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Etiquetas:   Artículo opinión  

Lugo abandona a su Industrial del Odio

De la misma manera que Stroessner abandonó a Edgar Linneo Ynsfrán, hoy Fernando Lugo abandona a su suerte a Rafael Filizzola
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
jueves, 29 de diciembre de 2011, 08:09 h (CET)
Se ha dicho que la ingratitud es la amnesia del corazón y la hija de la soberbia, y tales características han demostrado abundar en el gobierno arzobispal que hoy padece el Paraguay.  El ex ministro del Interior del cura Fernando Lugo, Rafael Filizzola, apareció con grandes espacios en la prensa por estos días denunciando que la guerrilla del EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo) planea ajusticiarlo en venganza por los abusos que cometió durante su gestión como Industrial del Odio del gobierno arzobispal.

Ejecuciones extrajudiciales, atropellos y vejámenes a humildes campesinos marcaron la gestión de Filizzola, quien en su avidez por complacer al establishment no reparó en métodos ni alianzas, llegando a abrazar al mismo Álvaro Uribe por indicación de su jefe el cura de los hijos no reconocidos.

El exilio interior que hoy sufre el ex ministro, signado  por las amenazas de la guerrilla, a muchos recuerda el ostracismo al cual Stroessner condenó a su  ministro Edgar  Linneo Ynsfrán, luego de una conspiración que nadie supo a ciencia cierta si realmente fue tal.

El Industrial del Odio

“El Industrial del Odio” es el mote que el recientemente desaparecido pensador febrerista Juan G. Granada endilgó, en artículos que hicieron historia dentro de la prensa militante paraguaya,  al ministro del interior de Stroessner, Edgar L. Ynsfrán.  Entre las atrocidades que Granada atribuía en sus sensacionales artículos a Ynsfrán estaban el haber arrojado a víctimas de la represión  estronista desde un avión a 2000 metros de altura, con lo que se “logró solamente aterrorizar a la población campesina con estas innecesarias barbaridades”.

Granada también denunciaba que opositores eran asesinados en la misma sede de la Policía de la Capital “y sus cuerpos arrojados a sepulturas desconocidas para evitar la libertad ordenada por el Juez del Crimen a favor del Tte. Prieto y de Gaspar Gauto que así rindieron tributo a su sed de sangre”.

También afirmaba que un miembro de la Interpol que realizaba investigaciones comprometedoras fue acribillado y muerto en pleno cine de la capital, y que comerciantes de la oposición fueron obligados a entregar cupos de 20 mil litros de nafta a la policía para gozar de paz, así como cientos de automóviles de opositores fueron a velar por la seguridad mantenida por el industrial del odio.   El joven dirigente liberal Palazón –denunciaba Granada- fue lisiado en la pileta de Investigaciones,  el doctor Celauro recibió una bala en la garganta en su propio domicilio por parte del arma checa utilizada por Ynsfrán, y el doctor Villagra soportó el simulacro de un fusilamiento en los bajos del Congreso por ser el maestro más destacado de la Facultad de Derecho.

Al coronel Meyer-seguía inventariando Granada en su artículo de enero de 1967- se le hizo participar de una conspiración dirigida desde el ministerio de Ynsfrán, y su inocencia pagó en el martirio y la humillación a la que lo condujo el industrial del odio con otros compañeros.

También el Mayor Barreto y el doctor Pesoa conocieron sus ablandamientos persuasivos, un grupo de 50 universitarios fue remitido al Chaco para hacer caminos, los doctores Perrota, Rojas Silvera y otros profesionales estuvieron rompiendo piedras en Tacumbú, con cientos de presos políticos que no podían renunciar a sus ideales de hacer patria con un sentido humano, escribía entonces Granada pintando la sombría época que reverdecería bajo el reinado de Filizzola.

Desterrado al exilio interior

Un buen día el todopoderoso industrial del odio de Stroessner, Edgar Ynsfrán, cayó en desgracia con el único líder y acabó desterrado como embajador en Roma.  Desde la lejana Ciudad Eterna,  siguió amenazando como una letanía a sus adversarios, como hoy lo hace Filizzola.  El Industrial del Odio ya sólo cosecharía las burlas de Granada, quien le espetaría que con sus amenazas intentaba dar a entender “que pronto ha de volver triunfalmente, conducido en andas por medio millar de correligionarios desde el aeropuerto General Stroessner hasta su mansión, y de allí salir en busca de su víctima”.

Para su sosiego y retiro silencioso- le decía Granada- conviene saber que su ausencia de esta tierra a la que dice amar apasionadamente desde la distancia, será prolongada y de nada valdrán sus amenazas ni intentos de recobrar posiciones para saciar su sed de sangre en la persona de inocentes adversarios, como siempre lo ha hecho con el pueblo paraguayo, al que usted ha perseguido, amordazado y conducido martirizado de una celda a otra, de un patíbulo a otro.

Hacía notar Granada al Industrial del Odio que muchos no podían creer que se había convertido en un “hombrecito flaco, alto, ojeroso, que pasea su torva figura por las calles de la ciudad eterna y se resiste a creer que sea el mismo de aquel que ayer nomás levantaba polvareda en un lujoso Mercedes con chofer armado de ametralladora,  con teléfono radio en el auto, y no puede concebir aún la realidad de verlo convertido en humilde yerno de nuestro embajador en Italia, ni imaginar que Roma detiene su tránsito de vehículos para verlo pasar como un Calígula criollo”.

Tal vez sea la misma sensación que hoy embarga al Industrial del Odio del gobierno arzobispal, el niño mimado de la oligarquía caído en desgracia, Rafael Filizzola.
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