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Opinión
Etiquetas:   Artículo opinión  

Una concepción cuántica

Ten cuidado con tus deseos, porque pueden convertirse en realidad
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 2 de abril de 2012, 12:21 h (CET)
La irrupción de la Física Cuántica y sus paradojas en nuestra realidad, han cambiado no sólo la concepción de la otrora inmovilista Física, sino que nos han ofrecido, además, una manera armónica y profunda de comprender el mundo que nos rodea. Añejos asertos como el del subtítulo cobran, bajo la óptica cuántica, un nuevo significado que se aleja de la conseja o de la sabiduría ancestral que proporciona la experiencia de observar la estrecha relación entre causa y efecto en los niveles poco dado a ecuaciones de las circunstancias vitales, para instalarse casi de pleno en lo que podría considerarse como una ley universal de una dimensión nueva a la que nos dirigimos, acaso siendo la palanca o el atisbo de un salto evolutivo.

Nuevos conocimientos y avances en distintas disciplinas, que cuando surgieron fueron clasificados por la Ciencia Oficial y sus talibanes como delirios o herejías, tal y como sucedió con la misma Física Cuántica o la Geometría de los Fractales, nos abren las puertas de par en par a un orden distinto y sublime, tal vez a una nueva dimensión de comprensión, manifestación, asimilación e interiorización de los cómos y los porqués de la existencia misma.

Efectivamente, en el caso de la Física tradicional, su visión y sus aplicaciones han cambiado con la irrupción, desarrollo y comprensión de la Física Cuántica. Si en la Física de lo grande las cosas son como son y los sujetos –nosotros- no tienen más opción que ser espectadores pasivos, si es que no sufridores de la misma, con la Física de lo muy pequeño, la Física Cuántica, el individuo es el sujeto principal, el protagonista, el actor imprescindible para que la realidad de la misma materia y de los hechos se manifiesten de uno u otro modo pero siempre conforme a la conciencia del individuo. Así, según el Principio de Indeterminación de Heisenberg, la esencia del universo, las partículas cuánticas -que son los mínimos mampuestos de la Física de lo grande-, no adquieren un estado o una realidad hasta que el observador –el individuo- las interfiere con su voluntad, que es decir con su conciencia. En ese momento preciso, la materia misma se estructura y tiende a adoptar como propia la realidad que le imprime el observador. Una realidad tan monumental que no se puede experimentar ante ella sino una profunda conmoción, porque, siendo que es así las cosas, casi todo lo que creemos o casi todo lo que somos ha sido mal interpretado hasta ahora, negándonos a causa de nuestra ignorancia todo un universo de posibilidades que, sin embargo, algunos avatares nos mostraron o señalaron con otras palabras.

Nada es porque sí, sino que todo obedece a un orden, aunque a veces ignoremos el nombre de esa ley. Ni existe desorden en la aparente desordenada distribución de las estrellas en cielo, ni en las caprichosas formas que adopta la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones, ni siquiera en el azar existe desorden. Hoy, vamos poco a poco comprendiéndolo gracias a la Geometría de los Fractales y las Leyes de la Simetría, y vamos entendiendo que si a nivel de Física de los grande existen límites -como la velocidad de la luz, por ejemplo-, no sucede de esta forma con la Física de lo extremadamente pequeño, con la Física Cuántica, siendo que una partícula puede remitir información a otra que vibra en la misma longitud de onda de forma instantánea, aunque esté en el otro extremo del universo. No es que haya cambiado la realidad, sino que comenzamos a comprenderla, y que ésta está supeditada a lo mínimo, a su génesis, a su fundación, a la conciencia o deseo del intérprete o del sujeto: el individuo.

Los sabios de la antigüedad sospechaban o conocían esta realidad, y, ahora que ya sabemos los primeros palotes de esta nueva Ciencia y este nuevo lenguaje para comunicarnos con la realidad y entenderla, comprendemos que nos transmitieron lo mejor que pudieron y supieron este universo que, estando y existiendo ante nosotros, permanecía oculto a nuestra inteligencia por causa de nuestra elemental animalidad y simpleza. Cuando uno lee el Libro del Tao, el I Ching, los Vedas y Purañas, el Sepher ha Zohar y el Sepher Yetzirah, los Eddas o aún los Libros Sagrados de las grandes religiones monoteístas –La Biblia, el Corán, el Talmud, etc.-, si lo hace considerando las bases de la Física Cuántica en mente, no puede sino verse forzado a admitir que no supimos interpretarlos, que sus protagonistas fueron enormes sabios que nos señalaron las estrellas, pero que nuestra condición de poco más que monos en dos patas sólo nos permitió fijarnos en sus dedos. Cuestión que, debido a la perversión del poder y al fanatismo de algunos supuestos devotos o seguidores, se vio respaldada y afirmada con el correr de los años oscuros, anclándonos con absoluto error en principios equívocos o deformados del significado de todos aquellos conocimientos.

