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Etiquetas:   Artículo opinión  

Fernando Lugo. La gran frustración

Frustración es la palabra que mejor define lo que representaron el cura Fernando Lugo y su gobierno que ha entrado en la recta final
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
miércoles, 18 de enero de 2012, 07:52 h (CET)
Se ha dicho que el político es capaz de prometer construir un punto aunque no haya río, y el cura Fernando Lugo con sus promesas vanas lo demostró de manera fehaciente.

En un reciente programa radial, un ex pastor evangélico devenido en candidato a la presidencia del Paraguay, Arnoldo Wiens,  definió sin dudar a Fernando Lugo como “una gran frustración”.  La definición expresó, sin dudas, el sentir de más del 70 por ciento de los paraguayos que hoy reprueba la actuación de este gobierno, por más que cuente con la obsecuencia de la mayoría de los medios que cotidianamente intentan convencer a su público de las bondades de la gestión arzobispal.

Fue verdaderamente frustrante ver que el gobierno del cual se dijo sería capaz de convertir al Paraguay en un país serio, y del que ya no se burlarían más en el exterior, haya tenido como principal referente al presidente más ridiculizado y caricaturizado de la historia del país.

Fue frustrante, sin duda, ver a un personaje en su momento presentado como referente moral revolcarse en el fango de escándalos tan vulgares como los que le plantearon sus relaciones e hijos con Viviana Carrillo, Hortensia Morán y Benigna Leguizamón, entre otras.

Fue realmente frustrante que la única forma de entender la reforma agraria por parte de los funcionarios y partidarios del régimen luguista haya sido sobrefacturar tierras y embolsar millones de dólares como intermediarios de negociados inmobiliarios.

Fue frustrante que de un personaje presentado en su momento como adepto a la teología de la liberación, Leonardo Boff hoy ya no quiera hacerse cargo, como lo expresó en una carta a Tácito Loureiro.

“No era mi obligación seguir el día a día de la política de Paraguay” fue el único argumento que pudo esgrimir el teólogo de la liberación brasileño, quien se prestó para la farsa viajando en más de una oportunidad al Paraguay por cuenta del contribuyente paraguayo, para ungir como supuesto teólogo liberador al cura de los hijos no reconocidos.

Fue frustrante, sin duda, que quien decía se retiraría del gobierno con el mismo par de sandalias con el cual llegó, haya terminado convertido en un oligarca ganadero, es decir, en lo mismo que siempre tanto criticaron sus esbirros cuando no tenían la sartén por el mango.

Fue frustrante además que sus compañeros de juerga y carreras de caballos como Daniel Rojas, provean permisos especiales para circular a sus vacas en pleno brote de aftosa, que más adelante tendrían las funestas consecuencias que todos conocemos.

Fue frustrante que el principal chico problema de su administración, Camilo Soares, haya pasado de ser un austero guevarista al principal corrupto del gobierno, a través de los negociados de la Secretaría de Emergencia Nacional.  Fue frustrante que el quinielero arzobispal Jorge Escobar, en lugar de pagar el canon que corresponde por Ley, haya decidido dejar sin fondos a la DIBEN para abocarse de lleno a una vida de playboy que hubieran envidiado Hugh Hefner y Larry Flint.

Fue frustrante que la mayoría de los principales secretarios de su administración, como Miguel Angel López Perito, se dedicaran a llenar importantes cargos públicos con su parentela política y hasta se vea envuelto en una polémica con la Cámara de Senadores al intentar nombrar a su novia en reemplazo de Margarita Morselli.

Fue frustrante que los marxistas y bolivarianos de la izquierda luguista sean delatados por las filtraciones de Wikileaks como unos vulgares suplicantes que acudían a la embajada norteamericana a solicitar equipos de espionaje y represión, como el caso del ex ministro Rafael Filizzola.

Y sobre todo, fue frustrante descubrir que los marxistas y bolivarianas en realidad eran cuasi empleados de la embajada norteamericana, colgados de las dádivas en dólares de USAID a través de sus ONG.

Con mucha razón advirtió alguna vez el escritor español Enrique Jardiel Poncela que los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa.
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