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Etiquetas:   Hombre   Historia   -   Sección:   Opinión

El origen del hombre

La alfa y la omega, el principio y el fin. Si no sabemos de dónde venimos no sabemos a dónde vamos
Octavi Pereña
martes, 1 de agosto de 2017, 10:16 h (CET)
El periodista Josep Corbella le pregunta a Alberto G. Fairén, investigador del Centro de Astrobiología en Torrejón de Ardoz: - S i no se hubiese dedicado a la Astrobiología ¿qué le hubiera gustado ser? Respuesta: “Habría estudiado el origen del ser humano”. A los seres humanos en general nos gusta saber de dónde procedemos. Los paleontólogos investigan los fósiles. Los astrobiólogos si existe la posibilidad de vida en otros planetas. Los paleontólogos en concreto están absortos en investigar el llamado proceso evolutivo del hombre. Con las pequeñas muestra óseas encontradas en parajes diversos y que según ellos tienen millones de años de antigüedad van indicando con más precisión de que si se tratara de un reciente evento el proceso evolutivo de los homínidos hasta el hombre actualidad. Todas las aseveraciones que se hacen para llegar a nuestro origen se basan en teorías que no dan credibilidad a los resultados paleontológicos. Resumiendo, teniendo en cuenta la declaración de Alberto G. Fairén los registros fósiles no resuelven el enigma de dónde venimos.

El encuentro en Sudáfrica de una especie de homínido el homo maledi “ha vuelto a poner sobre la mesa el debate en torno a una cuestión crucial que parece una obviedad, pero que los científicos llevan discutiendo desde Darwin sin encontrar una respuesta única: “¿Qué nos convierte en humanos?” “¿Qué nos diferencia del resto de los primates?” (Guillermo Altares). “La evidencia fenomenológica”, prevalece “ya que la observación de nuestra cultura y de nuestra historia nos lleva necesariamente a la conclusión, a pesar que seguimos siendo animales somos diferentes del resto” (Thierry Cheminade, experto francés en la evolución del cerebro humano), “no obstante esto, dice Guillermo Altares, esta respuesta deja abierta la pregunta clave, somos diferentes, pero, ¿por qué?”

Solamente podemos saber a dónde vamos si sabemos dónde venimos. Si somos el resultado de un proceso evolutivo que se arrastra desde hace millones de años, nos deja sin respuesta convincente. El registro fósil no responde a la pregunta: ¿Quién soy? Nuestra existencia sigue siendo un enigma desde el ateísmo o la incredulidad. La Escritura cristiana afirma: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Los necios de la Biblia no son personas de pocas luces. Pueden ser personas eminentes en diversos campos de la cultura. No se les puede menospreciar porque gracias a ellos se han producido grandes avances tecnológicos que nos proporcionan bienestar. El necio de la Biblia es una persona incapacitada para comprender las cosas espirituales. Es por esto que no pueden entender que más allá del mundo material existe Dios que además de la maravillosa creación que contemplamos, es el Creador del hombre. Hecho a imagen y semejanza de Él. No basta con creer en un dios genérico en el que se le pueden incluir la multitud de divinidades que el hombre se ha fabricado. El Dios a que me refiero es el Autor de la Vida que en la Persona de Jesús se encarna para revelarnos al Invisible. Una Inteligencia impersonal no sirve para dar respuesta a la pregunta clave: ¿Quién soy?

Jesús hace esta afirmación de suma importancia: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). ¿Por qué esta afirmación tan dogmática? Porque el pecado nos separa de Dios nuestro Creador y pone ante nuestros ojos un velo que nos impide ver las realidades espirituales que son eternas. Sin Jesús somos ciegos que andan a tientas sin saber dónde está la meta a la que hemos de llegar. Caminamos desorientados tropezando por doquier. El amor inmensurable de Dios con su amor eterno diseña el plan que permite que el hombre que se equivocó de camino en el paraíso por instigación satánica, pueda recuperar la visión de las realidades espirituales. En el momento que se cree en Jesús cae la venda que impide ver. En aquel momento Dios deja de ser un concepto nebuloso, intelectual, filosófico, para convertirse en Dios personal, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro que está en el cielo.

El enigma: ¿Quién soy? Desaparece. Sé que procedo de Él por creación, y regreso a Él como hijo pródigo por Jesús que es el Camino que me lleva a Él. La incógnita existencial ha desaparecido. En Jesús el hombre se encuentra.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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