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Antonio Moya Somolinos
Antonio Moya Somolinos
No sé en qué estaría pensando San Josemaría cuando redactó los estatutos del Opus Dei, si en laicos o en religiosos
El próximo sábado 21 de enero se reúne en Roma el congreso general electivo del Opus Dei para elegir a un sacerdote que será propuesto al Papa para que este lo nombre prelado del Opus Dei, si lo tiene a bien.

En mi anterior colaboración en este medio (“Silenciosa y operativa misión”), mencioné a un sacerdote amigo mío que sostiene que en el Opus Dei y en otras instituciones eclesiásticas es necesaria una purificación. Ha habido algún otro amigo mío que me ha preguntado últimamente mi opinión acerca de esa purificación, la cual yo también sostengo que es necesaria, en el Opus Dei.

Evidentemente, una respuesta a esta pregunta requeriría un largo comentario, acaso un libro, o muchas tertulias de café, si es que queremos tocar el tema con cierta profundidad. No obstante, y aun a sabiendas de correr el riesgo de cierta superficialidad, expondré en las siguientes líneas, de modo sintético, algunos puntos por donde pudiera ir esa purificación, para la cual, un nuevo prelado tendría una ocasión de oro, ya que cuando cambian las personas en las instituciones, es también ocasión para reformar las cosas, barrer la casa y recomenzar de nuevo, acometiendo cuestiones pendientes que quienes gobernaron anteriormente fueron incapaces de hacerlo, ya fuera por vejez, por miedo, por respetos humanos o simplemente porque los cargos siempre suponen, con el tiempo, un cierto anquilosamiento en quien los ejerce.

En el Opus Dei hay un problema para acometer cambios, aunque estos se muestren como beneficiosos y necesarios: A nivel institucional se confunde la fidelidad al espíritu y la unidad con el fundador, con el inmovilismo. Esto ha llevado a la institución a grandes anacronismos en los últimos decenios, los cuales no han pasado desapercibidos ni en la Iglesia ni fuera de ella. Para la mayoría de los miembros del Opus Dei (y por supuesto, para quienes ocupan cargos de dirección) hablar de reformas es sinónimo de traición a San Josemaría, lo cual se entiende a su vez como equivalente a traicionar al mismo Dios, pues se da por supuesto que la palabra de San Josemaría es palabra de Dios para los miembros del Opus Dei, o lo que es lo mismo, que la voluntad de Dios viene a través de San Josemaría, o que lo que dice o sostiene San Josemaría es el modo en el que Dios ha concretado su voluntad para el Opus Dei y para sus miembros.

A pesar de que él mismo se consideraba “capaz de todos los errores y de todos los horrores”, en el Opus Dei no se concibe que San Josemaría haya podido equivocarse en nada, y menos en lo relativo su labor legislativa sobre el Opus Dei. Las palabras “crítica” o “disentimiento” no existen en el Opus Dei, se consideran faltas de unidad, traición a Dios, aunque estén movidas con la mejor de las intenciones. En el Opus Dei, San Josemaría no es solo un santo a imitar, sino que está divinizado. Así las cosas, parece muy difícil que en el Opus Dei sean capaces de llevar a cabo las reformas necesarias.

En el número 181.1 de los estatutos del Opus Dei, se dice textualmente que las normas contenidas en ellos son “santas, perpetuas e inviolables”. Hay que decir que los estatutos del Opus Dei fueron escritos por San Josemaría y aprobados por el congreso general del Opus Dei del año 1971. Son los mismos que fueron promulgados por San Juan Pablo II al transformar el Opus Dei, de instituto secular en prelatura personal, en 1982.

Quizá quien conozca poco el Opus Dei piense que los estatutos del mismo son una norma más. Se equivoca. Son la única norma imperativa del Opus Dei, ya que así lo establecen los propios estatutos, y sobre todo, el canon 295 del vigente Código de Derecho Canónico y la bula Ut Sit, por la que la Santa Sede erigió el Opus Dei en prelatura personal en noviembre de 1982. Concretamente, el citado artículo 181.1 de los estatutos dice textualmente que estos son “el fundamento de la Prelatura del Opus Dei”. Por tanto, todo lo demás no tiene carácter imperativo.

