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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La conveniencia del más fuerte

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 28 de febrero de 2005, 23:46 h (CET)
Si escribir es una forma de aprender a leer del libro de la vida, la literatura es la mayor de las utilidades para poder caminar por este mundo en el que la justicia –coincido con Platón- no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. El viaje con las palabras suaviza los corazones y enternece, invita al intercambio de ideas, armoniza a los fanáticos con fonéticas que moderan y sin levantar la voz se reblandecen los leones. El reino de la equidad es más una atmósfera de almas que de vientos humanos. No es fácil abrir la ventana de los oídos y tener el coraje de mirar dentro de sí, volver la vista atrás y soñar posibilidades que nos encaminen a la ecuanimidad.

Tal vez, por las prisas, nos falte tiempo para hallarnos. Lo de crear análisis interior, cada uno consigo mismo, forja el pensar en los demás. Por ello, considero que es una buena manera de hacer ley, sin conveniencias interesadas, el que un grupo de catedráticos de Historia del Derecho de varias universidades españolas constituyan un grupo de trabajo, para analizar la vertebración territorial de España desde una perspectiva científica e histórica, cuyas conclusiones serán expuestas en un libro en el año dos mil siete. Ya es hora de que las gentes de cátedra sienten sus ideas y asienten sus posturas en un mundo tan desordenado como desorganizado. Esto siempre es saludable. A mayor profundidad en el conocimiento, mejor capacidad para preocuparse y ocuparse de transmitir experiencias vividas. Porque el estudio, en parte es eso, vida existida y asistida.

Lo justo no es dejarse llevar por el poder y convenir callarse. Puede ser cómodo y encima da su beneficio. Se olvida que el tiempo, al final, todo lo pone en su sitio. Es el más imparcial de los críticos. Los nacionalismos, puestos tan en boga hoy en España, no son más que un conjunto de exclusiones interesadas. Bajo estas contiendas es bastante difícil que las generaciones futuras sean educadas en el respeto a las manifestaciones plurales de la lengua y la cultura. Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, ha puesto el dedo en la llaga al afirmar que hasta el ocio contradice la solidaridad entre las personas. Claro que habría que poner límites a esos ociosos noctámbulos que han tomado como divertimento, destruirlo todo a su paso. Quizás antes tendríamos que borrar de los vídeo-juegos, televisiones y demás menús embaucadores, la continua dosis de violencia que siembran, darle una solución al calvario que soportan algunos jóvenes nacidos en familias disgregadas, ofrecerles otra enseñanza más educativa en valores de verdad.

Ciertamente, sin corazón unido al corazón del mundo, no se puede vivir, se llegará a un horizonte de cuerpos vacíos, a una jungla movida por el instinto del más fuerte a morir. Deberíamos comenzar a revelarnos contra ese poder en el que uno vale por la capacidad que tiene para el consumo. Tras la conveniencia del más fuerte, propongo la avenencia con el débil. Esta sociedad, con sus poderes al frente, suele castigar con más dureza al manso que al guerrero, o escuchar a los sembradores del terror antes que a las víctimas. Ya está bien de levantar muros que nos separen, en vez de tender puentes que nos acerquen. Se han perdido estilos de buena educación que habría que recuperar.

La falta de una formación para la vida, en un mundo repleto de información, nos impide saber discernir. Por tanto, el que los ministros de Educación de la Unión Europea destaquen la importancia formativa como algo prioritario, debe esperanzarnos. Considero vital cumplir ese acertado propósito. Ahora hay que ponerlo en práctica, más pronto que tarde. Las escuelas son la base de la civilización. Precisamos reeducarnos para reintegrarnos, sin otra fuerza que la humanizadora. La propia vida nos exige una constante educativa. Al fin y al cabo, sólo se puede ser ecuánime siendo humano. Seguro que con otras miras educadoras, seríamos incapaces de establecer dispensas de unos territorios sobre otros, de unas comunidades sobre otras, juego injusto que lo único que produce es la ira que tanto ofusca a la mente.

Por todos estos desajustes, los efectos están ahí. Vivimos unos momentos verdaderamente alarmantes, puesto que empezamos a ser considerados como una especie más entre tantas. Lo que impera es el indiferentismo hacia lo espiritual, la ignorancia hacia todo aquello que no sea útil, la permisividad moral y la pasividad ética. Pienso que la juventud tiene derecho a otro tipo de cultivos, a una educación que le forme para pensar. El educador no debe pretender hacer de sus alumnos personas adictas a sus ideas, debe ayudarles a redescubrir su propia verdad y a ponerse en la piel de los demás. Ya lo decía Cervantes, cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija.

Se han salido tantas cosas del tiesto, que la intolerancia está a la orden del día. Nos falta fraternizarnos, bajo la distribución de bienes y de recursos, prestando especial atención a la vida en su camino natural. Un buen andar vale tanto como un buen patrimonio. Se precisan caminantes, con carácter de dueño de sí, antes que los artefactos incendiarios del odio nos exploten en la propia mano. El divorcio último entre la humanidad y los distintos lenguajes, entre la razón y la semántica, el diálogo y la esperanza, se precipita en suplicios, donde los poderosos y los siervos se anulan en vez de complementarse. Y así la sociedad, que es la unión de los hombres, se va con viento fresco y el mundo con huracanes de víboras.

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