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Etiquetas:   Al cielo raso   -   Sección:   Opinión

Quijote y Sanchos: la tolerancia ante la inmigración

Elena Martínez Lopez
Redacción
miércoles, 29 de junio de 2005, 22:57 h (CET)
Con el proceso de regularización llevado a cabo por Zapatero, tanto el partido popular, como la cúpula europea de Bruselas, han criticado la excesiva tolerancia con que se estaba tratando el fenómeno de la inmigración. Esto conlleva una pregunta implícita: ¿Hemos de ser tolerantes con la inmigración? Para buscar respuestas me propongo un juego. Tanto la tolerancia como la inmigración pueden ser los dos personajes de esta historia, como en una novela, cuál Quijote y Sancho.

Inmigración es un nombre común, concreto, y como Sancho está lleno de realidad. Y es que cuando hablamos de inmigrantes no nos estamos refiriendo a jubilados alemanes, ingleses o estadounidenses que buscan la rentabilidad del sol y las cañas en las orillas de las benévolas costas andaluzas o ibicencas. Nos estamos refiriendo a una muy cruda verdad de nuestro país. Los pisos de 40 metros donde se amontonan familias ecuatorianas, la prostitución, el tráfico de drogas, el Estrecho, donde no sólo colisionan el Océano Atlántico y el mar Mediterráneo, cómo se nos enseña en el colegio, sino dónde casi a diario las olas emprenden un reto a muerte con las pequeñas pateras cargadas de sueños africanos en busca del Dorado occidental, la letanía de las

rumanas que nos acosan en los semáforos y en el metro con su lánguido lamento y su niño a cuestas, y tantas y tantas imágenes que son hoy en día, la viva realidad de un mundo, cuyas tres cuartas partes se encuentran bajo el umbral de la pobreza. Y hemos de reconocerlo, somos privilegiados, a pesar del paro, las hipotecas o la subida de los precios.

Pero esta posición privilegiada no nos hace borrar de la memoria 10 que hemos sido hasta hace muy poco: un país con hambre, con división y con miedo, y por supuesto, un país de emigrantes. Y no nos hace olvidar que si no estamos alerta podemos recaer, que no hay mal que cien años dure, pero tampoco bien.

La tolerancia es nuestro ingenioso hidalgo, un sustantivo abstracto, una palabra ambigua, llena de titubeos e idealismos, que posee dos dimensiones tan llenas de vaporosa realidad como la propia historia del hombre. No es respeto, a pesar de contenerlo. Tolerancia es una actitud de permisividad con un fuerte cargamento de valor. Desde nuestro propio poso cultural tendemos a identificar lo tolerable o lo intolerable, con lo correcto y lo incorrecto, justo y lo injusto, el bien y el mal. Y es desde este punto de vista desde el que estamos ofreciendo una dimensión ética al término, situándonos así en el campo del "deber ser", muy alejado del "poder ser", su otra dimensión, la política. Es aquí donde el deseo y la posibilidad se enfrentan. De esta forma se podría interpretar la política como una ética de las posibilidades. Es así como ética y política se convierten en dos personajes secundarios, pero imprescindibles en esta historia. No será desde la coyuntura política donde el término tolerancia devenga en su más notoria acepción, pero sí desde donde esta acepción se acoja cómo caballo de Troya para desvirtuar a la primera. No son pocas las veces en las que hemos escuchado la palabra asociada a debilidad, en referencia a una permisividad sin criterio ni autoridad, a la falta de convicciones y determinación necesaria para llevarlas a cabo. Sin duda, este es el discurso en el que se apoya el sector más conservador de nuestra sociedad occidental, en defensa de nuestros privilegios, los cuales tienen un merecido reconocimiento, pues no poca sangre, sudor y lágrimas nos han valido.

La Europa del bienestar se encuentra dividida culturalmente. Hay una Europa reaccionaria, la que dice "Europa para los europeos" y no desea más que establecer fronteras en

las aguas del mar, por definición indómito. Esta Europa no se atreve a enfrentar el problema. Lo quiere tapar, olvidar, maquillar, quiere convertir a Sancho en rey de Barataria y así quitárselo de encima.

El nacionalismo, en cierta medida deshumaniza, se muestra al otro, al diferente con esquemas prefijados y valores negativos, mientras que se ensalzan los valores y comportamientos que se presuponen en los nacionales. El que viene de fuera se ve envuelto en una nube mitológica creada alrededor suya por ser de tal o cual nacionalidad, o por ser blanco, amarillo o negro. Ésta es la base del racismo y la xenofobia, uno de los mayores peligros en que puede caer el ser humano. Todos tenemos prejuicios, esquemas que nos hacen incluir características a ciertas personas por pertenecer a tal o cual grupo. Pero el peligro se encuentra en incluir sólo características negativas a los diferentes, más si no tienen nada; y segundo, en pretender aplicar este esquema con cada ser humano como si fuera una ley universal. Puede ser verdad que ciertos rasgos se tiendan más a manifestar en una cultura que en otra, pero no podemos aplicar estos rasgos a todos los miembros de esa cultura, primero porque deshumanizamos y segundo porque no estamos realizando un juicio justo. El racismo es incultura con miedo.

