariencia cristiana bajo la que se refugian unos cuantos inútiles, que exhibiendo de una manera más o menos abierta su condición de católicos, obtienen el puesto de trabajo al que serían incapaces de acceder si de mérito y capacidad se tratase, en igualdad de oportunidades con otros no católicos, pero profesionalmente más competentes que ellos.

Y lo peor de todo esto es que los grandes fastos y eventos de estas instituciones se presentan a si mismos como muestra de esplendor cristiano, cuando el esplendor cristiano está en esa oveja perdida que es recuperada mientras las noventa y nueve restantes están en el aprisco.
sábado, 6 de agosto de 2016.
 
Infantilismo
No se puede seguir siendo niño permanentemente
Creo que no me equivoco si digo que sociológicamente vivimos una época infantiloide en la que la adultez se alcanza a mayores edades que antaño. Cuando mi padre era joven, aunque la carrera de magisterio que hizo era de tres años, a los 19 ya estaba trabajando. Esto llevaba también a casarse pronto. No necesito remontarme a anteriores generaciones, sino a la mía: Mi hermano y mi cuñada se casaron con 23 y 24 años respectivamente, y cuando tenían 28 años ya eran padres de 3 niños.

No se si esta precocidad llevaba a una mayor responsabilidad o era una mayor responsabilidad la que llevaba a la precocidad. En cualquier caso, el resultado era que en torno a los veintitantos años la gente ya era y se consideraba adulta, y en consecuencia, aunque fuera joven de edad, ya tenía una notable madurez en cuanto al modo de enfrentarse a la vida.

Recuerdo que cuando hice el servicio militar, un capitán nos dijo que aprovecháramos esa etapa de nuestra vida porque la mili era la última oportunidad que teníamos de actuar como niños. Quizá fuera una simplificación de tiempos antiguos, pero da una idea de que en aquellos años, en torno a la edad de 25 ó 26 años, la gente ya salía del cascarón para enfrentarse a la vida de lleno.

La incorporación a la vida civil, el dejar atrás las niñerías, es ley de vida. No se puede seguir siendo niño permanentemente. Pretender lo contrario es una especie de cobardía. Podrá haber excepciones por motivos psicológicos o por otras enfermedades que impidan afrontar las dificultades de la existencia, pero lo normal será irse abriendo a la vida, no solo a los peligros, sino también a las cosas gratificantes que la vida tiene reservadas a las personas adultas.

Quizá el enfrentamiento a la vida no deba ser instantáneo. Antes de formar una familia parece lógico un cierto tiempo de ejercicio profesional en el que se ganen los primeros dineros a fuerza del propio sudor, y se hagan los primeros ahorros antes de casarse. La integración en la vida familiar, profesional y social debe ser paulatina, pero debe haber tal integración decididamente, lo cual poco a poco se reflejará incluso en las conversaciones: Es lógico que las conversaciones versen sobre lo que se tiene en la cabeza, y una persona adulta, con una incipiente familia, aunque sea joven de edad, ya no tiene en mente los temas juveniles, prácticamente reducidos a pasarlo bien con juegos o diversiones lúdicas en las que hay total ausencia de responsabilidad hacia los temas que interesan a un ciudadano adulto.

En los últimos años, al menos a mí me causan verdadera vergüenza ajena esos tiarrones y tiarronas de treinta y tantos años, de todos los pelajes, que todavía van en pandillas juveniles o que tienen modos o hábitos propios de veinteañeros, y lo peor, ideales de veinteañeros, es decir, que parece que necesitan estar jugando todo el día como niños, sin el más mínimo interés por las cosas que interesan a un adulto, como su propia familia, su trabajo, sus aficiones intelectuales, el fomento de la profunda conversación con amigos, la política, etc.

Este ganado infantil, cada vez más numeroso, que normalmente vive de la sopa boba, es el resultado de los paños calientes de una sociedad hedonista en la que, debido a la deficiente educación recibida, en la que no se ha valorado el esfuerzo y el sacrificio, ha crecido una ingente multitud de niños mimados que llegada a una edad, ya nadie sabe qué hacer con ellos, y ellos tampoco saben qué hacer consigo mismos, salvo divertirse, porque nadie les ha enseñado que la vida es algo más que una mera diversión o un estado de vacaciones permanente.

Como he dicho más arriba, esto sucede en todos los pelajes y en todas las ideologías, tanto en las izquierdas como en las derechas, tanto entre gentes agnósticas y ateas como entre católicos. En la reciente Jornada Mundial de la Juventud se han podido ver en los medios de comunicación, imágenes de muchos chicos y chicas, pero también, entre los anteriores, no pocos tipos o tipas ya entrados en años, gritando y actuando como si tuvieran una edad inferior a la que tienen, perfectamente integrados en una sociología juvenil, cuando no infantil, absolutamente inapropiada a su edad.

Se podrá argumentar de todo este personal, que son “monitores”. Efectivamente, hoy hay monitores de todo tipo y por todas partes. Son ese ganado intermedio, que ni son padres de familia ni chavales, sino algo a mitad de camino, inmaduros respecto a los de su edad, y algo más maduros, aunque no mucho, respecto a los niños a los que monitorizan y con quienes comparten un feliz infantilismo lúdico de juegos y diversiones, sustituyendo a los padres de esos niños, que encuentran en los monitores una buena coartada para no encarar plenamente la obligación de educarles.

Así nos va.
domingo, 31 de julio de 2016.
 
 
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26/09/2015 El engendro catalán
21/09/2015 Paseo nupcial surrealista
12/09/2015 El gallego y el BOE
04/09/2015 Humor negro
28/08/2015 El extranjero
22/08/2015 Un profeta del siglo XX
14/08/2015 Una cuestión importante
08/08/2015 Abajo el telón
01/08/2015 Las chicas de sesenta
24/07/2015 Gente de la casta
21/07/2015 La sinrazón
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27/06/2015 Solo respirar, con perdón
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