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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Curiosidad

Quien vive siempre deseoso de aprender algo nuevo despierta con ilusión cada día
Guillermo Valiente Rosell
viernes, 16 de junio de 2017, 01:51 h (CET)
En esta vida hay que ser curioso, pues la curiosidad es el primer paso imprescindible hacia el aprendizaje. Cuando se vive sin interés por nada uno acaba convirtiéndose en una especie de zombi incapaz de coger las riendas de su vida. Una persona sin curiosidad se deja llevar y es incapaz de tomar decisiones verdaderamente sinceras y racionales.

Decía Ortega que “sólo quien está en actitud de hacerse cuestión precisa y perentoria de las cosas — de si, en definitiva, son o no son— puede vivir un genuino creer y no creer”. Para conocer algo, primero hay que tener interés por ello, y sólo conociendo las cosas podemos ser libres y elegir con criterio. Por eso el curioso siempre lleva ventaja. Aquél que no puede evitar preguntar por todo lo que ve, investigar sobre lo que se le presenta y estudiar lo que se encuentra ante sí no dejará nunca de aprender. La curiosidad es un potente vehículo que puede conducirnos hacia la sabiduría.

Hay profesiones en las que la curiosidad es más que una virtud. Es el caso del periodismo, una actividad para la que ser curioso es condición sine qua non. El periodista debe situarse ante la realidad como el matemático que se enfrenta a un problema, y ha de buscar siempre todas las respuestas posibles. Tiene que asemejarse al niño que, asombrado ante el mundo, desconocido para él, pregunta sin cesar a su madre. Lo triste es que las tecnologías han acabado con la curiosidad de muchas personas. Vamos en el metro mirando el WhatsApp en el móvil y caminamos escuchando música, aislados, sin percibir lo que tiene lugar a nuestro alrededor. No reparamos en la realidad. Muchas veces, un simple paseo puede convertirse en una gran enseñanza, y puede ofrecer cosas inesperadas, situaciones enriquecedoras. Sin embargo, preferimos ir mirando el móvil y escuchando música, encerrados en nosotros mismos, en lugar de contemplar a la gente que nos rodea, el paisaje, los edificios.

En todos lo ámbitos la curiosidad se revela como un arma inigualable. En la escuela, por ejemplo, el alumno curioso, deseoso de obtener respuestas, ya habrá recorrido buena parte del camino. En ocasiones la curiosidad quizás pueda parecer una temeridad, pero debemos asumir que en todo descubrimiento hay riesgo. Investigar es arriesgarse a fracasar con la esperanza de descubrir algo nuevo. El miedo al riesgo no debe detenernos. Siempre es preferible morir de curiosidad, como el gato, antes que de abulia.

Quien vive siempre deseoso de aprender algo nuevo despierta con ilusión cada día. Por eso, estaría bien que intentáramos salir a la calle como si todo fuera nuevo, observando el entorno y a la gente, y haciéndonos preguntas, sin prejuicios. Seguramente veríamos la vida con otros ojos y aprenderíamos a valorar los pequeños detalles cotidianos.

Podríamos probar. Cuando volvamos a casa seguramente tendremos cientos de mensajes sin leer. Habrá merecido la pena.
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