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Opinión
Etiquetas:   El Consueta  

Las ballenas tristes del Mar de Liguria

Félix Población
Redacción
lunes, 17 de octubre de 2005, 23:33 h (CET)
Algo tan grave como la pervivencia de la especie amenaza a las ballenas del Mar de Luguria, en el Tirreno septentrional, al noroeste de Italia. Y no porque a su plácida singladura la enloden vertidos y substancias nauseabundas cuya densidad pueda convertir al Mediterráneo en una gran cloaca, que también, sino porque el Mar de la Cultura, que aportó saber y comunicación a nuestra historia, está lleno de ruido, que es una de las pestes de nuestro tiempo que más afecta al corazón de la inteligencia.

Si para la humana condición es lesiva la pérdida o simplificación de la palabra, embotados como andamos en la contaminación acústica, para la ballenas del golfo de Génova es fundamental el código de llamada, una especie de tan-tan a golpe de imaginario martillo que los machos de los rorcuales comunes emiten para solicitar el cortejo de las hembras. Esa contraseña, cuyo alcance auditivo llega hasta los 500 kilómetros, ha de ser percibida necesariamente por sus compañeras para que el apareamiento se verifique y el futuro de su descendencia les asista.

Tal concierto de percusión e invocación a la vida tiene lugar durante el invierno, especialmente en el transcurso de los meses de febrero y marzo, y les consta a los biólogos que entre la voz solícita de los machos y el afinado oído de las hembras se interpone tal muralla de estruendo náutico -la mayor de todos los mares- que reduce al silencio -puede que al olvido- la amorosa convocatoria.

Así de insoportables son el aire y los océanos que va degradando nuestra pérfida sociedad de bienestar y consumo. Los hombres se atiborran de horrísona ambientación en todo lugar y circunstancia, incapaces cada vez más de escucharse en la diafanidad exclusiva de su diálogo, y la otrora serenidad transmisora de conocimiento del Mediterráneo se indigesta de bulla ruidosa hasta apagar el canto de las ballenas.

Ellas y nosotras, sin la expresión de la locución o el grito, perdemos el sentido de la existencia y la convivencia en cuanto anegamos nuestra razón de ser entre la batahola de basura acústica que sobre nuestro entorno lanza, con denodado y redoblado empeño, tanta sucia maquinaria de perversión enajenante.

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