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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Cosas que matan

José Lorente
Redacción
viernes, 11 de febrero de 2005, 04:26 h (CET)
EL fin de semana pasado al menos 20 personas murieron en España intoxicadas por monóxido de carbono, y dos de ellas lo hicieron en Granada; ítem más, en este año 2005, aún de estreno, han sido casi 30 las personas fallecidas por este veneno en nuestro país. Y es que el monóxido es un gas tan mortal como común, tan desconocido como poco temido.

Cuando lean o escuchen estas noticias, estoy seguro que mis ya muchos compañeros, que fueron alumnos míos en la Facultad de Medicina y en la E.T.S. de Ingeniería Química, me recordarán, o sea, recordarán lo mucho que siempre les insistí en el peligro de esta sencilla molécula (CO) procedente normalmente de la combustión incompleta de productos como los derivados gases y líquidos del petróleo, las leñas y los carbones.

El monóxido es un gas incoloro e inodoro, que se mezcla perfectamente con el aire, y que además tiene mucha más afinidad que el oxígeno para unirse a la hemoglobina de los glóbulos rojos o hematíes, siendo éste su mecanismo de acción: al unirse preferentemente a la hemoglobina se forma una molécula llamada carboxihemoglobina, inútil para el cuerpo porque no transporta oxígeno, y la carencia de ese oxígeno en la sangre provoca una muerte de tipo asfíctico (asfixia).

El otro gran problema que plantea es que no origina sintomatología evidente o alarmante en el cuerpo de los intoxicados. De hecho induce a somnolencia progresiva, que llega a ser pérdida de conocimiento absoluta, coma y muerte: es lo que algunos autores clásicos han llamado una 'muerte dulce', quizás como consuelo inductor de suicidas temerosos y deudos ansiosos.

Muchas personas que lean esto se habrán intoxicado con monóxido sin saberlo, siquiera sea levemente. Todo aquel que se haya levantado con un ligero dolor de cabeza tras haberse quedado adormilado al calor de una buena chimenea o protegido por las faldas de una mesa de camilla que conservan los efluvios de un buen brasero de ascuas y picón, ha estado, muy probablemente, intoxicado levemente por esta asesina.

Pese a ser conocida en sus efectos desde hacer siglos, y pese a ser enfermedad profesional reconocida en ciertos casos de intoxicación crónica, todos los años, decenas de personas mueren intoxicadas (y no encuentro ubicación al calificativo de 'dulce') sin que apenas se haga nada por prevenirlo.

Creo que es necesario un control mucho más estricto e intensivo de todos los aparatos, máquinas e instalaciones no industriales que son capaces de producir monóxido en dosis tan grandes como las que pueden acabar accidentalmente con la vida de varias personas. No se valora adecuadamente el peligro mortal que las mismas suponen, excepto en los lugares de trabajo, donde los especialistas en Prevención de Riesgos Laborales suelen cumplir perfectamente su misión. Si se hablase de una estufa que funciona con cianhídrico o una cocina de gas que quema arsénico, todo el mundo lo temería; al butano se le teme por las posibles (e improbables) explosiones, pero mata más como gas asfíctico que como sustancia explosiva. En cambio el monóxido de carbono permanece desconocido e ignorado. Igualmente, entraditos ya en el siglo XXI, habría que plantearse muy en serio prohibir ciertos sistemas de calefacción que, si bien es cierto que son de los más baratos, no es menos cierto que son especialmente peligrosos. A todas estas prohibiciones que en mi opinión son urgentes, habría que unir la educación social desde la escuela, para que nadie pueda alegar ignorancia en estos casos.

Dicen que «nunca es tarde si la dicha es buena», pero ya es tarde y ya hay desdicha, sólo queda rezar y esperar que todos, ciudadanos y autoridades, aprendamos de esta triste experiencia y tomemos las medidas oportunas lo antes posible: nuestra vida está en juego.

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José Lorente es profesor titular de Medicina Legal y Forense.

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