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Opinión

Etiquetas:   Columna de Martín Cid   -   Sección:   Opinión

De manifestación

Contra la ley antitabaco, claro
Martín Cid
@martincid
martes, 10 de mayo de 2011, 07:07 h (CET)
Ayer asistí de primera mano a la manifestación de hosteleros contra la ley antitabaco. Me animé porque había un par de carteles por la ciudad. Ayer por la mañana leí en un medio (de los pocos que hacían referencia a la concentración) que iban a ir gogos, disc jockeys y tendrían globos y esas cosas que siempre convierten un acto de protesta en algo digno de gente como yo. Siento defraudarles: lo de las gogos nada de nada (aunque en el último autobús sí que había, parece ser) pero había algunos/as draguens (sobre todo uno vestido de guardia civil que hizo las delicias de los fotógrafos) y, en fin, lo que fuese para que se fijasen en que los hosteleros (también) están hasta las narices de la ley de la señora ministra.

Ayer (escribo este artículo a última hora de la noche, aún no he tenido tiempo de leer los diarios de la mañana) las agencias de noticias y otros medios hablaban de mil hosteleros andaluces… en fin, lo que siempre sucede con estas cosas: de mil nada y no todos eran andaluces porque había banderas de todas las comunidades autónomas incluso de Madrid.

Durante las dos horas que estuve plantado en la calle pipa en boca tuve ocasión de hablar con algunos mientras nos dejaban los que cantaban las consignas (por cierto, bastante sosas): parece ser que ya hubo varias manifestaciones de este tipo pero con otras asociaciones de hostelerías que no se avisan entre ellas y, entonces, unas van a las suyas y las otras van a las suyas también y al final la casa sin barrer.

En lo que a Madrid respecta, escasa participación: yo mismo animé a varios establecimientos a unirse (bueno, en realidad fue mi mujer, yo me quedé fumando fuera)… que si no podían cerrar que si no les venía bien que si patatín patatán… al final parece que todos estamos contentos con la dichosa ley (clientes y hosteleros) mientras que, cada vez que se lo comento a alguien, me habla de cierre del establecimiento.

Comprendo perfectamente que dejar un día el bar sin atender puede ser un drama y más en estos tiempos en los que los políticos hacen, más bien, lo que se sale de las narices… comprendo que tienen hijos que mantener y demás… lo comprendo todo pero quiero poner mi granito de arena porque no estaban allí todos los que son ni serán todos los que fueron.

Los clientes estamos hartos de salir a fumar y las (dejémoslo en más de tres para parecer elegante) tres copas que me tomaba cada noche o se ha convertido en una o, simplemente, en ninguna. No puedo ni quiero estar con una copa sin fumar porque, simplemente, no me da la gana o ejerzo mi libre derecho a no ir a un sitio en el que no dejen fumar. En todo caso, de mi nueva sobriedad sólo hay un perjudicado: el hostelero que se queda sin el precio de mis copas (y créanme, lo siente en el alma porque siempre soy uno de los mejores clientes)

Otro asunto es que esa sustancia es legal y la puedo consumir y el Estado me autoriza a ello. Una de las pancartas rezaba: ¿si es malo y me lo vendes no te convierte ello en un hipócrita? (Nótese que no era tan poética, pero venía a rezar más o menos lo mismo). Toda la razón para la pancarta: ¿no estoy haciendo algo legal? ¿me prohíbes entonces hacer algo legal por un simple capricho?

En fin… las cifras. Se calcula que en los casinos, por ejemplo en el de Madrid, se han despedido a más o menos el 50% de los crupieres por una simple razón que se le ha escapado a la señorita Pajín: los clientes habituales se largan a Portugal a jugarse los millones. ¡Claro, es sólo un casino! En el bar al que voy normalmente le han puesto una multa porque un cliente se encendió un cigarro sin pensarlo y sin que tan siquiera la dueña lo viese… cierran bares por todos lados y la cifras oficiales hablan de pérdidas del 30% en el sector: ¿no dijo la señorita Pajín que nadie se preocupase que los fumadores serían sustituidos por otro tipo de clientela? Lo cierto es que los niños siguen en las guarderías y los fumadores nos tomamos menos copas o nos quedamos en casa o la comida ya no es tan alegre porque el puro y el coñac no es lo mismo sin puro y ya no hay coñac y, a lo mejor, la próxima la organizo en mi casa en la que hay puros y coñac para aburrirse.

Tal vez, y con esto ya termino, cabría preguntarse eso lema de “rectificar es de sabios”. En fin, buenos humos a todos y enhorabuena a los que, por fin, pueden llevar a sus hijos a las doce de la noche a un bar de copas porque ya por fin no hay humo. ¡Menuda educación le estáis dando!

Sean felices.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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