Ahí veo yo un primer punto de reforma; más que en el aspecto normativo, en el modus vivendi, ya que en la vida diaria, en la praxis habitual, al amparo de una supuesta importancia de las “cosas pequeñas”, en el Opus Dei existe una apabullante normativa de hecho, que regula la vida de sus miembros de un modo exorbitante, lo que hace perder de vista qué es lo fundamental y qué es lo accesorio, y cuál es la jerarquía de importancia en las cosas que se han de vivir. Esto se da sobre todo en el caso de los numerarios.

Esta normativa extra estatutaria, a la que se da igual importancia (o más) que a los estatutos, es algo que vulnera la más elemental noción de norma jurídica, pues algo esencial en toda norma jurídica, para que pueda obligar, es que sea pública, es decir, que se haya publicado por el medio normal de publicación, y que esté accesible a quienes deban cumplirla, llámese Boletín Oficial del Estado, Boletín de la Junta de Andalucía, etc. O en el caso del Opus Dei, el Boletín de la prelatura, que como todo el mundo sabe, se llama “Romana”, del que salen dos números semestrales al año. Hoy día, con el Internet, cabría una publicación del corpus de normas válidamente aprobadas en la página web de la prelatura, lo cual no se da.

Hace unos años, comentaba yo con uno de los directores del Opus Dei el fenómeno de la obsolescencia en los escritos de los autores espirituales. Ambos coincidíamos en que el paso del tiempo es inexorable, y afecta, no solo a la forma literaria de escribir, sino all mensaje mismo, el cual queda anticuado a la vuelta de los años, pues los tiempos cambian y el modo de vivir las cosas cambia también. Si se puede aplicar esto a determinadas órdenes religiosas, con mayor motivo habrá que aplicarlo a una institución como el Opus Dei cuyos miembros, al menos en teoría, son “cristianos corrientes”, no religiosos, que viven en un mundo que por esencia es cambiante con el tiempo.

Me parece a mí que lo esencial del mensaje y del espíritu del Opus Dei es la santificación de la vida ordinaria, tomando como quicio la santificación del trabajo profesional. Todo lo demás debería entenderse como cambiante, porque todo lo demás es “el modo”, no la esencia, y los modos cambian con los años. Hasta ahora esto no lo han entendido ni Álvaro del Portillo ni Javier Echevarría, los dos prelados ya fallecidos, quienes han querido creer que en pleno siglo XXI seguimos viviendo en los tiempos de San Josemaría, que falleció hace ya 42 años, en los que el mundo ha evolucionado notablemente.

El nuevo prelado tiene la oportunidad de entenderlo y abordar con valentía una reforma en profundidad, también de los estatutos, ya que ponerse al día equivaldría a estar en disposición de servir mejor a la Iglesia, que me imagino que será la principal disposición del nuevo prelado. No se trata de ser mundano, sino de adaptar el mensaje a los tiempos, de modo que ese mensaje pueda seguir siendo algo vivo y útil.

El Opus Dei tiene el problema de no atreverse a reconocer que San Josemaría no legisló bien, o de no entender que las normas que estableció San Josemaría corrían el peligro de quedarse obsoletas, peligro que hoy es una realidad. Y junto a esa falta de entendimiento, se da la confusión entre lo mudable y lo permanente, que unido al miedo a traicionar al fundador (equivalente a traicionar a Dios), viene llevando a la institución a un inmovilismo estéril lleno de contradicciones y anacronismos, incompatibles con el mundo en que vivimos, y que son una rémora para ese servicio a la Iglesia.

En decenios pasados, estos anacronismos podían permanecer discretamente ocultos. Hoy día, en la era de Internet, es imposible. El ciudadano o las instituciones del siglo XXI no pueden ocultarse. La transparencia es una propiedad forzosa del mundo en que vivimos, querámoslo o no. Todo está en Google, y Google es accesible a todos. Hoy día cualquiera puede acceder a varias versiones del mismo hecho o fenómeno, que conviven en la red con las versiones oficiales. Y nadie posee la verdad absoluta, porque lo que no aporta uno, lo puede aportar otro. La versión oficial puede aportar aspectos importantes, pero también es de interés conocer lo que dicen otros para formar la propia opinión.

