Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Dilapidar

Una parte del mundo malgasta los bienes sin prudencia y sin mesura
Víctor Corcoba
jueves, 12 de mayo de 2011, 08:56 h (CET)
Ni sabe guardar, ni saber gastar. Otra parte del mundo se muere de hambre. Habría bastante para todos si no se dilapidara. El pensador indio, Gandhi, nos puso en el corazón la advertencia: "todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres". El hecho de que la pobreza todavía exista, mientras otros multiplican sus deseos derrochando, debiera ser el principal motivo de preocupación en un mundo global. Los seres humanos son y deben seguir siendo lo prioritario, habiten en el lugar que habiten, es una obligación, no es hacer caridad. A expensas de los pobres y marginados no se puede activar ningún desarrollo económico. A veces las soluciones son mucho más fáciles. Se sabe que cerca de un tercio de los alimentos que se producen para el consumo humano en el mundo anualmente -unos 1.300 millones de toneladas-, se pierden o desperdician, según un estudio divulgado recientemente por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la alimentación. Sin duda, debemos cambiar estas actitudes, los más pequeños desde las escuelas y los mayores desde la concienciación que supone tirar los alimentos, en un planeta incapaz de erradicar la pobreza.

Ciertamente los recursos naturales son limitados y no se pueden dilapidar. Cada año, los consumidores en los países ricos desperdician la misma cantidad de alimentos (222 millones de toneladas) que la totalidad de la producción alimentaria neta de África subsahariana (230 millones de toneladas). Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce esa alianza de mesura y sensatez que el mundo necesita para contrarrestar el derroche y despilfarro que nos asalta en cualquier esquina. Si odiar es malgastar el corazón y el corazón es nuestro mayor caudal de vida, desperdiciar alimentos es abrasarnos el alma unos contra otros, en lugar de abrazarnos a la naturaleza unos y otros. El hábitat, y sus frutos, nos pertenece a todos, a toda la especie humana, sin distinción alguna. Por ello, se ha de producir un cambio en la manera de producir y consumir. Tan importante es bajar las pérdidas en las fase de producción y recolección como arrojar alimentos perfectamente comestibles a la basura. Es el conjunto lo que hay que atajar, algo que exige una profunda renovación cultural en la humanidad sobre el cual construir un futuro mejor para todos, no solamente para unos privilegiados. Los suyo es replantear un camino común con un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, en vez de la prodigalidad y el egoísmo como hasta ahora se ha venido cultivando. El ser humano se ha dejado dominar por inmoralidades, y de pronto, nos vemos que todos estamos dominados por la ambición, llegando a perder hasta el propio sentido de humanidad. Está bien que cada uno goce al máximo de los bienes que pueda, pero sin disminuir la felicidad de los demás con su derroche.

Noticias relacionadas

¿Cuándo dejará Europa de ser un vasallo de EEUU?

El fracaso de las sanciones de EEUU a Rusia

Eso de la Cuaresma ¿va contigo?

Ahora es tiempo favorable para convertirnos y creer en el Evangelio

¿El castellano en Cataluña? ¿Quién permitió que se aboliese?

La Constitución española no necesita ser interpretada respeto a la vigencia, en todo el territorio español, de la lengua que hablan más de 500 millones de personas: el castellano.

Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

El riesgo feminista

Hace unos días el arribafirmante escribió sobre los peligros del neomachismo
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris