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El lecho conyugal

"El lecho conyugal también puede tener una función social"
Antonio Moya Somolinos
@tiotognin
viernes, 5 de enero de 2018, 08:48 h (CET)
Decía el fundador del Opus Dei que "el lecho conyugal es un altar, y hay algunos que quieren convertirlo en un catre de mancebía".

Salta a la vista que con esta afirmación, san Josemaría Escrivá de Balaguer demostraba no tener la más remota idea de lo que es el lecho conyugal y el matrimonio. Un altar o ara es el elemento arquitectónico en el que se lleva a cabo un sacrificio en honor a la divinidad. Dicho sacrificio consiste en la destrucción de la víctima como medio o gesto para reconocer el poder y el honor de Dios. Este concepto es común a todas las religiones, también a la católica, en donde ara y altar no son exactamente lo mismo, sino que el ara es una parte más concreta del altar, justo donde en la liturgia católica se depositan los corporales.

Yo, la idea de ara o altar la he tenido siempre clara, porque desde mi primera Comunión, en el momento de la consagración, rezo esta oración que me enseñaron las madres Esperanza y Carmen, dos monjitas encantadoras que, por supuesto, ya murieron, pues de lo contrario, tendrían ahora más años que Matusalén: "Señor mío y Dios mío, yo adoro tu sacratísimo Cuerpo, que en el ara de la Cruz fue ofrecido al eterno Padre para nuestra salvación".

Digo que yo, la idea de ara y de altar las tengo claras desde mi niñez porque se que un altar es el lugar donde se inmola la víctima para el sacrificio. Por eso resulta, cuanto menos, sorprendente, esta afirmación de san Josemaría Escrivá. En un principio, esta afirmación del fundador del Opus Dei puede parecer un ejercicio de clericalización de la vida civil, no extraño en muchos curas, inmersos en una sociología eclesiástica, que todo lo ven por el canuto de los curas, las monjas, los seminarios, las canonjías, las prelaturas y los ordinariatos, pretendiendo amoldar las realidades civiles a los esquemas de su mundo clerical.

Algo de eso hay, pero en este caso me parece que la afirmación del fundador del Opus Dei va más lejos y la metedura de pata es hondo calado, como voy a intentar demostrar.

Para empezar, podemos decir que, aunque el conocimiento especulativo-intelectual es valioso, hay determinadas realidades humanas que precisan de un conocimiento experiencial para ser entendidas en profundidad. Pongo un ejemplo. Recientemente, mi mujer y yo hemos estado en un viaje a Tierra Santa, una peregrinación en toda regla, en la que hemos seguido las pisadas de Jesucristo físicamente, hemos respirado el aire que Él respiró, hemos navegado por las aguas que Él navegó en el mar de Tiberíades, hemos visto los paisajes que vieron sus ojos, hemos besado de rodillas el catafalco en el que estuvo su Cuerpo muerto y desde el que resucitó el 9 de abril del año 30, etc.

Después de todas estas experiencias fuertes, esa recomendación de san Ignacio de Loyola de hacer oración con el evangelio, metiéndose en él como un personaje más, a base de hacer uso de la imaginación, ya no es posible, porque ya no utilizamos la imaginación para hacer oración de ese modo, sino la memoria, porque no solo sabemos exactamente cómo es, por ejemplo, el mar de Tiberíades, sino que tenemos videos y fotos de nosotros mismos navegando por ese lago. No es lo mismo imaginarse los sitios por donde pasó el Señor que recordarlos con la memoria por haber tenido experiencia directa de ellos.

Con el matrimonio y con otras realidades humanas pasa algo parecido: No se puede saber lo que es en profundidad el matrimonio si no se está casado, viudo, divorciado o separado. Dependiendo de la situación, se tendrá una experiencia diferente, pero en todos esos casos, la experiencia existe. Es imposible suplir la experiencia del matrimonio con lo que de él puedan decir los libros en un tono teórico o especulativo. Es imposible.

En la Iglesia Católica ha habido indistintamente sacerdotes casados y célibes hasta el siglo XII. Incluso hoy día también existen los sacerdotes católicos casados, aunque solo en el ámbito de las iglesias católicas orientales. En la Iglesia Católica romana existen los diáconos casados y los presbíteros viudos con hijos, pero no los presbíteros casados. Aunque haya gente ignorante que desconozca estos datos, conviene tenerlos presente. En la bimilenaria historia de la Iglesia es mucho más el tiempo en el que han existido curas casados que célibes exclusivamente.

