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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una patera en dirección contraria

Elena Martínez (Madrid)
Redacción
jueves, 23 de junio de 2005, 01:31 h (CET)
“Interceptada otra patera con 75 inmigrantes al suroeste de Tarifa”, (2 de abril de 2005), “Interceptan a 52 inmigrantes marroquíes a seis millas de la costa de Vélez-Málaga” (5 de abril de 2005) “Cinco de los inmigrantes encerrados en Barcelona requieren atención médica por realizar ayuno” (5 de abril de 2005). Son noticias ya pasadas, pero basta con hojear los periódicos de hoy o de mañana o de dentro de un mes, y sentarse a ver más de dos días seguidos el telediario. La realidad se impone cuando de inmigración se trata. Es sólo un ejemplo, ya olvidado, del bombardeo de noticias que dan cuenta, a su vez, del goteo constante de inmigrantes que llegan a España en busca de una vida mejor. Los datos nos asombran porque se encuentran en permanente crecimiento. Las estadísticas y los medios de comunicación dan cuenta de un problema al que, por ahora, no se ha encontrado solución. Ni en nuestro país, ni en el resto de Europa. La experiencia de países como Alemania, Francia o Inglaterra sigue sin aportar la clave. Es por esto que la afluencia masiva de personas que llegan a Occidente para salir adelante es uno de los temas de mayor preocupación e interés entre los políticos europeos.

Y lo cierto es que, a pesar de la libertad de cada uno de los países europeos en esta materia, el ajuste de políticas migratorias y control de fronteras, parece ser, y es conveniente que así sea, la tendencia entre los miembros de la Unión. Al menos, si se busca una solución a largo plazo. No tengo dudas de que la convergencia de recursos, el debate y la discusión política, a un nivel mayor que el nacional, demostrarán una capacidad y eficiencia más altas. Dónde la duda me sobrecoge es en relación a su conveniencia, a su ética, a su compromiso con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Me explico.

Me caben dudas entorno a las directrices, legislaciones y normas que buscará la Unión Europea en materia de migración, (de migración de pobres, claro está). De las declaraciones que ha hecho el Consejo al respecto se desprende una política encaminada al blindaje de fronteras, de la misma forma que de lo recogido en el Tratado Constitucional: la competencia compartida, entendida como la libertad de cada país para buscar la mejor manera posible de controlar el flujo, y su decisión al respecto de cuáles deben ser los requisitos de un inmigrante legal. Siempre que lo controle, y que defina con claridad la línea que separa al ilegal, del que obtiene la confianza del Estado para alojarse en el país-destino. Por ahora no hay comunión jurídica, sin embargo, todos los países coinciden en la necesidad de evitar lo que se ha dado en llamar “efecto llamada”. Ésta fue una de las críticas lanzadas por la oposición al gobierno de Zapatero, alegando que la nueva ley de inmigración española potencia la llegada de un número mayor de personas. Resulta evidente el temor de nuestro país, y de Europa, por el incesante y cada vez mayor fenómeno migratorio. El miedo se asienta por muchos motivos: su integración cultural, las condiciones de marginalidad en que se mueve “el ilegal”, la incapacidad de las naciones de asumir en el mercado laboral a los recién llegados, etc. Son estos problemas, y otros muchos, los que dan cobijo al racismo, que no es más que una ignorancia con miedo. Aplicar a todos los miembros de una comunidad unos valores determinados, en función de su origen, etnia o condición social, es simplemente desconocimiento: ya sean favorables o desfavorables dichos valores. Porque no se trata de juzgar su validez moral, que dependerá de cada uno de los sujetos, de la misma forma que no se trata de comprobar la calidad personal de cada uno de los ciudadanos europeos. Se presupone digna y merecedora de todos los respetos. Esto es lo que nos dice la Declaración de Derechos a la que he hecho referencia: “Todos los seres humanos nacen libres, e iguales en dignidad y derechos”, (Art. 1), “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”, (Art. 13.1) “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”, (Art. 13.2).

