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Etiquetas:   El Consueta   -   Sección:   Opinión

Una madre muere por minuto

Félix Población
Redacción
jueves, 10 de marzo de 2005, 23:00 h (CET)
Puede que la más infausta entre las muchas reprobaciones imputables a este mundo nuestro sea saber que en él muere una madre por minuto. Máxime cuando es verificable que esa madre pudo no llegar a serlo porque ha dejado su vida en el parto. Lo cierto es que cada año, por complicaciones derivadas de la mala, precaria o nula salud materna mueren en nuestro planeta azul, orlado como es del caso con el más negro de los lutos, más de medio millón de mujeres. Tal causa comporta el fallecimiento anual de tres millones de recién nacidos, antes o después de ver la luz.

Conviene recordar estas cosas con ocasión del 8 de marzo, pues si fundamentales y decisivos son para el discurrir de la convivencia en justicia e igualdad los derechos de la mujer trabajadora, de tan costoso y perfectible advenimiento, tanta o más consideración se merecen los de la madre, de cuyo porvenir depende la humana pervivencia de nuestra especie. Al menos, mientras no hagamos de la Tierra lo que llevamos camino de consumar gracias a la insensibilidad de quienes con más ahínco y poder la depredan.

El embarazo y el parto son en los países del llamado tercer mundo las principales causas de muerte, enfermedad y discapacidad entre la mayoría de las mujeres en edad fértil. Entre un 30 y 40 por ciento de los fallecimientos infantiles se debe a la nula, insuficiente o ineficiente atención dispensada a las mujeres durante la gestación y el parto. A ello hay que añadir las no menos nefastas consecuencias originadas por falta de atención médica en los embarazos no deseados.

Parece ser que la ONU tiene previsto en su Agenda del Milenio, entre sus ocho objetivos más perentorios, darse un plazo de diez años para reducir la tasa de mortalidad materna en tres cuartas partes. Algo así, que en una humanidad solidaria sería meta de lo más factible, resulta de lo más improbable tal como se forjan los dictámenes del nuevo imperio. La prueba está en la perspicacia de las naciones ricas para nombrar a las pobres en su codiciosa jerigonza de intereses contables nunca ahítos: Lo de países en desarrollo cuando lo suyo es en tan alto grado un natalicio de muerte induce a sospecha más que a redención.

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