Junto a la página oficial en Internet de la prelatura del Opus Dei, el navegante puede ver otras páginas, entre ellas, la llamada OpusLibros, en la que escriben principalmente personas que dejaron de ser del Opus Dei después de un tiempo en la institución. Aunque en los testimonios de algunos de ellos puede advertirse cierto resentimiento, no debe entenderse esta página como un portal de “detractores”, sino más bien de personas interiormente heridas por causa del Opus Dei, o más exactamente, por personas del Opus Dei que han aplicado en ellos los reglamentos o normas extra estatutarias del Opus Dei, es decir, toda esa maraña de normas, criterios, directrices y demás, que han ido haciendo de la espiritualidad del Opus Dei algo asfixiante y estrecho, hasta el punto de hacer invivible la vida en la institución. Quienes escriben en Opus Libros dicen siempre la verdad, si bien no conviene olvidar que son personas heridas.

El fenómeno de los “rebotados” no es nada nuevo en el Opus Dei. Viene de muy atrás. Lo que resulta llamativo es que a estas alturas, desde la prelatura sigan adoptando la postura del “ladran, luego cabalgamos”, en vez de preguntarse si no estarán haciendo mal alguna cosa, para que haya tanta gente que abandone la institución.

Cada vez son más abundantes los libros y publicaciones decididamente contrarios al Opus Dei, en todos los países y en todos los idiomas. En alguna publicación reciente ya se cuantifica el número de los que han abandonado la institución, y se estima que alcanza la cifra equivalente a los que hoy día son del Opus Dei. El hecho de que alguien abandone dolido una institución religiosa debería ser motivo de reflexión y autocrítica para quienes la gobiernan. No digamos si el abandono es masivo. Ignorar o restar importancia a las bajas es un mal gobierno y una irresponsabilidad. No digamos si el motivo son las heridas interiores de quienes se van. Esto debería hacer pensar seriamente a quienes dirigen una institución de la Iglesia Católica como el Opus Dei. Ante cada abandono, deberían preguntarse “¿qué ha pasado?”, e inmediatamente, minimizar los efectos en esas personas heridas y rectificar en el futuro el comportamiento de la institución en aquello en que se haya actuado mal.

Nada de eso se ha hecho. Nada se ha rectificado. Nadie ha pedido perdón. Todo sigue igual. Ladran, luego cabalgamos.

¿Por qué hay en la página OpusLibros tanta gente herida? Eso lo tendrá que ver el lector y sacar sus propias conclusiones, leyendo lo que crea conveniente en esa página web. Yo, sin embargo, sintetizaría tantas cosas como se leen en ese portal diciendo que la raíz de todo está en la violencia que desde el Opus Dei se ejerce institucionalmente sobre las conciencias de las personas a través de la dirección espiritual, la cual es entendida como obligatoria y llevada a cabo por quien designan los directores del Opus Dei, lo cual es algo explícitamente prohibido por el canon 630 del vigente Código de Derecho Canónico, ya que la dirección espiritual en la religión católica es, ante todo, algo libre y voluntario, no solo en cuanto a tenerla o no tenerla, sino también en cuanto a la elección del director espiritual, estando vedado a quienes dirigen una institución de la Iglesia Católica, incluso la mera inducción a que los miembros de esa institución se dirijan con alguien de ellos.

Incluso el mero concepto “dirección espiritual”, en los laicos, es algo obsoleto a estas alturas del siglo XXI, pues responde a una espiritualidad propia de religiosos que pretendían con ella concretar el voto de obediencia al que se habían comprometido. La dirección espiritual, tal y como se la conoce, aunque tiene inspiración evangélica, cristalizó en la espiritualidad cristiana en el siglo XVI, y supone la obediencia al director como un religioso obedece a su superior religioso. Este concepto está totalmente anticuado en el siglo XXI y concretamente en el caso de los laicos, ya que el único director espiritual verdadero es el Espíritu Santo que habita en el cristiano en gracia de Dios y que, contando con una buena formación moral, inspira en la conciencia (que es la norma próxima de moralidad para todo hombre) lo que este debe hacer, decir o decidir, con plena libertad y plena responsabilidad.

Desde el Concilio Vaticano II, en la Iglesia, excepto en el Opus Dei, ya nadie habla de “dirección espiritual”. El Papa actual, en su exhortación postsinodal Evangelii Gaudium, de noviembre de 2013, con ocasión de la clausura del Año de la Fe, dedica los puntos 169 y siguientes a hablar de este tema, al que ni una sola vez llama “dirección espiritual”, sino “acompañamiento espiritual”, lo cual es algo totalmente distinto, pues no implica ninguna rendición de cuentas de la conciencia, ni obediencia alguna que no sea la obediencia interior y absolutamente personal y privada al Espíritu Santo, consistiendo ese “acompañamiento” en un simple acompañamiento de un amigo, buscado libre y voluntariamente, y con quien el interesado quiera, con el fin de buscar otra opinión o consejo ante una decisión personal que se haya de tomar, que será totalmente responsable y personal, y de la que no hay que dar cuenta a nadie, tampoco al acompañante, por pertenecer al ámbito de la propia conciencia.

