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Con la muerte de Philippe Junot no solo desaparece una figura del jet set europeo; se apaga también un modo de estar en el mundo. Junot fue, ante todo, un símbolo de transición: entre la aristocracia heredada y la celebridad mediática, entre el glamour espontáneo y la imagen cuidadosamente administrada, entre los años setenta que todavía creían en la improvisación y los ochenta que empezaron a ensayar la pose permanente.
Es curioso lo mal que entendemos las cosas del comer, o sea, la realidad descarnada, despojada de adornos retóricos y embalaje, tal y como se manifiesta estos días sin rodeos. Tenemos muy interiorizado el mecanismo de lo moral, sobre todo en la versión maniquea del Dios bueno y el Dios malo; braceamos en un mar de oposiciones y antónimos, como “democracia/dictadura”, “poético/prosaico”, “altruismo/egoísmo” y otros.
Noticias de la semana que viene: En el forcejeo de la discusión sobre quién se queda finalmente el Nobel de la Paz, si Machado o Trump, la Academia sueca procede a adoptar la solución salomónica de entregárselo a David Uclés.
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