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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

"Progreso Social"

Ezequiel Estebo
Redacción
miércoles, 2 de marzo de 2005, 23:59 h (CET)
Es complicado ser ciudadano en estos tiempos. A uno le pueden hundir la casa y no darle ni una explicación ni una llamada ni una mísera muestra de preocupación y encima a lo mejor aún le toca aguantar impávido al ver las noticias cómo los que ostentan el poder que se les ha prestado para usarlo en solucionar problemas se lo disputan a razón del tres por ciento de comisión, o el cuatro, o el cinco o a saber. Porque en esto es muy probable que suceda como con las declaraciones fraudulentas que a voces se canta al tres cuando en letra pequeña ya se han inscrito las treinta.

Aunque claro, el tres igual es poco a la vista del saldo político. Y así un suceso trágico de estas características, se salda con las dimisiones del delegado de transportes y puertos, que según parece no corresponde, y con la del presidente del GISA, que tampoco corresponde según parece. Y en cambio, no se salda con ninguna dimisión que sí corresponda, según se observa. Lo que ya sería increíble es que dimitiera alguien que sí debiera. O a lo mejor lo soprendente es que el señor Nadal considere oportuna alguna dimisión.

En Cataluña, sabemos todos, rige la ley del dinero. Supongo que esto no le descubrirá América a nadie, ni siquiera al Colón que impertérrito a las inclemencias del tiempo y a los corrimientos de suelo sigue señalando en el puerto barcelonés. Tampoco, además, se puede decir que sea nada reprochable.
El dinero rige el mundo entero, España no es un excepción y aunque a veces en Cataluña haya quien crea que vive en otra dimensión, no dejan de ser una esquina de esa tierra llamada España, que está en ese continente llamado Europa del planeta Tierra. Osea, nada nuevo ni original, ni mundo aparte.

El problema no es ese. El problema es el tres por ciento. O más bien cuando el porcentaje se hace famoso en el parlamento; que ya puestos podían haberlo publicado en el DOGC.

Lo de Maragall tiene nombre, se llama soberbia. Prendado de su cargo y su persona, roza el láureo la divinidad y su concepción de la política y de lo que puede o no permitirse traspasa las fronteras del bien, del mal y cualquier otra concepción humana. Lo de Mas ya es más complicado: ¿Demanda o no demanda? Demanda sí, pero... si hay suerte y se oferta plaza para el contubernio de turno pues mejor. Se retira la demanda y todos vuelven a sus oficios.

Lo que ya no tiene nombre es los del "no a la guerra", el "nunca máis" y toda la demás panda de profesionales de la manifestación espontánea y la solidaridad y tolerancia por bandera. ¿A esos cómo se les llama? Porque la cara no la han dejado ver mucho en estos días. Miles de personas se han quedado sin viviendas así de golpe y porrazo y fíjense que ni una sóla manifestación solidaria en favor de los damnificados del Carmel, ni plataforma antigobierno, ni nada... Es más, casi diríase que si no llega el señor Maragall a lucir palmito en el parlamento catalán el Carmel no existe.
Y bueno, es cierto que ya poco queda de él, pues sí; pero vamos, que existir sí existe, el socabón ha pegado un mazazo fortísimo a miles de personas y aunque parezca mentira, se comenta casi como de pasada en los medios nacionales, como si fuera lo más normal del mundo que las casas se hundiesen en España. Y... en fin, ustedes me dirán; pero yo afortunadamente conozco muy pocos casos de casas que se hayan hundido.

Quizá hay una lección importante para aprender de todo esto. No es descubrir que existe corrupción entre la clase política, que ya lo sabíamos; ni que las manifestaciones espontáneas no existen, que algunos también ya lo sabíamos. Sino más bien que frente a palabras como socialismo, progreso social, lucha por la igualdad, preocupación por los pobres, política para la gente de a pie y no para los ricos, y todos los demás tópicos que siempre se repiten, la realidad de los hechos, con claridad meridiana, nos revela una verdad clara y transparente: A esos señores la ciudadanía se la trae al fresco, lo único que les importa son sus comisiones y sus luchas partidistas por un estatuto que evidentemente tiene poco de social y sí mucho de lucha de poderes.

Ustedes verán, pero a veces los hechos se revelan tan simples y sencillos que no requieren ni interpretación, sólo el valor de enfrentarlos y mirarlos de frente.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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