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Enfermedades de Fernando Lugo y orquestaje mediático contra Hortensia Morán

Ni los resultados de ADN son confiables en el paraíso de los falsificadores y la corrupción
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
miércoles, 13 de julio de 2011, 06:51 h (CET)
Dijo Winston Churchil que la salud es un estado transitorio entre dos épocas de enfermedad y que, además, no presagia nada bueno. La frase cobra vigencia con la estrategia aplicada por el cura Fernando Lugo, quien con un parte de enfermo elude a las críticas cuando le viene en gana.

Según ha hecho notar la prensa internacional, a partir de la noticia, del cáncer que padece Hugo Chávez y la escenificación que el líder caribeño hizo para un melodramático anuncio de su enfermedad, a un año de las elecciones en Venezuela, han demostrado la consolidación de un fenómeno comprobado que se reitera en la política latinoamericana: el uso político de las desgracias.

Chávez, al igual que Fernando Lugo y otros presidentes de la rosca del foro de Sao Paulo, parece haber comprendido la empatía espontánea de la gente ante la tragedia humana y la utilidad del tema para lograr cambiar en la valoración popular de sus gobiernos.

A mediados del 2010, otro cáncer sacudió a la prensa internacional desde Paraguay.

"Los estudios provisorios realizados al ganglio del presidente Fernando Lugo dieron por resultado a una enfermedad maligna conocida con el nombre de linfoma", fue la noticia que conmocionó a un país en una conferencia de prensa realizada en la misma sede presidencial.

Desde entonces y con sospechoso hermetismo, un cerrado círculo de íntimos ha manejado el tema de las enfermedades del cura con sospechoso optimismo, como si todo hubiera sido un gran operativo de prensa, similar al de las pruebas de ADN negativas con las que buscaron crucificar a Hortensia Morán.

El márketing de la desgracia

Otra enfermedad del cura fue diagnosticada hace pocos meses, el de una supuesta afección articular. Luego de un periplo turístico que incluyó a Cuba y Haití, la dolencia se desvaneció de los reportes oficiales.

Ante una reunión de ganaderos a la que Lugo no quería asistir para evitar ser vapuleado por las críticas, sus esbirros echaron mano de otro mal, en esta ocasión la erisipela.
Según reportaron el fin de semana desde el misterioro entorno arzobispal, el presidente Fernando Lugo estaba aquejado de una erisipela, una enfermedad bacteriana de la piel frecuente en pacientes con dificultades circulatorias en los pies, como su caso.

La lesión cutánea, se informó, estaba relacionada con su problema de várices y afectaba el pie izquierdo. El oportuno mal vino como anillo al dedo para eludir las críticas del establishment y del Partido Liberal, a cuya celebración de aniversario quedó exonerado asistir.

Una vez más utilizó su diagnóstico como para justificar su ausencia en el acto de recordación del 124 aniversario del Partido Liberal, en el Panteón Nacional de los Héroes.

Orquestaje mediático contra Hortensia

Una batalla mediática no menos fragoroso a que Lugo y Hugo Chávez libran contra el supuesto cáncer que padecen, es la que libra Hortensia Morán, contra el abigarrado y sombrío entorno arzobispal del cura presidente de Paraguay.

Pocas semanas atrás, como un fantasma, una noticia recorrió el mundo: la justicia puso en duda una displicente prueba de ADN realizada al cura Fernando Lugo, sin procedimientos que revistan el mínimo de seriedad. Si se analiza el procedimiento seguido en la toma de muestras, su transporte y custodia, puede decirse con seguridad que los resultados de las pruebas son menos creíbles que un cura con hijos.

Tras una dura batalla mediática, Morán logró que la Cámara de Apelaciones de la Niñez y la Adolescencia indague a los tres laboratorios sobre las pruebas de ADN que realizaron para comprobar si el presidente Fernando Lugo es o no padre de su hijo de dos años. Las muestras extraídas para las pruebas no tuvieron cadena de custodia, fueron enviadas al extranjero sin autorización de ningún juzgado, y los laboratorios no pudieron exhibir documentos originales de las pruebas supuestamente realizadas en el exterior.

Las dudas al respecto crecen al observar la facilidad con la cual el cura presidente Fernando Lugo obtiene certificados médicos fraguados para eludir compromisos, algo muy común y frecuente en Paraguay. Durante el juicio a varios represores de la dictadura de Stroessner, los certificados médicos fueron un ardid frecuente de muchos de estos personeros para eludir sus cuentas pendientes.

En Paraguay, país considerado como uno de los más corruptos y como el paraíso de falsificadores, la clase médica no escapa a la categorización, y ello explica la facilidad con la cual pudo orquestarse desde el poder mediático no sólo la falsificación de la identidad política e ideológica de Lugo, sino también la adulteración de su propia catadura moral y hasta de los resultados de sus pruebas genéticas.

Decía Charles Baudelaire que la vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. En el caso de algunos enfermos camaleónicos como Lugo, no sólo parecen dispuestos a cambiar compulsivamente de cama, sino también de diagnóstico e incluso de sangre y ADN.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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