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Etiquetas:   Historia   Política   -   Sección:   Opinión

La historia como arma política

La historiografía tiene el poder de sustituir lo pasado por lo deseado
Guillermo Valiente Rosell
viernes, 19 de mayo de 2017, 00:00 h (CET)
La historia es una de las principales disciplinas del saber. No sólo nos permite conocer nuestro pasado, sino que además nos ayuda a entender el presente y a influir en nuestro futuro. Es una disciplina que, a su vez, abarca amplios campos del conocimiento como pueden ser el arte, la política, la música, las mentalidades, las tradiciones o la ciencia.

La mayoría de los gobernantes de todas las épocas han sido conscientes de la gran importancia que tiene conocer y controlar la historia. Por eso, precisamente, ha sido siempre una disciplina delicada y muy vigilada por el poder, pues la historiografía tiene el poder y el peligro de sustituir lo pasado por lo deseado, de contar lo que uno querría que hubiese pasado en lugar de aquello que verdaderamente ocurrió.

La damnatio memoriae o “daño a la memoria”, el intento de suprimir u ocultar una parte de la historia, ha sido una práctica común desde el Antiguo Egipto. La sufrió la reina Hatshepsut, cuyos testimonios trató de destruir su sucesor Tutmosis III, así como Akenatón, cuyo reinado fue intentado borrar de la historia por los sacerdotes de Amón. La pusieron en práctica los griegos y los emperadores romanos, que en muchos casos trataban de borrar toda huella de su predecesor; y los cronistas medievales también hicieron uso de ella para contentar a sus soberanos. En la Edad Moderna, la damnatio memoriae todavía era muy frecuente entre los dogos venecianos, y en pleno siglo XX hay numerosos casos, como por ejemplo la eliminación en las fotografías de Trotski y otros revolucionarios soviéticos ordenada por Stalin a medida que se iban sucediendo sus purgas.

Otra forma de manipulación de la historia estaría representada por la llamada leyenda negra, que se extendió por Europa durante los años de apogeo del Imperio Español y que fue asumida por buena parte de la historiografía liberal española en los siglos XVIII y XIX. En este caso, no estaríamos ante un intento de borrar parte de la historia sino de falsearla o de modificarla intencionadamente.

En España hemos vivido recientemente esta segunda forma de manipulación, consistente en cambiar el pasado e intentar presentarlo de manera distinta a como realmente fue. El Franquismo, tras la Guerra Civil, trató de presentar la República como la encarnación de todo mal, para lo cual transformó un conflicto fratricida en una “cruzada contra el comunismo” y convirtió al dictador en la personificación del patriotismo y del buen gobierno.

Hoy en día seguimos viendo cómo se continúa con estas prácticas. Se cambian nombres de calles en un intento de borrar cuarenta años de la historia de España, se impulsa una historiografía promovida desde el poder, que desacredita toda réplica y que busca mostrar la Segunda República como un régimen perfecto, pasando por alto la inestabilidad que caracterizó el periodo y las numerosas irregularidades y abusos que se cometieron.

El último caso de manipulación histórica que ha tenido lugar en España, vinculado a la situación política del momento actual, es el intento de presentar a Cataluña como un país independiente que quedó sometido a España tras la llegada de los Borbones. Es un ejemplo más de la importancia que la historia tiene para los gobernantes, que la convierten en un arma al servicio de sus intereses políticos.

La manipulación y la eliminación de la historia no sólo causan un gran daño a la cultura, pues dificultan el conocimiento del pasado, sino que son un golpe mortal para la propia historiografía, ya que acaban con su credibilidad. Frente a los manejos políticos, la historia sólo tiene una forma de defensa posible: el rigor y la defensa de la verdad, sea cual sea y moleste a quien moleste.
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