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Opinión
Etiquetas:   Análisis internacional  

Siria no alivia

Isaac Bigio
lunes, 23 de julio de 2012, 07:53 h (CET)
El 20 de julio las Naciones Unidas resolvieron dar un último y final plazo de 30 días para sus observadores en Siria. Esta resolución, redactada por Reino Unido, se impuso sobre una que Pakistán pedía con el aval de Rusia para extender dicho mandato por 45 días renovables.

Ilusiones en el rol mediador de Naciones Unidas se vienen evaporando en la oposición armada siria, la cual siente que está volteando el partido en su favor, mientras que es el régimen quien busca la intermediación de la ONU para cortar alas a quienes les buscan derrocar o invadir.

El Ejército Libre Sirio (ELS) se ufana que el 18 de julio ha cambiado decisivamente la correlación de fuerzas en su favor al haber hecho explotar la sala donde se reunía el alto comando militar del gobierno. Las potencias occidentales no condenan a ese hecho, así como a otros atentados del ELS, como ‘terrorismo’, pues los acepta como legítimos actos de guerra.

EEUU y Europa quieren tumbarse al presidente Bashar al-Assad, en tanto que Turquía, Libia y los reyes del Golfo Pérsico financian o arman a quienes buscan deponerlo.

A estas alturas resulta difícil que Assad se mantenga en palacio en el 2013. Siria evitará una intervención militar estadounidense como las que tuvieron Afganistán, Iraq o Libia, pero podrá acabar presa de una mayor desintegración e intrusión de otros países de la región.

Siria es hoy el país musulmán que más bajas tiene por día (hay 10 veces más muertos allí que en Afganistán) mientras que sus dos mayores ciudades (Damasco y Alepo) se repletan de refugiados en tanto que las otras dos que le siguen en tamaño (Homs y Hama) se vacían por las matanzas.

Rusia e Irán se la están jugando por evitar la caída del régimen, apuesta que ambas potencias no habían hecho ante Afganistán, Irak o Libia. Es esta situación y la ausencia de un bombardeo occidental la que trabaja en favor de Assad, pero su talón de Aquiles consiste en la descomposición del régimen nacionalista panárabe tras medio siglo de existencia, en el hecho de que la principal columna del oficialismo se reduce a la minoría alawita (12-15% de los habitantes) y al que dentro de los sunitas (3/4 de la población) crece el descontento.

Siria puede transformarse en un infierno, aunque no al extremo de lo que fue su vecino Líbano. Es posible que en este país se acabe por imponer un régimen basado en la etnia mayoritaria (los sunitas), pero habrá que ver si éste termina siendo uno más pro-occidental como los de Turquía, Libia o el Golfo, o más ligado a la Hermandad Musulmana de Egipto y Gaza, y hasta que punto los jihadistas o Al Qaeda prosperan en dicho terreno.
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