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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La pérdida de la soberanía popular, la deslocalización de poder y la revolución necesaria

Mario López
Mario López
jueves, 23 de diciembre de 2010, 07:47 h (CET)
Como se decía antiguamente, esto ha pasado de castaño oscuro. Y, como dijera el director de mi colegio cuando los alumnos nos poníamos estupendos: "hasta aquí hemos llegado, más no". Y sería lo que tendrían que decir los sindicatos si quieren recuperar el afecto de la clase trabajadora. La situación actual del país, con bancos refinanciados con los exiguos tributos de los miserables rendimientos de las personas físicas, me recuerdan al bondadoso mayordomo de la novela de Theofile Gautier, "El capitán Estruendo", que compartía la miserable existencia de su joven señor en aquel triste castillo de las landas francesas, y aun lo mantenía con los escasos ahorros que le había granjeado toda una vida dedicada al servicio de una familia venida a menos de la que, finalmente, solo acabó sobreviviendo el calenturiento vástago al que el fidelísimo sirviente ya había decidido consagrar los últimos días de su agónica existencia.

Persuadidos los ciudadanos de que ni desde la bancada de la izquierda ni desde la de la derecha de nuestro Parlamento se alza una voz afecta a nuestra causa, deberíamos emprender nuestra particular travesía por el desierto en pos de una tierra de promisión.

Cuando las alternativas que se nos ofrecen, tanto desde el Estado como desde el Mercado, se reducen a el desempleo o trabajar en precario, no nos debería suponer esfuerzo alguno buscarnos las habichuelas por otros lares o, más expeditivamente, exigir a nuestros gobernantes que nos devuelvan la representación que les confiamos y que no nos representa en absoluto. Pero estamos muy acostumbrados a vivir entre algodones y eso que, de repente, tengamos que tirar de arpillera, se nos hace un mundo. El caso es que mal que no mejora, empeora; y cuanto más tarde se ponga el remedio más difícil será la cura. Quizá los que ahora frisamos los cincuenta aún podamos acogernos al amparo de nuestros ancianos padres, pero aquellos que aún les queda toda la vida por delante van a tener que pensárselo seriamente si no les convendría más hacer una revolución en toda regla. Que no se dejen engañar por profetas de la globalización ni políticos claudicantes; lo que tengan que resolver en este país si ha de ser a espaldas de la UE que sea. Cuando el mandamás residía en Aranjuez uno se podía amotinar en un pis pas y emprender la guerra contra el francés, sin importarle un rábano la fama de Napoleón. Pero, claro, si el que manda está en un lugar impreciso de Europa o en la remota Wall Street, la cosa se complica enormemente. Es por ello que, si queremos cambiar las cosas, lo primero que hay que hacer es cortar por lo sano con esa deslocalización del poder. Empezaron deslocalizando las empresas, para rebajar los salarios a niveles de esclavitud, y han acabado deslocalizando el poder, para dejar la soberanía de los pueblos a la altura del betún. Pues eso es lo que hay que revertir.

A los trabajadores nos han quitado la dignidad y la soberanía. Pues sólo nos queda dos opciones: recuperar la soberanía y con ella la dignidad, o aceptar la condición de esclavos a las que nos quieren reducir los mercaderes. La Historia nos demuestra que, tarde o temprano, el hombre acaba hartándose de sus cadenas y es capaz de poner su propia pervivencia como especie en cuanto se le hinchan las narices.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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