El último artículo es menos conocido, pero no por ello menos importante. Es necesario recordarlo y traerlo a colación, para entender que no puede suponer un delito el mero hecho de abandonar un país y buscar la residencia en otro, más aún, cuándo la razón de este viaje es el simple desarrollo de los derechos recogidos en la declaración ya citada.

A menudo se nos olvida, de la misma forma que se nos olvida lo que hemos sido hasta hace muy poco; una nación con hambre, con dolor y con miedo, y una nación de emigrantes. Es natural este descuido. (Cuando nos escayolan una pierna nos solidarizamos con los cojos, los inválidos, los mutilados incluso. Hacemos apología de la rehabilitación de los espacios públicos para discapacitados físicos. Pero en cuánto nos quitan la escayola -¡paff!-, como magia, vuela de nuestras preocupaciones, como un pájaro que ya no necesita un nido donde guarecerse). Los inmigrantes no son disminuidos físicos, pero sí tienen una deficiencia de la que nosotros carecemos. Nacieron en un país pobre, no han tenido acceso a los recursos a los que nosotros sí tenemos acceso, por casualidades históricas, y también por méritos de hombres y mujeres valientes, brillantes y generosos, a los que debemos buena parte de nuestra condición. Igualmente, por la lucha que emprendieron nuestros padres y nuestros abuelos, dispuestos a alejarse de su país, a construir riqueza con su esfuerzo, a salir adelante aprovechando al máximo cada oportunidad. Lo mismo que busca hoy en día cualquier recién llegado a Madrid, Tarifa, Niza, Londres o Roma, con muy poco en los bolsillos.

Ir más allá de lo que se tiene delante de los ojos es cualidad de la inteligencia. Y no hace falta ir muy lejos para darse cuenta de que si son los españoles menos favorecidos los que pierden un puesto de trabajo, que gana un inmigrante, es precisamente porque éste último está dispuesto ha asumir unas condiciones de trabajo y un salario con el que cualquier europeo nos sentiríamos verdaderamente indignados. Y que esto es así, porque a muchos empresarios y políticos que los apoyan les reporta grandes beneficios esta situación, que luego servirá para que nuestro país muestre unos índices de crecimiento económico mayores. Es tan sólo un ejemplo, pero demuestra la reinante hipocresía entorno a la inmigración. Vuelvo a repetirlo; buscar residencia en un país ajeno no es un delito. Los contratos ilegales para obreros de la construcción, sí.

No sólo pecaría de ingenuidad, también de superficialidad, si propusiera una apertura total de las fronteras. Pero no dejo de comprender que su férreo control frente a africanos, árabes, sudamericanos y asiáticos, no es más que un síntoma del egoísmo que nos aqueja. Las políticas europeas de inmigración deben ir encaminadas, si quieren frenar las oleadas de extranjeros, hacía la búsqueda de un mapa internacional más justo y con menos desigualdades. Desigualdades de las cuáles también somos copartícipes. La policía nunca podrá detener a hombres, mujeres y niños que son capaces de lanzarse al mar, y enfrentarse a la muerte. Y la lucha contra mafias y grupos encargados de vender pasajes, y promover embarcaciones no es más que jugar al despiste para no enfrentar el verdadero problema: que las mafias tienen cabida porque responden a la demanda de un mercado necesitado de casi todo.

Por eso apuesto por una política de inmigración que se vuelque en la solución de las razones que llevan a los inmigrantes a huir de sus países. Una política que no choque con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una política que sé es inviable hoy día, pero que quizá se haga imprescindible si es que el resto fracasan. Una propuesta que es una patera demasiado cargada, incapaz de aguantar tanto peso. Una patera en dirección contraria, frágil, desvencijada, y haciendo aguas por todas partes. Aún así quiero enviarla. Me resulta necesario por los 75 inmigrantes que llegaron a principios de Abril a Tarifa, por los 52 que llegaron a Málaga, por los que sufrían problemas de salud encerrados en una iglesia, por los hacinados en pisos de 25 metros cuadrados, por los que surcan hoy el mar poniendo su vida en el intento… Allá va. ¡Buen viaje!

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