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¡Caracoles!

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 4 de septiembre de 2005, 22:20 h (CET)
Estamos demasiado acostumbrados a las grandezas, sean políticas, económicas, sociales ...y hasta acogemos bien las grandezas esperpénticas. Los medios informativos reflejan muy bien esa adoración que profesamos a todo lo grande. Desde el coche grande a los atributos físicos, desde las burradas hasta los oropeles y grandilocuencias. Las tendencias se deslizan hacia los grandes tamaños. Por estos senderos de los grandioso vamos olvidando numerosas maravillas de poco tamaño.

Como una especie de efecto mariposa (Sus leves movimientos originan cambios, a partir de los cuales se pueden derivar atuténticas calamidades), desde una pequeñez van creándose efectos secundarios de mayor entidad y consecuencias. Alrededor de seres minúsculos se generan muchas circunstancias.

Algo así podemos apreciar en torno a esos moluscos gasterópodos que conocemos como CARACOLES. Los expertos podrán describirnos mejor todas sus cualidades, características ecológicas y situación actual, con pleno conocimiento de causa. Mas, sin llegar a tal precisión, destacan una serie enorme de cambios en el entorno de estos animales de lentos movimientos. En su ámbito empeoran muchas condiciones de vida. Como causantes directos también estan los humanos, a su vez afectados de refilón, por pura desidia o desinterés. Nadie se libra cuando se van alterando las condiciones de vida.

Debido a esas frecuentes tormentas de Agosto, revoltosas y fugaces, se propician escenas inolvidables. Los nubarrones oscuros y la atmósfera cargada se rasgan en un estallido atronador, relámpagos, y en unos minutos escasos se humedece todo el ambiente. Son breves momentos que dan paso a una escena bucólica en vias de desaparición. Se filtra algún rayo de sol y pasada la tempestad, la claridad invita al paseo, a la BÚSQUEDA de CARACOLES entre hierbas y recovecos humedecidos. El botín obtenido es ilusionante, pero el paseo es una experiencia única, que imita la salida del molusco despues de la atronadora tempestad. Se renueva el impulso vital, se abre uno de nuevo a la vida más propicia.

Se conseguían capturas muy variadas, desde los pequeños caragolines, hasta formas más desarrolladas de "chones", moros y cristianos grandotes. Sus denominaciones tienen matices distintos según el área geográfica. Curiosamente, los caparazones adquieren tonalidades peculiares cuando se trata de zonas muy montañosas y soleadas. Ya desde el principio, las capturas y degustaciones componen un retablo espléndido.

El plato de CARAGOLÁ reúne diversos elementos huertanos, patatas y verduras, con toques de hinojo y aquellos caracoles mencionados. Estamos ante uno de los cocidos con sabores peculiares, mezcla de verduras muy típicas del área valenciana con los diversos caracoles. Sabores originales, algo tan sencillo, pero tan difícil de obtener en los tiempos que corren. Nada que ver con las elaboraciones modernas, plenas de mezclas y controvertidos aditamentos. El poso de este cocimiento genera un acompañante único para obtener una "arroz a banda" , esta vez derivado directamente de la huerta, tocado por los caracoles. Ente sus cualidades conviene destacar la escasa cuantía de grasa. La química o las salsas deformadoras no entran en esta delicia culinaria. Es fundamental la materia prima adecuada. La variedad de PAELLAS salpicadas con aquellos moros y cristianos, deliciosas, también se alejan a pasos agigantados. Algo similar ocurre con el "suquet" de tomate con las "marietes" más pequeñas.

Cuando van desapareciendo estos ambientes, estas costumbres, estamos ante una doble pérdida, culinaria por la desaparición de las viandas, y de distanciamiento social ante estas porciones de la Naturaleza. Un desprecio más, y van muchos, hacia esos encantos naturales. Ahora se llevan más otras conductas, los abandonos de mascotas, los criaderos de animales uniformados (peces, moluscos), e incluso elaboraciones genéticas. Resulta paradójica la sencillez del producto a conseguir y la poca valoración que hacemos del mismo.

Aún existen celebraciones donde el caracol es uno de los reyes, sirven de vehículo para transportarnos al ambiente festivo. En las fiestas patronales de Vitoria, San Prudencio, las diferentes salsas de caracoles son una degustación obligada. Se trata más bien de un tapeo desenfadado que de un menú de otras envergaduras. Alejados de la escena bucólica, aquí el atractivo gira en torno al ámbito festivo y social.

Herbicidas y plaguicidas por un lado, suciedades y descuidos medioambientales, junto a unas personas cada vez más urbanitas; todo ello enturbia el ambiente referido en torno al caracol. Este es importante como especie en retroceso, indicador fiable de unos grupos sociales menos amantes de la biodiversidad. Ahora, en todo caso, se tiende a la obtención de especies manipuladas, con elementos muy similares entre sí, tendiendo a una uniformidad pseudoclonada.

Se puede aducir la nimiedad de este retroceso caracolino, qué más dará cuando nos afligen con tantas penurias. No se trata del fin del mundo. Su relevancia radica en ese menosprecio frecuente hacia las cosas menudas, tanto como fuente de disfrute, como por su importancia biológica. Algo similar ocurre con algunos peces u otros representantes de la fauna.

Estos retrocesos suelen caracterizarse por tener un retorno casi imposible. Las pérdidas se tornan irreversibles. Cruje la actitud humana por desmarcarse de estos aspectos vitales. La pretendida autosuficiencia del homo sapiens propicia estos talantes. ¿Por qué se desdeña tanto la colaboración con la Naturaleza? ¿Simples tonterías? Posiblemente estemos hablando de cosas irrelevantes, ¿O quizá no?

Ahora predominan las mayores extensiones de asfalto o cemento, la progresiva escasez de arbolado, el empleo masivo de productos químicos, plaguicidas o herbicidas; desapareciendo la fluidez espontánea de la Naturaleza. No siempre estan justificadas estas tendencias, ni tienen una explicación racional.

Por eso no viene nada mal una invitación a inclinar un tanto la atención a estos aspectos de la vida, puramente biológicos en el ecosistema, culinarios, escenas campestres entrañables, relaciones sociales; y en definitiva, unas actitudes más básicas con nuestros entornos. No siempre está lo mejor en las grandes aventuras, viajes, etc.

¡CARACOLES!... con los caracoles.
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