A mi modo de ver, esta restricción es una carencia importante en la Iglesia, no solo porque desfigura la identidad del sacerdote, sino porque priva a los sacerdotes de ser "expertos en humanidad", empleando la expresión que utilizaba Pablo VI para indicar los requisitos que debe tener el apostolado cristiano. Efectivamente, la identidad del sacerdote no es la de ser célibe, sino la de haber sido configurado con Jesucristo-Cabeza de la Iglesia mediante el sacramento del Orden Sacerdotal. Pero esto no necesariamente está vinculado biunívocamente al celibato del sacerdocio ministerial. Al menos así se ha visto durante los 12 primeros siglos de cristianismo.

La desafortunada afirmación de san Josemaría Escrivá, citada al principio, es una muestra clara de alguien que no tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando. ¿Qué va a entender del lecho conyugal una persona que nunca ha estado casada, que siempre ha estado en ambientes eclesiásticos, curiales, litúrgicos, que se formó en un seminario "conciliar", es decir, instaurado por el Concilio de Trento, en los que se "preparaban" para el sacerdocio, en un ambiente segregado, un montón de chicos jóvenes decididos a ser distintos de los demás?

No, el lecho conyugal no es un altar, no solo porque no es un lugar litúrgico, sino porque no es un lugar de sacrificio o de inmolación de ninguna víctima.

El lecho conyugal es un nido de amor. Es el lugar en el que los esposos, concluida la jornada, comparten el descanso. Y no solo el descanso, sino muchas cosas más. El lecho conyugal es un lugar de conversación íntima, de esa conversación ininterrumpida que, al decir de Kierkeegard, debe durar por lo menos 50 años; una conversación franca, cariñosa, tierna, en la que no cabe la opacidad. El lecho conyugal es un lugar de bromas, de risas, de carcajadas, de complicidad. El lecho conyugal es un lugar de besos apasionados, de caricias, de abrazos, de sexo. El lecho conyugal es un lugar de ilusiones, de proyectos y planes futuros de vida compartida. El lecho conyugal es un lugar de reflexión sobre las cosas que pasan en la vida que se viene compartiendo. El lecho conyugal es un lugar en el que a uno le preocupa más que durante la noche su cónyuge no se destape y pase frío que quien pase frío sea uno mismo. Pero esto no quiere decir que sea un altar, por cuanto que es tanto el amor, que ahí nadie se plantea que taparle al cónyuge por la noche suponga sacrificio de ningún tipo.

El lecho conyugal es lugar de pasión y fantasía erótica, con las cuales se está amando directísimamente a Dios, ya que lo mejor para proteger el propio matrimonio, su unidad y su indisolubilidad, es echar cuantos más polvos, mejor, pues de esa manera, además de dar gloria a Dios, se orienta la propia sexualidad hacia la sexualidad del cónyuge, y viceversa, lo que es sinónimo de fidelidad.

El lecho conyugal es lugar de oración, como todos los lugares de esta vida. Decía san Pablo aquello de "ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios". Por eso, de la misma manera que todos los demás lugares no son altares, el lecho conyugal, tampoco, lo que no implica que por ello no sea lugar de oración. Afortunadamente, los altares no son, ni mucho menos, los únicos lugares de oración, por mucho que las mentes clericales piensen lo contrario. El lecho conyugal es lugar de oración en donde el matrimonio, núcleo de la familia, ora en común, y por tanto, ahí está Cristo, en medio de ellos.

El lecho conyugal es también un lugar de perdón, de pequeños perdones ordinariamente, pues el tener que compartirlo todas las noches tiene la ventaja de que los desencuentros del matrimonio no tienen tiempo de hacerse grandes, pues cada noche, cuando todavía son incipientes, existe una nueva oportunidad de perdonarse y amigarse, la cual hay que aprovechar, y conseguir con ella que la sangre no llegue al río.

El lecho conyugal también puede tener una función social. Me explico. De vez en cuando mi mujer y yo dormimos en casa de los nietos, lo que supone para sus padres un pequeño respiro para salir a cenar solos. En esas noches, nuestro lecho conyugal está muy concurrido, pues en nuestro dormitorio hay un camaleón, un hamster, unos grillos y una perra.

El camaleón es una mascota que hace tiempo le compraron a uno de nuestros nietos. Es un bicho aburridísimo que parece un don Tancredo. No se mueve nada. Solo mueve los ojos de un lado a otro, pero nada más. Ahora bien, está en una pecera que tiene que estar permanentemente a 28 grados centígrados y además, su espacio debe estar permanentemente iluminado con luz rojiza. En una palabra, que nuestro dormitorio está permanentemente iluminado toda la noche.