Resulta evidente que ni España ni Europa han sabido actuar con eficacia en esta crisis con la que despedimos el siglo XX, e inauguramos el siglo XXI.

Los inmigrantes conforman una marea de hombres y mujeres en busca de una vida digna, a la que tienen derecho, y que no va a ser frenada por más leyes que les obstaculicen el camino. Si son capaces de jugarse la vida, de perderle el miedo a la cárcel o a la humillación que supone tirarse a la calle para vender el cuerpo, por supuesto son capaces de pasar por encima de nuestras leyes. Y tenemos que tener claro que ni debemos ni podemos frenarlo a base de policías. No podemos ponerle la etiqueta de "ilegales" a quienes sólo buscan la felicidad, y mantenerlos en un limbo jurídico. La política de extranjería española ha de ir encaminada hacía una distribución e integración de la población extranjera, en colaboración estrecha y vinculada en buena medida a UE, una política común europea sobre tal cuestión. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre establece que todos los seres humanos nacen iguales en libertad y derechos, y este es un principio fundamental acuñado en Occidente, y sobre el que existe un mayoritario consenso en la sociedad occidental. Entonces, ¿por qué seguimos ignorándolo?, ¿por qué no está en la base de todas nuestras constituciones? Porque aún vivimos una sociedad hipócrita, donde la Constitución española establece la libertad y los derechos de los españoles, y no de los que conviven puerta con puerta con nosotros, los que viajan con nosotros en metro y trabajan y crean riqueza en un país que les niega los papeles y los sitúa fuera de sus derechos, aunque no de sus deberes.

Porque es necesario que reconozcamos que también los extranjeros han favorecido y favorecen el crecimiento de nuestro país. Están rejuveneciendo nuestra pirámide de población, que se había puesto al revés, y nos aportan valiosos elementos culturales que mejoran nuestro desarrollo como pueblo.

En este momento resultaría inviable una apertura total de las fronteras sin una ley integral europea que regule el flujo migratorio y sin un internamiento a fondo en las causas de esta migración. Pues a la vez que se distribuye a la población extranjera, Occidente tendrá que minimizar el movimiento migratorio con políticas encaminadas al desarrollo de los países con grandes núcleos de población emigrada, analizando las causas de su marcha y reorientando su política exterior hacía una política de ayuda con una fuerte inversión. Hay quien podría decir que esto no va con nosotros, que cada cuál arregle su parcelita como pueda. Pero dejando de lado la carga de egoísmo que esto conlleva, es que, además nosotros no somos ajenos a la vida política y económica de otros países. En este momento hay inversiones europeas y estadounidenses en todos los países del mundo, los trabajadores de Malasia fabrican las zapatillas con las que nosotros jugamos al fútbol y Oriente Medio permite, con su petróleo, que todos los días podamos ir al trabajo en coche. Estamos, de hecho interviniendo activamente en la forma en que se rigen sociedades muy alejadas espacial y culturalmente de la nuestra, y esto está modificando y en muchos casos, devastando la organización social de estas poblaciones. Un buen ejemplo de ello ha sido la guerra de Irak. Y esto, sumado al conflicto palestino-israelí y a un choque cultural fuerte con el mundo islámico sobre todo, es el origen de otra de las lacras de nuestro mundo: el terrorismo internacional, que nos afecta tan directamente como se pudo comprobar el 11M, lo que polariza aún más la convivencia de culturas, que es uno de los pilares fundamentales donde tiene que asentarse una sociedad tan cosmopolita como la nuestra.

Es así como ética y política volverán a darse la mano, y como Don Quijote y Sancho podrán seguir caminando juntos por las secas tierras de la mancha, complementarios, conversando sin fin, sin que el primero llegue a que lo encierren por loco, y sin que el segundo no tenga más remedio que aguantarse con lo que le ha tocado.

¿Qué deber tenemos nosotros frente a los ecuatorianos, a las nigerianas, a los ucranianos, o a las marroquíes, afganas, o argentinos?

¿Tenemos frente a estos últimos, por ejemplo un mayor deber, al habernos acogido ellos con los brazos abiertos cuándo faltaban los recursos y el trabajo en nuestro país? No. Recogiendo la afirmación de Ortega, que fue un hombre sumamente sensato y con los pies y la cabeza muy bien puestos sobre la tierra, "Yo soy yo y mi circunstancia...", y continuó "... y si no la salvo a ella, nos hundimos los dos".

Bien, nuestra circunstancia, es hoy en día, universal, y no se trata de salvar a la humanidad, como Will Smith en Independence Day, pero sí de colaborar un poco, y de enfrentar la cuestión en toda su complejidad. Si no, sus problemas, que son los nuestros, nos hundirán.

Sin duda Sancho le está diciendo a Don Quijote: "Vuesa merced, qué se note que tanta imaginación sirve para algo".

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