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Etiquetas:   Religión   -   Sección:   Opinión

Generación Y

La adolescencia controlada por los Smartphones y otros dispositivos electrónicos necesita ayuda
Octavi Pereña
martes, 14 de noviembre de 2017, 01:36 h (CET)
Athena, adolescente de 13 años, el nombre es ficticio, es una experta en desconectar de sus padres y conversar con sus amigos sobre mensajes o “Snapchat”, dijo: “He estado con mi móvil más de lo que he estado con personas reales…Mi cama ha cogido la forma de mi cuerpo”.

El escrito “¿Han destruido los Smartphones a una generación?” de Jean H. Twenge, expone con todo detalle los efectos perniciosos que los dispositivos electrónicos generan en la infancia y adolescencia actual. Se venden estos dispositivos de comunicación como medios para hacer amigos y para ser felices. Las personas que se hacen adictos a ellos, los estudios que se hacen al respecto indican todo lo contrario. Los adolescentes que se enganchan al mundo virtual son más solitarios, más estresados y más dados al suicidio.

¿¿Qué es lo que los lleva a esta situación tan desastrosa? Utilizaré la parábola del hijo pródigo (Lucas 15: 11-32) para explicarlo. El relato comienza presentando el escenario y los protagonistas principales: Un hacendado con dos hijos. Comparo este escenario con la situación óptima en que se encontraban Adán y Eva en el paraíso. No carecía de nada. Se daba una relación óptima entre el matrimonio y el entorno. Gozaban del privilegio de mantener con el Padre, el Creador, una relación de profunda amistad que nada la perturbaba. Pero un peligro se cernía sobre ellos. El ángel que se rebeló contra Dios y que se convirtió en Satanás no veía con buenos ojos la felicidad que gozaban nuestros primeros padres. Con astucia maligna les despertó la sensualidad perversa. Se fijaron en el fruto del árbol que Dios les había prohibido comer y vieron “que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría” (Génesis 3: 6). Ya no les bastaba con lo que tenían. Quisieron conocer el mundo prescindiendo de Dios. Comieron el fruto prohibido y “entonces les fueron abiertos los ojos, y conocieron que estaban desnudos” (v.7).

El hijo más joven llegó un día en que se cansó de seguir en casa de su padre, y le dijo: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponden” (Lucas 15:12). El padre repartió la herencia entre sus hijos. “No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una región apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (v.13). Vivir sin Dios el mundo no da lo que promete. Vende felicidad pero da espinos y cardos. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Génesis 3:19).

En la región apartada a la que fue a parar el hijo pródigo “deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba” (Lucas 15:16). A los adolescentes de hoy que no encuentran lo que buscan en los cachivaches electrónicos y que se dejan atrapar por ellos, el vivir se les hace insoportable. En vez de placer, los cardos que crecen lozanos a su alrededor les dan punzadas que les hacen la vida insoportable. Así no se puede vivir, piensan.

El joven de la parábola, harto de pasar necesidades ”y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo, hazme como uno de tus jornaleros” (vv. 17,18). El joven está descontento con el resultado de haber abandonado la casa de su padre. Había tomado una decisión equivocada que le cobraba un peaje muy oneroso. Se arrepiente de su error. El arrepentimiento es el primer paso que debe tomarse si es que se desea salir del trance en que le ha colocado el haber abandonado la casa del padre. El lector que se encuentra en una situación parecida a la del hijo prodigo podrá pensar: “Dios no puede perdonar a un malvado como yo”. Pero Dios le susurra al oído: “Yo te manifiesto misericordia por medio de mi Hijo. Este vino al mundo en la persona de Jesús y murió en la cruz para saldar la deuda que tienes conmigo. Mi Hijo te dice: “No he venido a llamar justos (personas buenas) sino pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:13). ¿Te reconoces pecador?

Dicho y hecho. El joven emprende el camino de regreso a casa. El padre, desde el día que su hijo abandonó el hogar otea el camino y viéndolo en la lejanía, movido por la misericordia sale corriendo hacia él, se lanza sobre el hijo, lo abraza y lo besa. El hijo arrepentido le dice a su padre: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo” (v.21). Si el lector es uno de estos adolescentes que como Athena deja impresa la forma de su cuerpo en la cama, vivir no te gusta nada. Los cachivaches electrónicos no te proporcionan lo que deseas. El padre de la parábola representa el Padre celestial y el hijo pródigo eres tú. En vez de recriminar tu huída, te abraza, te besa y dice a sus sirvientes: “Sacad el mejor vestido, y vestidle, y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta, porque este hijo muerto era, y ha revivido, se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (vv.22-24).Los vestidos con que visten al joven representan las túnicas de lino blanco que llevan todos los que sus pecados han sido lavados por la sangre de Jesús. Sin ellos no se puede acceder al banquete de bodas preparado para todos los hijos de Dios el Padre.
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