Sobre los grillos, qué voy a decir. Son el alimento del camaleón, y su jaula, no es que parezca una jaula de grillos, sino que lo es metafísicamente. Se me entiende.

En cuanto al hamster solo diré que lleva un horario al revés que el resto de los mortales: duerme durante todo el día, y sin embargo se pasa la noche entera haciendo gimnasia en esa ruedecita tan típica de las jaulas para hamsters. Esa ruedecita suena.

La perra se llama Tica, y es muy sociable. Durante el día se dedica a merodear por toda la casa, pero por la noche, donde realmente se encuentra como en su casa es en nuestro dormitorio. En principio, se sitúa en una pequeña estera cerca de la cama, pero avanzando la noche se sube a nuestra cama en la zona de los pies para ir tomando posiciones, de modo que cuando amanece, ya la tenemos a la altura de la cabeza mirándonos con ojos atentos cuando despertamos.

Por si todo esto fuera poco, a lo largo de la noche, ya sea por miedo a la oscuridad o por amor a los abuelos, se van sumando a nuestra cama uno, dos o tres de los nietos, por lo cual, si la noche empezó con dos seres humanos y otros seres del reino animal, al final de la misma el lecho conyugal puede llegar a contener hasta cinco seres humanos, de los cuales, el de menor edad, tres años, es el más correoso, pues no hace más que moverse.

En una palabra, que el lecho conyugal también tiene una función social, una divertida función social. Al escribir esto, recuerdo mi niñez, cuando yo también era pequeño, de unos cuatro años. También me gustaba ir a la "cama gorda", que era la de mis padres, y jugar con mi padre a imaginarme que yo era un submarino que llevaba a cabo una inmersión, cuando dicha "inmersión" era algo tan sencillo como taparme totalmente con las sábanas, sin asomar siquiera la cabeza.

Ya se ve que el lecho conyugal son muchas cosas, pero principalmente es un nido de amor. El lecho conyugal es una maravilla. El lecho conyugal es un gran invento de Dios. El mejor invento de Dios.

Lo que está claro es lo-que-no-es el lecho conyugal, esto es, un altar.

¿Por qué esa confusión de san Josemaría Escrivá? A mi modo de ver, en primer lugar, por esa ausencia de conocimiento experiencial, unida a la creencia de que, por ser cura célibe, ya sabía de todo. Prueba de esto último que digo es que en su famoso libro "Camino", en el punto 61, afirma textualmente lo siguiente: "Cuando un seglar se erige en maestro de moral se equivoca frecuentemente: los seglares sólo pueden ser discípulos". O lo que es lo mismo, los maestros de moral son los curas (y quizá también podría ser que entendiera a las monjas).

Así nos ha lucido el pelo en la Iglesia durante siglos, con esa mentalidad de curas sabiondos dedicados a moralizar sobre las espaldas ajenas en vez de mirar un poco las propias, lo cual no sería del todo desafortunado si, al menos, tuvieran la experiencia humana suficiente como para saber de qué hablaban y conocieran de las situaciones humanas algo más que lo que aprendieron en los seminarios o en complicados tratados de moral cuyo objeto de estudio parecen ser los cristianos de laboratorio.

En vez de esa arrogancia, poco evangélica, no le habría venido mal a san Josemaría un poco de humildad. No se es maestro de moral por vestir una sotana, sino por amar sinceramente a Cristo, unido a una buena dosis de estudio y con la imprescindible concurrencia del conocimiento experiencial, el cual, mientras no se casen, veo difícil que lo tengan los curas, por muchos latines que aprendan en el seminario, que ya, ni eso. Mala cosa es dárselas de maestro de moral por el mero hecho de ser cura y escuchar confesiones en el confesonario. A san Josemaría no le habría venido mal un poco de humildad en este punto. Eso de dárselas de maestro trae malos resultados. Nadie es maestro ni padre, salvo Dios. Los demás somos todos discípulos, los curas también.