Son impresionantes las consideraciones del Papa sobre el acompañamiento espiritual en la referida exhortación. Comienza con una idea profundísima: Ante cualquier alma, el acompañante espiritual, lo primero que debería hacer es descalzarse, como Moisés, porque esa alma es “tierra sagrada”. Esta idea nos pone en situación de lo que es el acompañamiento espiritual, bien lejos del manoseo de distribuir, poco menos que al azar, con quien ha de hacer cada cual la dirección espiritual, sin contar siquiera con el interesado, y sin tener en cuenta algo esencial en el acompañamiento espiritual: que el acompañante ha de ser ante todo, amigo, y no un desconocido; y jamás un juez.

En plan de broma, un amigo mío me decía hace poco que la dirección espiritual llevada a cabo por el Opus Dei es como ponerle a cada miembro un guardia civil al lado cuando entra en la prelatura. Por decirlo de modo resumido, y aunque desde la propia prelatura se niegue, la realidad es que, de hecho, no existe en el Opus Dei una separación entre el fuero externo y el interno, de modo que institucionalmente se ejerce un control sobre las conciencias de los miembros.

Hace años también se llevaba a cabo ese control por otros medios, como la obligación, para los miembros del Opus Dei, de confesarse con sacerdotes de la prelatura y de hablar con ellos cada 15 días, además de la dirección espiritual con el director del centro o persona que él designase. También se llevaban a cabo otras prácticas propias de religiosos, como leer la correspondencia a los numerarios, tanto la que recibían como la que enviaban. Ahora, se puede decir que de todo aquello solo queda la dirección espiritual con un laico que no tenga funciones de dirección (lo cual, de hecho, tampoco se respeta en todos los casos).

Sin embargo, si en la actualidad la institución ha mutado en la dirección de separar la dirección institucional de la dirección espiritual, no se explica por qué se exige que la dirección espiritual deba ser llevada por otro miembro del Opus Dei al que designan los directores, y que deba llevarse a cabo cada 15 días en el caso de los supernumerarios y cada semana en el caso de los numerarios. Si hubiera verdadera separación entre el fuero interno y externo, la dirección espiritual del Opus Dei sería una simple oferta de la prelatura que la usaría el miembro que lo deseara, sin ningún control ni rendición de cuentas a nadie de la prelatura.

Se ve claramente que esta confusión entre fuero interno y externo, que produce una intromisión intolerable en el ámbito de la conciencia y de la libertad de las personas y una desconfianza institucional hacia la rectitud de intención de las personas, es lo que ha provocado un mayor rechazo en quienes se han sentido heridos (y con razón) por una actuación así.

Si a ello añadimos que en el Opus Dei (como en todos los ámbitos de la sociedad) hay muchos “tocagüevos” moralizadores y moralizantes, que están todo el día juzgando a los demás y diciéndoles lo que, según su opinión, deben hacer o decir, nos encontramos con una situación explosiva ante la que el futuro prelado del Opus Dei debería poner un poco de orden, aunque ello supusiera mandar al carajo algunas o varias disposiciones anacrónicas establecidas por San Josemaría, compatibles con su vida santa, que nadie pone en duda, pero anacrónicas.

Me viene ahora a la cabeza la prohibición que estableció San Josemaría de que las numerarias vistieran pantalones, disposición tan insostenible, que su sucesor Álvaro del Portillo abrogó inmediatamente, al llegar al cargo; o la disposición extra estatutaria, todavía hoy vigente, de que cuando un numerario tenga que ir a comprarse ropa, le acompañe otro numerario (sin comentarios). Todavía más anacrónico es que los numerarios vean las películas, previa censura y recorte interno desde la prelatura. Nunca he entendido cómo es posible que una institución en la que, para entrar, se exige al candidato que sea cristiano adulto, luego termina tratándosele como a un niño inmaduro. Quizá los de Opus Libros tengan algo de razón ante tantas incongruencias y ante un cristianismo tan infantiloide. Quizá habría que hacer examen de conciencia y reconocer que hay cosas que no se han hecho bien y que se deberían reformar.

