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Etiquetas:   Capitalismo   Mundo   -   Sección:   Opinión

Elogio del capitalismo

Ls marqueses viven de su patrimonio, y los de Podemos viven a costa de que los venezolanos se limpian el ano con una piedra o con un cactus o simplemente con los dedos
Antonio Moya Somolinos
@tiotognin
sábado, 11 de marzo de 2017, 00:06 h (CET)
Soy consciente de que solo el enunciado de este título ya me ha granjeado instantáneamente un buen puñado de enemigos. Me importa un pimiento. Lo único que me importa es seguir a Dios y a mi conciencia. Nunca me han importado, y menos a mis 61 años, los pre-juicios de quienes juzgan antes de oír los contenidos.

Podría empezar por un argumento de autoridad para aquellos que interiormente lo reclamen. Acudiré al Papa-filósofo, esto es, a Juan Pablo II, quien en su encíclica Centessimus Annus, número 42, párrafo segundo, hace un explícito elogio del capitalismo.

Para quienes no les sea suficiente tal argumento, podemos empezar preguntándonos: ¿qué es el capital? ¿qué es el capitalismo? Porque puede suceder que haya quien los vea con recelo pero nunca se haya hecho estas preguntas, por lo que habría que concluir que tales individuos probablemente tengan serrín dentro del cráneo en vez de materia gris.

Si tomamos el diccionario de la RAEL, vemos que "capital" tiene varias acepciones, de las cuales hay dos que nos interesan, la primera y la décima. Esta última dice así: "Valor de lo que, de manera periódica o accidental, rinde u ocasiona rentas, intereses o frutos". De todas formas, me parece que la definición más interesante es la de la primera acepción: "Tocante o perteneciente a la cabeza". Es decir, que "capital" viene de "cabeza", que en latín se dice "caput-capitis". Solo partiendo de la etimología, se pueden entender otras acepciones.

Capital viene de cabeza. Lo tocante a capital significa que está a la cabeza. La cabeza es lo que piensa, lo que dirige, lo que planifica, lo que organiza, lo que mueve el resto del cuerpo. Quien está a la cabeza de una organización es quien la dirige, quien la conduce, quien "da la cara", quien es "la cabeza visible", quien "hace cabeza".

¿Qué es un capitalista?

Un capitalista es un ahorrador, que planifica la inversión de su capital (dinero, medios materiales) y la integración de otros capitales (capital financiero, trabajo de otros, etc) dentro de un proyecto global.

Quienes somos arquitectos, entendemos bien la idea general de "proyecto" en la medida en que estamos familiarizados con esa otra idea más particular que es el "proyecto arquitectónico". La labor de proyectar supone integrar dentro de una unidad toda una serie de factores y componentes con sus medidas, valores, etc.

Puede ser que un capitalista solo ponga dinero y sea otro el que proyecte. Sin embargo, jugarse el dinero (o en términos más amplios, los propios bienes, el capital), siempre supone una reflexión.

Un capitalista es un ahorrador, pues es alguien que "espera un tiempo" a que el fruto de sus bienes se materialice. En esto se diferencia del trabajador por cuenta ajena, cuyo fruto lo percibe al instante: El trabajador presta su "capital" (su trabajo) durante un tiempo relativamente breve (un mes, por ejemplo), y a final de ese periodo, cobra. El capitalista, no. Si se trata, por ejemplo, de fabricar una casa, el promotor cobra la casa cuando la vende, normalmente al final de su construcción, que puede durar un par de años. Pero los albañiles (en condiciones normales) cobran cada semana o mes el fruto de su capital, que es su trabajo.

¿Que el capitalista cobra más fruto? Evidentemente, sí: Es él quien se está jugando los cuartos, poniendo en riesgo sus bienes, y además está esperando más tiempo para percibir sus frutos. Es lógico que corre más, pues arriesga más.

Puede suceder que ese promotor esté financiando ese edificio con dinero del banco. Entonces, el capitalista es el banco, pero no exactamente así, sino todos esos propietarios de acciones de ese banco, que al depositar su dinero en ese banco y no disfrutar de él de modo inmediato están haciendo posible que ese promotor pueda ganar un dinero y que esos trabajadores puedan comer, gracias a que cobran a fin de mes.

Algo bueno tendrá el capitalismo cuando todo el mundo quiere tener un patrimonio, aunque sea pequeño, porque tener algo de dinerillo en el refajo nos puede permitir, no ya tener un avión particular, sino poder tener un seguro médico, hacer un pequeño viaje, disfrutar de unos días de vacaciones y descanso, hacer un regalo a quienes queremos, hacer alguna mejora en la casa, poder tener un coche o algunos electrodomésticos que puedan hacer más llevadera la vida ordinaria, satisfacer alguna afición, etc.

No conozco a nadie que no quiera ser capitalista. Es más, no conozco a nadie que no lo sea. No conozco a nadie que no sea un ahorrador, que no cuide de su patrimonio, grande o pequeño, que no piense en paliar la estrechez y protegerse de la vejez que se le avecina. Es más, por mi profesión en una administración pública, tengo la posibilidad de tratar a mucha gente: puedo afirmar que los que tienen más celo por su capital son las gentes de izquierdas.

También he observado en mis años de profesión que la envidia es el pecado nacional de este país, en el que no se perdona a nadie que, habiendo comenzado con unos orígenes humildes, haya llegado a formar un buen capital a base de esfuerzo, de trabajo, de inteligencia y de iniciativa. En este país no se perdona a quien triunfa en los negocios: siempre se le hace caer en la sospecha, cuando no en el juicio temerario o en la calumnia. Nadie está dispuesto a reconocer en otros el talento y las ideas brillantes para hacer fructificar un modesto capital y convertirlo en una fortuna. Este es el país del "piensa mal y acertarás". Esto explica el probable recelo de quienes han enseñado las uñas al leer el título de este artículo.

Sin embargo, en este mundo solo caben dos posibilidades. Ser capitalista y administrador de los propios bienes y hacerlos fructificar honradamente, o ser capitalista de los bienes ajenos. Esto último tiene un nombre: "socialismo", que viene de "socializar", es decir, de robar a los propietarios sus bienes y hacer eufemísticamente que su titular pase a ser la sociedad, lo cual entraña otra mentira, ya que "socializar" no quiere decir realmente hacer titular de los bienes a la sociedad, sino a "quien gobierna la sociedad", esto es, al Estado, concretado en las personas físicas que se han hecho con el control del Estado, los cuales no necesariamente los utilizan en bien de la sociedad.

Ejemplo de esto lo tenemos en Venezuela, uno de los países del mundo con mayores riquezas naturales, que bajo el régimen de Chavez y Maduro han llegado a tal carestía que no tienen ni papel higiénico para limpiarse el culo después de jiñar. Pero sí han tenido 7 millones de euros para regalárselos a Pablo Iglesias y sus compañeros de Podemos para que exporten a Europa la revolución bolivariana y para que, de paso, vivan como marqueses, pero con una diferencia: los marqueses viven de su patrimonio, y los de Podemos viven a costa de que los venezolanos se limpian el ano con una piedra o con un cactus o simplemente con los dedos. La mayor desgracia de esta vida es la perplejidad al tenerse que limpiar el culo después de cagar.

Es decir, que todos somos capitalistas, unos con dinero y trabajo propios y otros con el dinero de los demás. Si en este mundo todos somos capitalistas ¿cómo no vamos a elogiar el capitalismo? Sería como no elogiar el jamón serrano o el vino de Montilla o el agua de Solan de Cabras.
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