También es verdad que esta postura pretenciosa tiene su disculpa: en tiempos de san Josemaría, el cura era un sabelotodo, sobre todo en áreas rurales, junto con el boticario y el alcalde. Pero esos tiempos ya pasaron. Ya pudo darse cuenta de ello san Josemaría, pues si bien Camino es un libro preconciliar escrito en 1939, la afirmación de que el lecho conyugal es un altar la hacía diez años después del concilio Vaticano II, y preguntado en ese tiempo si a esas alturas cambiaría algo de Camino, respondió decididamente que ni una coma. También puede haber influido en la opinión de san Josemaría una mentalidad machista, felizmente en vías de superación, según la cual, la mujer tenía obligación de "dar el débito conyugal" al marido siempre y cuando este lo deseara, es decir, sí o sí. El acto conyugal se planteaba para la mujer como una obligación jurídica contractual inexorable bajo pecado mortal. Esto, hoy día lo vemos como una monstruosidad, por cuanto hoy día está absolutamente claro que el acto conyugal debe ser libre y voluntario y visto desde la perspectiva de la mutua donación propia del amor entre los esposos, y no como el cumplimiento de una cláusula de un contrato, con penalización por incumplimiento.

Sin embargo, esa visión juridicista del matrimonio, considerado como contrato, en vez de como alianza, ha prevalecido en la Iglesia Católica hasta fechas muy recientes. Y así lo veía san Josemaría, educado en cánones, liturgias y poco más, y a la vez despreciando públicamente otras disciplinas como la psicología, la antropología y la sociología. Por eso decía que el lecho conyugal es un altar, porque a él debía acudir la esposa dispuesta a inmolarse como víctima, aunque estuviera en una situación física o psíquica que le hiciera el acto sexual cuesta arriba. Tenía que sacrificarse. El lecho matrimonial era un altar y en él debía inmolarse la mujer.

Esta concepción del lecho matrimonial en san Josemaría es concordante con el Código de Derecho Canónico que él estudió de seminarista y que estuvo vigente a lo largo de toda su vida, el Código píobenedictino de 1917, según el cual, el matrimonio era poco menos que una fábrica de niños, en la que el amor y la unión de los esposos (que deben estar fundada en la libertad), quedaba en un segundo plano. Es más, ni se mencionaba expresamente.

Nada tiene que ver esta visión arcaica y trasnochada de la vida con la frescura y el sabor evangélico de la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, del Papa actual, en donde el amor ocupa el lugar central del matrimonio. Ese amor, siempre es fecundo.

¿Por qué san Josemaría tenía esa visión tan terrorífica y el Papa tiene esta otra completamente diferente? A mi modo de ver, porque, aunque ambos son célibes, Francisco se ha dedicado desde siempre a escuchar al prójimo, a aprender de él la asignatura de la humanidad, mientras que san Josemaría, por lo que dicen de él bastantes que le conocieron personalmente, no toleraba que nadie le llevara la contraria.

Mala cosa es aprender humanidad en el Código de Derecho Canónico. Mala cosa es autoentenderse como "maestro y guía de santos", como se autoentendía san Josemaría en vez de imitar un poco a Sócrates: "solo se que no se nada". Mala cosa es pensar, como pensaba san Josemaría, que la moral es inamovible, cuando la realidad es que, lo que son inamovibles son los principios morales, pero no la moral, pues la base de esta es el ser humano, y un más profundo conocimiento del ser humano, forzosamente lleva a concluir que lo que antes parecía blanco, ahora es negro, y viceversa.

El mundo ha cambiado vertiginosamente desde los tiempos de san Josemaría, y muchas de las cosas que él decía en su época, hoy día son verdaderas tonterías, por no decir otra cosa. A san Josemaría le pasaba, más o menos, como al cardenal Segura, que excomulgaba a todo el que fuera a bailar dentro de la diócesis de Sevilla. Hoy veríamos a estos personajes como esperpénticos. Sin embargo, lo que les pasa es algo tan simple como que se han quedado anticuados. Ya estaban algo anticuados en su tiempo, pero ahora lo están casi tanto como Viriato. Les deseo todo lo mejor, esto es, que Dios los tenga en su gloria, ya que sin ellos, aunque de otro modo, estamos en la gloria. Por lo menos, lo estoy yo cuando estoy con mi mujer en el lecho matrimonial, que al decir del Papa en el final del número 317 de Amoris Laetitia, es una antesala de mi propia resurrección (que será como la de Cristo), no un altar del sacrificio.

Es una pena que haya personas que, ni viven ni dejan vivir. Esa funesta manía de juzgar sistemáticamente a los demás, olvidando el "no juzguéis y no seréis juzgados", que nos recuerda san Lucas en su evangelio, resta muchas energías que podrían emplearse en amar, en aceptar e intentar comprender al prójimo, que es la verdadera caridad cristiana.
Comentarios
Aixa 01/feb/18    18:03 h.
Francisco Rodríguez 05/ene/18    21:33 h.
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