Me he detenido en un solo aspecto de esa “purificación” de la que he hablado al principio. Habría muchas cosas más de las que hablar, pero esto no debe ser un tratado, sino simplemente un artículo periodístico. No obstante, a modo de botón de muestra, invito al lector a que lea el artículo 131 de los estatutos del Opus Dei, en el que se mencionan las cualidades que debe tener el prelado, lo cual reviste especial interés a una semana previa a su elección. Entre otras cualidades muy bien establecidas, llama la atención que se requiera que “sea hijo de matrimonio legítimo” y que “goce de buena fama”. En cuanto a lo segundo, puede ser aceptable en la medida de que una eventual mala fama podría hacer daño a la institución, y es justa esa protección. Ahora bien, que se exija que sea hijo legítimo es un anacronismo propio de otros tiempos e incompatible con el espíritu del evangelio, según el cual, todos somos igualmente hijos de Dios. Ni siquiera los códigos civiles emplean ya esa terminología, sino que hablan de “hijos matrimoniales y extramatrimoniales”, por respeto a la dignidad de las personas y porque no se puede juzgar a las personas en razón de su origen, ni establecer juicios morales hacia las personas o a sus padres cuando no se tienen todos los datos ni se tiene por qué tenerlos. Ni considerar apestados o indignos de lo que sea a los hijos de uniones extramatrimoniales.

De todas formas, no hay que cargar la mano ni acusar a San Josemaría de no respetar los derechos humanos contenidos en la declaración de la ONU (aunque dicha declaración era anterior al año 1971, año en que San Josemaría redactó esos estatutos y podría haberse dado por enterado). No hay que acusar a San Josemaría de transgresor de la dignidad humana. Simplemente, lo que pasa es que San Josemaría se ha quedado anticuado, lo mismo que un buen puñado de puntos de su libro Camino o de su libro Conversaciones, o muchas de sus apariciones en público, que fueron filmadas y que hoy día los directores del Opus Dei las tienen encerradas a cal y canto porque sencillamente, son impresentables; no porque San Josemaría diga en ellas una serie de burradas que hoy día le llevarían a la cárcel, sino porque los tiempos han cambiado, y lo que en los tiempos de San Josemaría era moneda común, hoy día es algo totalmente inaceptable. Por mucho que en otros aspectos San Josemaría haya tenido proyección para varios siglos, en otros aspectos tuvo una mirada muy corta, y en el poco tiempo transcurrido desde su muerte, sus opiniones han quedado desfasadas y atrasadas.

En una palabra, que en el Opus Dei hace falta una purificación, como decía ese cura amigo mío. No pasa nada; es algo normal en las instituciones. Esa purificación se llama “reforma de estatutos”, y en la misma, pienso que debería constar claramente que lo que no está en los estatutos, no es norma, mientras no se promulgue, y que el Opus Dei solo se dedicará al fuero externo y no intervendrá absolutamente nada en el fuero interno de sus miembros. Tampoco vendría mal en esa reforma alguna declaración de humildad. En cuanto a las dos secciones del Opus Dei, una de hombres y otra de mujeres, y su férrea y forzada separación, eso suena a curas y monjas o a las dos ramas de órdenes religiosas, absolutamente anacrónico con la realidad de quienes vivimos en el mundo, en el que, con naturalidad, vivimos entremezclados hombres y mujeres, sin ñoñerías, sin remilgos de monja preconciliar, sin misoginias enfermizas o maniáticas. En los conventos hay hombres o hay mujeres, pero en el mundo, lo que hay son hombres y mujeres, todos mezclados; juntos pero no revueltos. No se en qué estaría pensando San Josemaría cuando redactó los estatutos del Opus Dei, si en laicos o en religiosos.

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El pasado día 12 falleció en Roma Javier Echevarría, prelado del Opus Dei. En estos días posteriores se vienen multiplicando por todo el mundo solemnes funerales celebrados por montones de obispos en un sinfín de catedrales.
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Hace algo más de un mes ha fallecido Tomás Tueros, un sindicalista histórico, cofundador de Comisiones Obreras, cuando ser sindicalista era equivalente a tener la cárcel como cuasi domicilio, y no como ahora, cuando los liberados sindicales, por regla general, viven como marajás
 
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