En absoluto es el objeto de artículo hacer un estudio comparado de las religiones, pero pues que éstas son la base y meollo de nuestra comprensión actual del mundo, y dado que mi formación es cristiana, apuntaré un par de asuntos capitales que respaldan mis afirmaciones. Por ejemplo, cuando uno lee el Padrenuestro en su manifestación original, en realidad está leyendo las bases de los principios herméticos, que no son sino la llave de dimensiones ajenas a nuestro orden tridimensional, y aún de los principios de la Geometría de Fractales o la Física Cuántica: “Venga a nosotros tu reino”, que no es sino la invocación de partida, la base de la aspiración, el trazado del camino y el propósito, o, dicho de otra manera, el deseo, base y génesis de cualquier acto de cualquier naturaleza; “así en la Tierra como en el Cielo”, que es la afirmación de la Ley de la Correspondencia final, lo que los antiguos nombraban como “como es arriba es abajo y como es abajo es arriba”; “perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores”, que es la manifestación de la Ley del Círculo, aquélla que sanciona que de lo que se siembra se cosecha y de lo que se da se recibe, siendo que cuando más se da, más se tiene; e “indúcenos en tentación, mas no nos dejes caer”, que no es sino la aceptación de la condición de almas en prueba que tienen los hombres, admitiendo de partida la vulnerabilidad de la condición humana ante la otra Física, la de lo real o la de lo resultante de los deseos del conjunto de los humanos. Todo un conjunto de bases establecido en la principal de las oraciones de quienes, siendo practicantes, militantes o no de esta religión, han sido insertadas en todos quienes han recibido formación en los ámbitos en que el cristianismo ha sido la fe dominante, por más que no haya sido comprendido por la mayoría, para quienes esta invocación es poco más que una letanía que se repite sin comprender siquiera su significado.

Adempero, no es el único caso. El personaje central del cristianismo, Jesucristo, reitera con frecuencia que no son los actos los importantes –los pecados, si media la comprensión del error, obtienen el perdón instantáneo en el momento en que se comprende el equívoco o falso proceder, sin límite ni tamaño-, sino que es la fe, la voluntad, la conciencia de lo que se hace, lo único verdaderamente importante. Así, nos advierte contra los deseos perversos o inadecuados, afirmando que aquél que obra mal en su corazón, en su deseo, es como si verdaderamente hubiera obrado mal, dejando en evidencia que no es el orden físico del mundo el que vino a orientar, sino el orden de los deseos, de la conciencia individual, sin duda porque el otro orden está supeditado a éste o es consecuencia de éste. Y el deseo, en su propia esencia, está orientado por la fe, sea ésta buena o mala: de aquí la importancia que todas estas religiones sus profetas le dan al Amor, al verdadero Amor.

En casi toda mi literatura reitero una vez y otra que es el deseo la fundación del acto, y es aquí, precisamente, donde el hombre, el individuo, el sujeto, define su propia suerte no sólo en este orden, sino en el verdadero orden de la mitad más sublime de la naturaleza humana. La tercera dimensión, la realidad aparente, así, es una especie de espejismo, una materialización o condensación del orden de los deseos, de la auténtica y profunda naturaleza humana en su conjunto. Miles de estudios realizados por diferentes universidades e investigadores corroboran la extraordinaria y por ahora incomprensible fuerza de la Fe y el deseo en multitud de distintas circunstancias, desde la curación por la oración –mantras de concentración en un deseo loable- a la eficacia de los placebos cuando los pacientes creen estar siendo medicados por ciertos principios activos que combaten la enfermedad, y aún de las llamadas curaciones milagrosas. Lo algunas ramas de la Ciencia nombran como psiquis, tiene una fuerza tal que condiciona por encima de la Física la propia vida de los hombres. “Tu Fe la ha salvado”, dijo el Maestro, manifestandosin pronunciarlo que fue ésta la que por sí misma produjo el milagro. Ejemplos sobran.

La Física Cuántica o la Geometría de Fractales, acaso, no sean sino la condensación en forma de Leyes o de Ciencia de un salto evolutivo que ya se está produciendo entre buena parte de los seres humanos, una especie de ojo de cerradura que nos permite entrever que la realidad verdadera tiene una dimensión diferente de la que hasta ahora ha sido nuestra forma de comprender el mundo y la vida. Haga la prueba por sí mismo, y vea el mundo mismo y sus desastres enfrentándolos al sentir profundo dominante en el que para una mayoría lo importante es la carne y los sentidos, la propiedad y los placeres, y no podrá sino admitir que somos el resultado de lo que deseamos como conjunto. Pero las cosas pueden ser distintas, porque la solución no está lejos, sino anclada en nuestros deseos individuales: si un hombre solo, con su fe y sus deseos loables, bien puede cambiar su realidad particular, imagine qué no pueden hacer con el mismo mundo muchos hombres con fe que sumaran nobles y sinceros deseos.

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