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Opinión
Etiquetas:   Arenas movedizas  

La insostenible casta parasitaria española

Los datos son escalofriantes y resultan de una desvergüenza pasmosa que deberían invitar a la reflexión
Javier Montilla
lunes, 16 de enero de 2012, 07:38 h (CET)
Se acaba de publicar un informe de Deloitte, que señala que las televisiones autonómicas costaron a las comunidades autónomas la friolera de 2.850 millones de euros en 2010. Es decir, en época de recortes, sacrificios económicos para los de siempre y un galopante recorte a los bolsillos de los españoles, las televisiones autonómicas son un agujero de insultante envergadura cuyo único fin consiste en servir de valium nacionalista o como chirimbolo para mantener a los adláteres, amigos de turno o favores políticos. O acaso a partes iguales.

Pero esto parece que no importa. Porque España, paraíso de las subvenciones de camisa roja o de camisa azul, subvencionó en 2010 al conjunto de las televisiones de los paniguados autonómicos con más de 800 millones de euros. Luego, es inviable que trece comunidades autonómicas tengan sus propias televisiones con más de cuarenta canales sumando todas ellas. Y es que el descabezado coste que suponen es inadmisible si se comparan con otras partidas presupuestarias de la Administración del Estado. Por ejemplo, ¿olvidamos que estos 2.850 millones de euros son casi el doble de lo que el Estado se ahorró con la congelación de las pensiones? Pero claro esto no le importa a esta casta de los zares españoles. Porque ni el PSOE ni el PP, o séase el PPOE, las van a cerrar. Principalmente, porque son una de las mejores vías de influencia política, y pese a los resultados negativos, ni uno ni otro quieren quedarse al margen. En esto siempre están de acuerdo. Para que luego digan, que son incapaces de llegan a ningún acuerdo.  Si es para compartir el pesebre confunden el amor con el sexo. Aunque sea de pago.

Pero no solo eso. En algunas comunidades como Cataluña, la televisión autonómica, TV3, solo sirve de herramienta de ingeniería social para construir la nación catalana. Y ya se sabe, sobre todo los que vivimos en Cataluña, que el pancatalanismo, esa fuerza que resiste a base de la intromisión de la política en la vida de los ciudadanos –Orwell no lo hubiera hecho mejor- ha convertido a la Comunidad Valenciana o a las Islas Baleares en anexos de su supuesto reino. Y todo eso gracias o a pesar de una deuda de vértigo. Solo en pérdidas TV3 se irá a los 21 millones de euros, datos que se presentaron el pasado mes de noviembre. Pero ya les aseguro que no va a cerrar.  Es un capricho costoso al servicio de la casta, instrumento de dominio y lujo superfluo.  ¿Y si las privatizáramos? -se preguntarán alguno de ustedes. ¿Pero quién las va a querer con las pérdidas que arrojan? No hay otra solución. En mi opinión, habría que cerrarlas todas.

¿Pero cómo no se va a hundir este país?  Si nuestra clase política ha convertido el dinero público (que como dijo cierta ministra iletrada no es de nadie) en herramienta destinada a ciertas oligarquías, proyectos faraónicos de dudosa utilidad o anestesia para pagar electoralmente a ciertos lobbies, camaradería diversa, palacios de Ambiciones- léase gallardonadas onerosas.- y disparates al por mayor. Y es que no nos engañemos. Nadie va a responder por los 400 millones de euros que costó la ciudad de la cultura de Santiago de Compostela, inútil e innecesaria. O por los más de 200 millones de euros del Aeropuerto de Castellón, aeropuerto sin vuelos. O por el ruinoso aeropuerto de Ciudad Real que nos costó más de 1.000 millones de euros y que cerró. O por el aeropuerto de Badajoz que costó 20 millones de euros. O por la subvención de un millón de euros a la película Mentiras y Gordas, en la que participó como coguionista la exministra de Cultura, Ángeles González-Sinde. O los 20 millones de euros que el gobierno se gastó en la cúpula -hortera donde las haya- de la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de las Civilizaciones de la ONU en Ginebra, con un miembro honorario del sindicato zapateril, Miquel Barceló. O los casi 32 millones de euros que ha costado la estación de Metro de Santa Rosa en Barcelona. O la ciudad del circo de Alcorcón cuyo coste supera los 120 millones de euros. O el tranvía de Zaragoza cuyo coste asciende a 400 millones de euros. Y la lista es interminable…

Pero si no fuera poco todo este desvarío de este festival erótico-festivo del derroche, la lujuria y el dislate, el escándalo llega el culmen con las últimas subvenciones del legado socialista que si no fueran porque el Estado está arruinado, sería el péplum perfecto de un largometraje de Benny Hill. Ahí tenemos el legado socialista, que más que legado es un melodrama en forma de maná de la subvención. Si su última actuación fue esa Nochebuena de Ana Belén y su haute costure con la cuchipandi zapaterina de Víctor Manuel, Joaquín Sabina o Miguel Bosé, dícese del selecto club de la ceja depilada con Sicav, la herencia de las subvenciones es insultante. Es una provocación que roza el delito moral que un día después de perder las elecciones, el Gobierno socialista en funciones, liderado por  Rodríguez Zapatero que paz descanse políticamente, aprobase un paquete de subvenciones por valor de 63 millones de euros. Ya sabemos de su obsesión por defender la alegría interplanetaria. Y para ello es trascendental destinar 300.000 euros para la mejora de la producción agrícola mediante la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea-Bissau, otros tantos para la promoción del crecimiento económico de los más vulnerables al cambio climático en Nicaragua, más de 300.000 para la contribución al ejercicio de los Derechos Sexuales y Reproductivos de las Mujeres de Mali o 300.000 más para emisoras de radio con enfoque de género en Camboya. Pero, ¿nos hemos vuelto locos? O España acaba con este entramado de gasto, expolio y disparates varios de la casta política parasitaria o mucho me temo que semejante embrollo acabará con la nación. Eso sí, al final siempre pagará la ruina el ciudadano de pie. Sin embargo, me temo que esto le importa muy poco a nuestros oligarcas.
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