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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
Por estas fechas del año 1921, Marruecos fue el escenario de una derrota militar de consecuencias insospechadas

El imperio más poderoso del mundo a principios del siglo XVI, el otomano, soñaba en su momento glorioso reeditar el imperio de Justiniano, adueñándose de Roma para alcanzar el Atlántico y apoderarse del Magreb.  Una idea que, oído al pasar,  aun no olvidan antiguas dependencias turcas.

Con ese plan,  Selim I conquistó Siria y Egipto, y luego su hijo Solimán el Magnífico se apoderó de Libia, Túnez y Argelia.  Cuando el plan estaba a la vuelta de la esquina, el sultanato saadita de Marruecos opuso resistencia militar y frustró los planes.


De alcanzar el Atlántico, el imperio turco hubiera disputado la conquista de América a portugueses, españoles y demás potencias europeas.  El imperio español donde no había puesta de sol decidió lanzarse a conquistar el Nuevo Mundo, según cierta historiografía inglesa, solo porque le pareció más sencillo subyugar a pueblos originarios de las recién conocidas tierras que vencer a los pueblos magrebíes. 


En aquel tiempo Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra guardaban un debido respeto a los habitantes de la costa mediterránea de África, actitud que no fue imitada por Don Sebastián de Portugal, que perdió además de la corona la propia vida en la famosa batalla de los tres reyes, en 1578.


Perderles respeto a los pueblos del Magreb tuvo un alto coste para España unos siglos después.

La historiografía española casi en forma unánime, considera que el mayor desastre de su historia militar no fue infligido por  Estados Unidos, a quien enfrentaron en la guerra 1898, sino el sufrido por estas fechas hace un siglo, en territorio de Marruecos. 


Los vencedores de 1921 ya no formaban parte del imperio jerifiano que derrotó al otomano, sino que habían devenido en un puñado de campesinos rifeños que supieron demostrar que las guerras las ganan los hombres y no las armas.


Su líder no era un radical que odiaba a España, sino un hombre que la había amado: Abdelkrim.

La inteligencia militar española, desconcertada, lo describe en un informe como un hombre cuya relación con los europeos había pasado del amor al odio sin motivo aparente.


Potencias europeas de Madrid a Moscú, e incluso Estados Unidos, habían avalado en 1912 el inicuo contubernio que dejó en manos francesas el Marruecos útil, y cargó sobre las espaldas españolas una fracción del desierto que solo traería problemas.   Un consorcio multinacional de 13 potencias extranjeras a la región se distribuyó el lucrativo control de la estratégica ciudad de Tánger.


Dibujar fronteras en el mapa, es un procedimiento cuyas consecuencias se conocen tanto en Latinoamérica como en Medio Oriente.  Lo hicieron los vencedores de la Primera Guerra Mundial con las provincias otomanas, los dueños del petróleo y Señores de la Guerra,  luego de matanzas absurdas como las que enfrentaron a Bolivia y Paraguay, y lo hizo De Gaulle creando límites antinaturales en el norte de África.


Lo peor de las guerras no es que solo los muertos vean su final, sino que a veces el odio al inventado enemigo subsiste por generaciones, solo para encubrir las propias culpas. El rencor sobrevuela la memoria y conspira contra las verdades, recluyéndolas en una penumbra creada a veces por los mismos responsables de un  enfrentamiento armado. Esa omisión selectiva llena de memoria es la mejor prueba que no existe el olvido. 

Artículos del autor

La diplomacia de América del Sur perpetró una de sus más insólitas aberraciones, que solo se conocería casi medio siglo después. La tragicomedia costó decenas de miles de kilómetros cuadrados ricos en recursos minerales, preservados con dibujos trazados en el mapa sudamericano en la penumbra y sin remordimientos, penas ni excusas.

Acababa de finalizar la última guerra de Sudamérica, la guerra entre Paraguay y Bolivia, que había sido ignorada en la mayor parte de su desarrollo por la prensa mundial. Nadie pensaba que el entonces presidente de Estados Unidos, hoy recordado como uno de los artífices de la victoria sobre la Alemania Nazi y el Japón Imperial en la Segunda Guerra Mundial, podría tener algún interés en una guerra entre las dos más miserables republiquetas de América.

En América Latina, una república que pudo ser colosal y no fue, mucho se habla hoy de autoridades irresponsables y corruptas, que han sumido a sus ricos países en una circunstancia lamentable. Un amigo con quien comparto la pasión por la historia, Federico Franco Cañiza, me expresó por estas fechas su inquietud respecto a ciertas adulteraciones que ha percibido en la historiografía paraguaya.

Guernica es un famoso experimento controlado de la aviación Nazi, acción consumada un 26 de abril de 1937, en el contexto de la célebre guerra civil española. Tiene también su vertiente artística, un famoso cuadro de Pablo Picasso, pintado en París entre mayo y junio de 1937.  

Por medio de decretos publicados entre el 3 y el 5 de marzo, el presidente paraguayo Mario Abdo Benítez dispuso la rotación de los embajadores en nueve misiones en el extranjero, incluida la de Rabat. Ese “cambio masivo” es el primer desde que asumió el actual canciller Euclides Acevedo el pasado enero, menciona Hassan Achahbar desde Rabat.

El crimen del senador Long nunca fue aclarado: el acusado de ser el asesino fue un respetado médico local, Carl Weiss, quien supuestamente portaba un arma calibre 32 en el momento del atentado. Weiss jamás pudo defenderse: fue acribillado con 61 balazos disparados por los “guardaespaldas” de Long.

Reconocido como un escritor progresista de izquierdas, partidario de la revolución argelina, escribió hace ya casi medio siglo un esclarecedor ensayo sobre la cuestión saharaui que sigue tan vigente a pesar del tiempo y los acontecimientos transcurridos.

Corría mayo de 1934, y el creador del ejercito rojo deambulaba por varios países europeos huyendo de su poderoso y mortal adversario, Joseph Stalin. El gran ideólogo nacido en Bereslavka subestimó siempre a su adversario, que aunque no era una lumbrera, era un gran estratega cuando se trataba de maniobrar dentro del partido comunista.


Explotaba los celos, la envidia y otros rasgos negativos de la sicología humana de manera magistral. Es bien sabido que no es bueno hacerse de enemigos que están a la altura del conflicto.

 
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