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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

La rebelión libia

Domingo Delgado
Domingo Delgado
lunes, 28 de febrero de 2011, 07:55 h (CET)
La actual rebelión Libia se enmarca en un contexto de convulsión político social norte africano, en el que los tradicionales regímenes autoritarios se encuentran instalados por décadas sin apertura democrática alguna, y con un estancamiento económico y social en sus nuevas generaciones que reclaman una giro democrático, que abra la participación política y el progreso económico y social a las nuevas clases medias ilustradas, que no tienen futuro en esos países, frente a unas oligarquías que todo lo controlan.

Es una situación común al área norteafricana, donde el denominador común es el islam moderado y unas formas autoritarias de gobierno, en sus distintas modalidades (republicanas o monárquicas), con unas elites sociales que dominan la economía y la política, frente a unas masas desheredadas del progreso que pueda generarse, cuya aspiración para conseguirlo pasa necesariamente por la emigración especialmente a la UE, y que por ello reclaman una evolución hacia una mayor prosperidad y participación en los asuntos públicos.

Pero en el caso particular de Libia, nos encontramos con un régimen auténticamente dictatorial, personalista, centrado en la figura del Coronel Gadafi, que de origen beduino, como militar accedió a la jefatura del Estado vía pronunciamiento dentro de un anterior movimiento panarabista encabezado por el presidente egipcio Nasser, que promovió un nacionalismo árabe en un entorno socialista y de no alineación con ninguno de los dos bloques, tratando de la unión árabe frente al problema sionista de Palestina. En este ámbito Gadafi no dudó en hacer arriesgadas apuestas con aproximación a deplorables acciones de terrorismo, por las que mereció un bombardeo norteamericano y el aislamiento internacional, como un “paria de la tierra”, que consiguió cambiar con el paso del tiempo, y el descubrimiento de petróleo y gas en territorio Libio, que le hizo ser codiciado incluso por países occidentales.

La extravagancia del Gadafi es mundialmente conocida, desde reconocer que habla con su cabra, a viajar con un séquito de seguridad peculiar (formado por 200 mujeres vírgenes adiestradas en artes marciales, armadas convenientemente), que le ha generado algún que otro conflicto diplomático en viajes exteriores. Personaje que ha demostrado que la vida humana para él tiene escaso valor, pues no ha dudado en mandar tropas con armamento militar para frenar las revueltas populares generando considerables víctimas mortales, que se le ha puesto naturalmente en contra con la consiguiente condena de la ONU, la UE, Rusia y EEUU, que de nuevo le llevan al aislamiento internacional.

La situación de Gadafi actualmente parece incierta, y hace pensar en el inicio de una guerra civil, por cuanto hay división interna del ejército y los rebeldes han tomado parte del territorio Libio, si bien éste parece dispuesto a morir matando, dentro de su habitual cerrazón. Poniendo de manifiesto, una vez más, la catadura moral del sujeto, y sus auténticas pretensiones personales y dictatoriales frente a la voluntad de su pueblo, ante lo que se justifica con delirantes historias conspiratorias. Si bien pone de manifiesto, que aparte de su peculiar temperamento, es un superviviente nato, pues llegó al poder con un proyecto socialista panarabista, y se ha mantenido en él con un férreo dominio dictatorial, pasando a olvidar el proyecto socialista tras la caída del bloque soviético, por un acercamiento al islamismo, con el resurgimiento del radicalismo religioso islámico. Ante lo cual, con su mercantilización petrolífera y su relativa quietud, occidente lo ha empezado a considerar como un “mal menor” frente al islamismo radical que recorre estos países, y que supondría un peligro mayor para la paz internacional de extenderse por el mediterráneo africano.

Si bien, el mismo Gadafi –como su régimen dictatorial- muestran caducidad. Ahora el problema viene por el relevo: ¿Cuándo?, ¿cómo?, y ¿quién?. Pues de ello depende la estabilidad en una zona vital para la seguridad occidental. El problema es que en estos países, apenas hay una oposición testimonial extramuros por la continua persecución del régimen; siendo los únicos organizados los radicales islámicos, como el caso de los “hermanos musulmanes” con su red socio-religiosa que sirve de logística e infraestructura para la red política cuando llegue el momento. Pero este remedio es peor que la propia enfermedad.

Igualmente para España tiene particular interés lo que ocurra en Libia dado que gran parte de la importación de la energía petrolífera española viene de allí; de hecho, la crisis en este país, nos está agravando la crisis económica que estamos padeciendo. Por lo que nos afecta muy directamente lo que allí suceda, y lo que pueda ocurrir con el devenir de los acontecimientos, amen de ser zona estratégica en el mediterráneo, del que España también es país ribereño.

Esperemos que pronto se consiga solucionar el problema en Libia, su pueblo pueda conseguir aunarse en torno a un proyecto democrático que facilite el progreso económico y social del país, y evite el avance del islamismo radical por la zona, y su peligro expansivo a países vecinos como Túnez, Egipto, Argelia, y Marruecos.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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