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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Tradición contaminada

¿Qué tradición nos inculcan? ¿Somos capaces de filtrar sus contenidos adecuadamente?
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 24 de agosto de 2012, 07:11 h (CET)
A la tradición le achacamos innumerables significados y responsabilidades. Es la suma de experiencias previas, o se la supone así; conductas adoptadas para evitar peligros, estilos de vida en sociedad y gran número de ideas precedentes. Su importancia es manifiesta, puesto que no podemos partir de cero. Otra visión de la misma destaca los mecanismos influyentes para su consolidación y la utilización que hagamos de las experiencias contenidas en ella. Eso, que parece sencillo en una primera impresión, ofrece después diversas VARIANTES, unas serán enriquecedoras, frente a las que desvirtuen su buen sentido. Afrontamos esos factores, bien de manera indiferente, participativos o indignados; asumiendo o no las consecuencias de la actitud adoptada.

No existe una tradición estructurada, consolidada, como un libro editado a disposición del comprador, o como un decreto ya emitido. Por el contrario, son múltiples, variadas y simultáneas, abiertas a la atención de los interesados por sus contenidos. Afectan a todas las personas, como precursoras de la actualidad; colaboran en la aparición de los matices individuales, a través de un intercambio continuo. Enseguida apreciaremos como la nitidez inicial de aquel intercambio natural es casi un ideal o una utopía. Los entramados de la sociedad tienen capacidad para enturbiar la referida conexión entre las experiencias previas y la vida actual. Como ejemplo, veamos como se interfiere en la comunicación de las tradiciones familiares. La mezquindad de las INTROMISIONES, consiguen enormes deformaciones de los mensajes y de las conductas. En ocasiones, las bondades mal entendidas contribuyen a esa distorsión.

La contaminación sobreviene por diversos flancos, lo hace con gran facilidad y empeño. Siempre sobran intereses, declarados o disimulados, para la falsificación de los mensajes; la sinceridad espontánea se diluye entre ellos. Resalta el ejercicio del PODER en todas sus facetas, como muy proclive a la acción contaminadora. ¡Son tantos los recursos que moviliza! De manera especial, cuando los controles sobre las gestiones son escasos, cuando la sociedad se muestra permisiva con sus comportamientos. El poderoso decide a borbotones el momento oportuno para determinadas atenciones o memorias; al tiempo que origina silencios despectivos sobre otros elementos. Arrastran actitudes caciquiles de difícil justificación, pero de enorme eficacia. No deja de ser una anarquía peculiar, plegada a cada intención tergiversadora. Su potencia acoquina a los sujetos de sensibilidades opuestas, aunque dispusieran de buenos conocimientos. Homenajes y celebraciones surgen de manera caprichosa, o quizá sería más apropiado calificarla de tendenciosa.

Ideas o ignorancia, descubrimientos o misterios, costumbres y vicios, son algunas de las proposiciones que viajan entre las tradiciones. Su desarrollo requiere una serie de recursos, que de por sí podremos considerar como neutrales; aunque bien mirados, en la práctica resultan viciados por las actitudes humanas. El DINERO es uno de esos recursos necesario para casi todas las labores emprendidas. El mero archivo de unos datos, la dedicación para ciertas investigaciones, la transmisión de las diferentes formas para enfocar las cosas y sus ventajas, la detección de los serios inconvenientes técnicos o de procedimiento; representan unos pocos ejemplos, que llevan aparejado el cálculo del presupuesto preciso para su ejecución. Sin ese dinero, menguan las posibilidades; por lo tanto, es un factor modificador de los conceptos consolidados al final del proceso. Debido a ello, son importantes los núcleos, como la familia, que permitan una transmisión directa de los sentimientos y planteamientos; de ese modo genera un nivel de independencia crucial frente a las contaminaciones. Sin embargo, destaquemos pronto, la inexistencia de un agente con el monopolio exclusivo. Las aperturas y los intercambios son la regla de oro.

Una manera de desvirtuar las experiencias, gira alrededor de las estructuras desmesuradas. Por de pronto, suprimen la espontaneidad, sin la cual se aniquilan las vivencias de las personas, limitadas a un seguimiento necio. Una tradición muy estructurada no es viva, queda enmarcada en las vitrinas de una exposición, desprovista del dinamismo permanente que pide a gritos. Las estructuras deformantes adquieren formulaciones diversas –Fundaciones, rituales, manuales tendenciosos o programaciones forzadas-. El carácter monolítico e inaccesible en su elaboración, resulta flagrante en la medida de una inmiscusión progresiva del ESTADO. La neutralidad del ente gestor es una falacia, detrás mueven los hilos determinados personajes y grupos de presión concretos. Como en tantas otras facetas de la vida en sociedad, los excesos estatales contaminan la vida real de las personas, sus percepciones o sus relaciones. Lejos de facilitar las expresiones peculiares y sus conexiones libres; el mangoneo constituye una fuerte tentación para el poderoso ente y quien lo utiliza. Hay que aprender la lectura de la letra pequeña y entre líneas, ante los lemas ostentosos y las propagandas lanzadas a lo grande.

Como ocurre con la información independiente y objetiva de los periódicos y otros medios, también con respecto a la tradición nítida y contundente podremos afirmar que tampoco existe. La misma búsqueda en esos términos es un engaño manifiesto. La elaboración de los puntos de contacto es plural e inestable; el mismo concepto de una fijación es un fraude, porque se habla de algo distinto y alejado de la realidad. Si son ciertos los numerosos intentos con aires controladores, algo así sucede también con cada IDEOLOGÍA; no sólo tergiversan las tradiciones, si es necesario las inventan para su acomodo. Los ejemplos abundan bajo orientaciones de todo tipo. Para su manutención, esas ideologías repelen la mínima discordancia en su entorno; blindan sus historietas dominadoras a costa de verdaderas barbaridades. Mientras no se admita la variedad de tradiciones, asumiendo el diálogo como base de una relación conveniente, permanecerá el fraude de las imposiciones engañosas, con la consiguiente distorsión de cara al futuro. Cada testimonio particular debería tener el campo libre, la posibilidad real, para estar presente en los intercambios. Los exclusivismos, también en esto, están fuera de lugar y sólo conducen a una alienación progresiva; puesto que, contaminan la convivencia.

Frente a la indeterminación mantenemos una porfía permanente. Las NUEVAS REDES cibernéticas permiten el acceso a un mayor número de puntos informativos, enorme ventaja para esquivar a determinados controladores; pero dichas abundancias llevan aparejada una dificultad, puesto que exige el discernimiento de los datos fiables, que van mezclados con las patrañas. No es suficiente el acopio de información. La tradición no puede estar basada en un exclusivo acúmulo de expresiones; sin una asimilación y calibración por parte de los receptores, desaparecerá el registro de los significados y de los conceptos heredados. Tampoco resulta satisfactorio aquello de que todas las aportaciones sean de la misma validez. A esa abundancia indiscriminada suele asociarse otra contaminación manipuladora. Esta última se genera por la emisión anónima de contenidos inventados o por lo menos, sacados de contexto; como no hay una manera de distinguirlos, pasan al acervo común sin justificación. Lo hemos visto en fechas recientes. Si la masificación irreflexiva se impone, el contenido final de los conocimientos y sensibilidades sufre una intoxicación de imprevisibles consecuencias.
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