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Etiquetas:   Cataluña   -   Sección:   Opinión

El progreso de estos tiempos

18/10/2017 00:00:23
Francisco Rodríguez
miércoles, 18 de octubre de 2017, 00:00 h (CET)
Hoy quizás debería escribir algo sobre los problemas de Cataluña o sobre los voraces incendios de Galicia, pero pienso que sobre todo ello hay mucha gente que escribe sesudos artículos o exabruptos incomprensibles, por ello dedicaré mi pequeño artículo semanal a otras cosas, que pienso pueden resultar útiles a los que se les ocurra leerme.

Cada vez que muestro mi desagrado por algunas de las cosas que pasan hay quien me advierte que estamos en otros tiempos, que hemos progresado y que esta es la época de la “pos verdad”, expresión que no logro entender, pues para mí las cosas son verdaderas o falsas.

Respecto del progreso, de que tanto se alardea, me parece que no hay tal progreso sino cambio. Progresar sería el proceso de llegar a ser cada vez de mejor manera mediante el desarrollo armónico de su propia naturaleza, pero lo que observo es que lo que hay es un mero cambio.

Nos dicen que hemos progresado al admitir que hay varios tipos de familia, pero la familia progresaría si desde su intima naturaleza fuera desarrollando cada vez con más plenitud su papel de célula básica de la sociedad, donde los esposos consiguen unificar sus vidas en el amor y transmitirlo a sus hijos, pero si llamamos familia a cualquier tipo de unión temporal y evanescente, no hay tal progreso sino mero cambio, al que siguen denominando familia de forma engañosa e inapropiada. ¿Progresa la institución familiar con parejas del mismo sexo, que por su propia naturaleza no pueden procrear e intenten crear una falsa descendencia?

También nos quieren vender como progreso el divorcio, cada vez más exprés, cuando lo que nos ofrecen es simplemente el cambio de pareja, en una especie de poligamia sucesiva. La ruptura de una relación de pareja no es ningún progreso sino un fracaso lamentable y si hay descendencia una desgracia para los hijos. Las rupturas de pareja, con divorcio o sin divorcio, siempre son traumáticas.

También nos vende como progreso la libertad sexual y me pregunto si el ejercicio de la sexualidad como simple búsqueda de placer, sin freno ni compromiso, ¿hace progresar a las personas para llegar a ser mejores? Seguro que no. La sexualidad como algo sagrado para intercambiarlo en una relación de amor estable, en el que cada uno busca el bien del otro, sería un auténtico progreso personal. El libertinaje es destructivo, aunque se le llame “hacer el amor”.

Por supuesto que también pasa por progreso la difusión de todos los métodos anticonceptivos, incluido el aborto, que ha pasado de delito a derecho en una pirueta sorprendente. La rentable industria de los anticonceptivos facilitó la explosión de la libertad sexual, que no creo que nos haya hecho progresar como personas sino todo lo contrario. No hay tal libertad sino esclavitud y dependencia.

Habrá ocasión de reflexionar sobre otros muchos cambios en educación, en historia, en economía o en política que nos quieren hacer pasar como progreso, para lo que cuentan con multitud de medios de difusión.

Hay que utilizar la propia razón para no dejarnos engañar. Las cosas solo pueden ser verdad o mentira, nada de pos-verdades tramposas. Quizás sea más necesario ejercitarse en descubrir trampas que distraerse con vaciedades televisivas.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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